Es posible volver a vivir sin alcohol (PARTE I)

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Gonzalosevilla
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Es posible volver a vivir sin alcohol (PARTE I)

Mensaje por Gonzalosevilla » 27 Feb 2015 23:28

Esto lo escribí hace un tiempo. Espero que lo leáis despacio y os sirva de algo. En este texto está toda mi historia, toda mi adicción, y todas las fuerzas que he dedicado a luchar contra ella. Ya son casi 5 años sin consumir, y soy feliz de nuevo, y estoy orgulloso de ello. Hace apenas cinco años lo veía imposible. De hecho, veía imposible pasar algunas horas sin consumir teniendo la oportunidad para ello.

SOY ADICTO
(PERO NO SOY MÉDICO PARA PODER EXPLICARLO CON PROPIEDAD)

¿QUÉ ME PASA, DOCTOR?
Para entender la ADICCIÓN y su desarrollo, vamos a comenzar por su definición, según la Organización Mundial de la Salud:

La adicción es una enfermedad crónica motivada por factores genéticos, psicosociales o ambientales que influencian su aparición, desarrollo y manifestaciones. La enfermedad es frecuentemente progresiva y fatal. Es caracterizada por episodios continuos o periódicos de: a) descontrol sobre el uso, b) uso a pesar de consecuencias adversas, y c) distorsiones del pensamiento, siendo la más notable la negación de la propia enfermedad.

Vamos por partes, porque la definición tiene miga. En primer lugar, estamos hablando de una ENFERMEDAD. Esto es todo un descubrimiento. Antes de conocer este concepto, antes de saber que yo fuera un enfermo, yo me consideraba una persona despreciable, un vicioso. Un auténtico cabrón que había caído de manera paulatina y sin darme cuenta en las garras de varias sustancias, y que no tenía ***** de salir de ellas. Conocer que yo no era nada de esto, sino que era un simple enfermo, me cambió de la noche al día. Si yo era un enfermo, tenía que verme como tal, tratarme como tal, ponerme en manos de profesionales, entender esta puñetera enfermedad para saber cómo combatirla.

Pero al mismo tiempo que me alegré por saber que era un enfermo, me jodió enormemente saber que la Adicción es una enfermedad CRÓNICA. Para toda la vida, macho. Y yo, que pensaba que a lo mejor había un momento a partir del cual podría seguir consumiendo pero controlando el consumo, que pensaba que habría un método o un tratamiento para aprender a consumir sin que el consumo me acarreara los problemas de salud, laborales o afectivos que me estaba creando… Iluso de mí. Pa siempre. Es jodido asumir esto, muy jodido. Pero una vez tragado este pildorazo, no hay más remedio que seguir viviendo, y si bien el resto de mi vida voy a tener que convivir con esta enfermedad, no tengo por qué convivir con sus consecuencias. Los síntomas de la adicción sólo se manifiestan cuando se consume, por lo que la clave está de alguna manera en aletargar esta enfermedad, arrinconarla, enquistarla y evitar sus efectos de la única manera posible: sin consumir. Pero ¿cómo iba yo a perderme esos momentos de placer que me daba el consumo? Aunque por otro lado, hay que reconocer aunque duela que también me jodían bastante algunas cosas que me ocasionaba el consumo (pérdida de control, situaciones de ridículo ante los demás, resacas o síndromes de abstinencia, kilos de más, imagen descuidada, gasto desmedido, continuos cabreos con la parienta, falta de atención a mi familia, poca manifestación de sentimientos, ansiedad por consumir, depresión, problemas de sueño, búsqueda de cualquier excusa para consumir, problemas de atención y disciplina en el trabajo y mis responsabilidades, no afrontar los problemas cuando se presentan y postergarlos aunque significara agravarlos, y un larguíiiisimo etcétera). Y ¿cómo sabiendo todo lo malo que me ocasionaba el consumo seguía consumiendo? Joder, pues porque soy un enfermo! La balanza se inclinaba claramente a lo malo. Lo malo pesaba más que lo bueno, infinitamente más, (sobre todo en los pocos momentos de lucidez en que reconocía lo malo), pero no tenía narices de cambiarlo. Y ahora ¡tenía que cambiarlo para toda la vida ni más ni menos! ¿Sabéis qué me ayudó mucho para asimilar que esto era para toda la vida? Pues pensar en los pocos años en que no consumí, en mi infancia, en la felicidad absoluta que viví durante mi infancia. Recordar esos años de niño en que no necesitaba de sustancia ninguna para pasarlo en grande, para portarme bien o mal como un niño normal, para tener ilusiones y sueños. Eso fue lo que hizo que aceptara mi condición de enfermo crónico. Si había sido feliz sin consumir, podía volver a serlo. En el camino de mi lucha encontraría la felicidad. Y aunque es adelantar acontecimientos, no andaba demasiado equivocado…

Vamos por la tercera: MOTIVADA POR FACTORES GENÉTICOS, PSICOSOCIALES O AMBIENTALES. Es decir: la adicción no se trata de una enfermedad congénita, sino adquirida. Sí pueden existir condicionantes genéticos, culturales y sociales que predisponen a la persona a desarrollar esta enfermedad, pero su desarrollo no se debe únicamente a la genética particular de cada persona. La cultura de consumo familiar o del grupo social son detonantes de esta enfermedad. Yo no nací siendo adicto. Quizás sí tuve alguna predisposición genética para serlo, pero la adicción se fue desarrollando en mí (quizás con más facilidad que en otras personas por estar yo más predispuesto genéticamente) por mi comportamiento. No se trata de un comportamiento voluntario, por supuesto. O al menos, no unas pautas de comportamiento de las que conociéramos sus efectos finales. Si como en Historias de Navidad de Dickens, se me hubiera aparecido el Espíritu de las Navidades futuras y me hubiera explicado lo que iba a ser de mí, probablemente hubiera actuado de otra manera. Pero no es el caso, y de una manera inconsciente, aceptando ciertas costumbres familiares y sociales de consumo, la enfermedad se fue desarrollando en mi interior.

Cuando digo que creo que yo sí tengo cierta predisposición genética a desarrollar esta enfermedad, lo digo porque al observarme a lo largo de mi vida desde la óptica de hoy, siempre he sido una persona bastante compulsiva e impulsiva. Como el dicho ese de “cuando un tonto coge una linde, antes se acaba la linde que el tonto”. Pues eso. Durante mi vida esta compulsividad se ha manifestado de quinientas formas: una época me dio por la magia, otra por la filatelia, otra por la Bolsa, otra por (lo juro!) contar Fords Fiesta por la calle, otra por la cocina, otra por los dardos, por el billar, por la música clásica, etc… Ahora, al mirar atrás, estas manías o aficiones inacabadas son sólo una muestra de la compulsividad que siempre he tenido. Cuando me daba por algo, me daba por algo. Y tenía que ser en el momento. La persona compulsiva no compra por catálogo, sino que tiene que llevarse su compra puesta. Recuerdo una vez, que me dijeron que tenía que esperar un mes a recoger un coche nuevo, y cambié de concesionario (recorrí más de 100 kms) para tenerlo en una semana. Todo tiene que ser ¡ya! y todo tiene que ser mucho, a la tremenda. Y claro, este carácter caprichoso y cortoplacista mío, es caldo de cultivo para caer en lo que caí. Con este carácter era un tierno corderito para “el bicho” que me esperaba más adelante (ya os hablaré de “el bicho” con más profundidad).

Pero hay una cosa cierta: causa genética, familiar, cultural o social, eso es lo de menos. El origen de la enfermedad me importa un huevo. Sólo me importa para saber qué tipo de comportamiento debo tratar de evitar en mis hijos y prevenirlos de las consecuencias de los mismos. Y punto. Pero para mi enfermedad, para mi lucha, sólo me importo yo, y desde el momento en que tuve el suficiente valor para autoreconocerme como enfermo crónico, me da igual el “por qué”, y sólo me importa el “hacia dónde”.

La enfermedad es PROGRESIVA Y FATAL. Cuántas veces habría dicho yo “mira a ese borracho!” o “mira a ese drogata”, cuando no entendía todavía que la única diferencia entre esas personas y yo era el tiempo! Lo de progresivo es evidente. Una copa, un porro, dos copas, dos porros, una raya, tres copas, cuatro copas, dos rayas, cinco copas, medio gramo, dos copas pero más temprano, media botella, una botella, una raya sin copas… ¿Cuál es el fin? Pues eso: fatal. El consumo produce una mayor tolerancia en el consumidor. O sea: el placer que nos proporciona el consumo queremos, con el tiempo, que sea mayor, que sea más rápido, pero el cuerpo, al acostumbrarse a esa intrusión que son ciertas sustancias, aprende a luchar de manera más eficiente contra ellas, de manera que cada vez necesitamos dosis más altas o frecuentes para conseguir el placer. Llega después de esto, un momento de inflexión, en que el cuerpo parece rendirse en su lucha, y conseguimos ese “colocón” con menos dosis. Mira ese pobre, que con una sola copa, mira cómo va… Hasta que llega el final.

El final no es el de ese señorito barrigudo y borrachín que muere en su cama plácidamente a los sesenta con una cirrosis paliada por los cuidados terapéuticos de un médico privado. No. El final, normalmente, es un deterioro integral de la persona: físico, psíquico y social. El final es convertirnos en meros pellejos que en su día contuvieron a una persona. Y aunque lo llamemos final, no está tan lejos. Todo es cuestión de tiempo. Al comenzar a comprender de qué iba esta enfermedad, veía a los típicos gorrillas colgaos por Sevilla, con su tetrabrik de Don Simón recalentado en la acera, y pensaba “la única diferencia entre ellos y yo es el tiempo y una visa Oro”. Quizás nunca tuviera que acabar materialmente en sus circunstancias, pero sí siendo una no-persona igual que ellos, una persona sin libertad, una persona sin afectos, sin sentimientos, cuya vida está únicamente orientada al consumo. Desgraciadamente, no todo el mundo tiene las mismas oportunidades en esta vida. Y a mí Dios me ha dado una segunda oportunidad, que no pienso desaprovechar.

Cuando la definición habla de EPISODIOS PERIÓDICOS O CONTINUOS, se refiere a que no existe un patrón único de consumo. No podemos identificar únicamente como adicto a aquel que consume a diario y grandes cantidades. Ese es un patrón, pero hay infinitos, tantos como adictos. En realidad, ni la frecuencia de consumo ni la cantidad identifican a esta enfermedad, sino la necesidad de consumir, las ganas irrefrenables de consumo. A lo largo de estos años de camino, de lucha, he conocido gente, adictos, que consumían tan sólo una vez cada seis meses. ¡Cada seis meses! Pero eso sí, cada seis meses parecía que les poseía un demonio (jejejeje, ya va apareciendo el bicho). Les entraban unas ganas incontrolables de consumir, y durante un par de días no querían saber de nada más. Otra vez a la sobriedad y arrepentimiento, y a los seis meses de nuevo lo mismo. O por el contrario, he conocido gente que consumía a diario, pero a lo mejor una sola copita. ¿Una sola copita y adictos? ¿Cómo es eso? Pues sí, una sola copa. Pero intentad quitársela, y ya veréis la transformación de esa persona. O tratad de convencer al que se auto engaña llamándose “bebedor social” de que salga a la calle pero no beba. El resultado será que tendréis a una persona cabreada, abúlica, deseando volverse a casa. ¿Por qué? Pues porque sienten necesidad de la sustancia, ya sea mucha o poca, de manera continua o de manera ocasional.

Esos patrones que no son diarios, son peligrosísimos, porque suelen ser la excusa perfecta tras la que nos escondemos para no reconocer nuestra enfermedad. Nos creemos (¿o es que nos queremos creer?) que las personas adictas a una sustancia son las que la consumen a diario y durante todo el día, y no es así ni mucho menos. Si somos sinceros con nosotros mismos, sólo tenemos que preguntarnos: ¿Pensamos mucho en consumir? ¿Podríamos dejar de consumir así, por las buenas? ¿Siempre decimos que sí a una copa? ¿Nos imaginamos salir sin beber?. Cada uno, de acuerdo con su hábito de consumo, debe hacerse la pregunta de qué pasaría si se cortara ese hábito. La respuesta sólo la va a tener él. Si se engaña, es problema suyo. Solo suyo. Si no se engaña, aquí tiene una mano, igual que hay cientos, miles de manos dispuestas a ayudar. Yo, a Dios gracias, después de engañarme mucho tiempo, no atreverme a reconocer la verdad, encontré apoyo y ayuda tanto en amigos, familiares y profesionales. ¡Qué suerte he tenido!

Otra característica, para mí totalmente diferencial de quienes tenemos (no me gusta decir “sufrimos”, porque yo no sufro en absoluto) esta enfermedad y quienes no la tienen: DESCONTROL SOBRE EL USO. Joder, ¿cuántas veces me repetía yo a mí mismo que algún día podría no tomarme esa copita de más, o que un día aún teniendo la oportunidad no iba a tomar ninguna copa en todo el día? ¿Cuántas veces me engañaba diciéndome que en vez de copa larga iba a tomar sólo cerveza para no emborracharme? Un adicto nunca controla. La falta de control, y luego veremos por qué, está en el funcionamiento neuropsicológico de la enfermedad. Control para no comenzar a beber. Y control, normalmente, para no dejar de beber una vez se ha comenzado. En esto del alcohol y otras drogas no vale re-educarnos. La cronicidad de nuestra enfermedad consiste en eso. No hay marcha atrás. Si tras un periodo de abstinencia decidimos probar suerte, a ver si ya podemos consumir con moderación, la respuesta es que no, en el 100% de los casos. En unos días, semanas o meses estaremos de nuevo consumiendo igual o más que antes de nuestro periodo de abstinencia. Nunca podremos controlar. Duro, pero cierto.

Otra característica de la definición es el CONSUMO A PESAR DE CONSECUENCIAS ADVERSAS. Sabemos que si nos tiramos desde cierta altura nos haremos daño. Por eso lo evitamos, ¿no? Y ¿por qué no evitamos también el consumo de alcohol y otras sustancias si sabemos por nosotros mismos y por cultura general que nos hacen daño? Pues precisamente porque somos enfermos. No existe una enfermedad que se llame “adicción a tirarse por un balcón”, por lo que ponemos en una balanza lo positivo de tirarse y lo negativo, y nuestro sentido común nos lleva a quedarnos tranquilitos en la terraza. Pero en el caso de las drogas, nuestra enfermedad nos gana. Sabemos de lo nocivo que es, y sin embargo tratamos de no pensar en ello, y haciendo caso omiso de lo que nuestro sentido común nos diría, seguimos consumiendo. A pesar de los pesares. Me recuerda a un chiste muy malo en el que un escorpión convencía a un elefante para que lo llevara en el lomo para cruzar un río. El elefante le decía que no, porque iba a pincharle. El escorpión le decía que no se preocupara, que tendría que estar loco para pincharle, porque entonces se hundiría él también en el río. Al final, accede a cruzarle, y en medio del río el escorpión pincha al elefante. Este mira para atrás antes de morirse, y el escorpión le dice mientras los dos se hunden: “lo siento, no he podido aguantarme”. Así somos nosotros.

Y por último, ¿qué nos trae esta enfermedad?: DISTORSIONES DE LOS PENSAMIENTOS, SOBRE TODO NEGACION DE LA REALIDAD. Joder, y yo que pensaba que era el único que trataba de negarme a aceptar que para mí el consumo era un problema. Veía la paja en el ojo ajeno, pero no veía la viga en el mío. Y ahora resulta que todos tenemos en común esa falta de percepción de la realidad, de vernos tal y como somos, y no como creemos y queremos ser. Este tema ya saldrá cuando hablemos del bicho, pero os anticipo lo que debemos hacer: esfuerzos por ser sinceros con nosotros mismos. Nuestra enfermedad nos va a tratar de evitar ver la realidad, como mecanismo de autodefensa. Y tenemos que dejar de engañarnos. Aquí no valen medias tintas. Porra dentro, o porra fuera, como se suele decir. ¿Tenemos un problema? Pues entonces ¿a qué esperamos? Como prueba, si queremos, sólo tenemos que preguntar a quien realmente nos quiera. No a nuestro grupito con el que consumimos habitualmente, que ese grupo, por defenderse, nos dirá que qué puñetas vamos a tener un problema. *****, no van a tirar piedras contra su propio tejado, ¿no? En la mayoría de los casos, que ellos reconocieran que nosotros abusamos del consumo implicaría reconocer su propio abuso, porque solemos escondernos entre iguales. Por eso hay que preguntar, si sinceramente nos queda alguna duda en nuestro interior, a alguien que nos quiera de verdad y que no tenga ni atisbo del problema que tenemos nosotros.

Bueno, pues hasta aquí la definición, desmenuzada tal y como yo lo veo, tal y como la ve una persona que durante más de 30 años ha sido consumidor de alcohol y cocaína. Tal y como la ve una persona que tras esos treinta años de consumo lleva cuatro años sin consumir. Una persona que lleva cuatro años feliz y orgulloso de no tener que depender de ninguna sustancia para apreciar y disfrutar de la vida, de sus sinsabores y de sus alegrías. Una persona libre.

Lo importante de la definición es que se trata de una ENFERMEDAD, es para TODA LA VIDA, de seguir consumiendo los DAÑOS serán cada vez mayores, y nunca, nunca, vamos a poder CONTROLAR el consumo, con lo cual es tontería hacer “pruebecitas”, que sólo nos van a llevar al consumo una y otra vez. Y lo bueno: sin consumo, es una enfermedad asintomática, que no la sufrimos.

Y al que esta definición tan rimbombante de la OMS no le valga, o se sienta muy alejado de ella, le dejo otra, igualmente acertada, y mucho más cercana y comprensible: “ADICTO ES EL QUE CONSUME ALGO QUE LE HACE DAÑO Y NO PUEDE DEJARLO”. Eah. Ahí es ná. Y eso es lo que es, y punto. No hace falta tener estudios universitarios para entender esto, ¿verdad?. Pues cada cual, que se aplique el cuento, y que se pregunte a sí mismo si encaja en esta definición.

VALE, PERO ¿POR QUÉ YO?
Y ahora os voy a contar cómo puñetas me vi yo metido en esta situación. En esto de la adicción hay cuatro fases. Os lo voy a explicar con el alcohol, aunque el proceso es totalmente aplicable a cualquier sustancia o sustancias. La primera fase es la FASE DE CONSUMO. La prueba. ¿Quién no recuerda esas primeras cervezas o copas en las que tratábamos de disimular el sabor a alcohol mezclándolas con refrescos? Nos hacía sentir mayores el tener un vaso en la mano. Y como socialmente está aceptado, o mejor dicho, el que no lo hacía era un bicho raro, pues ahí estábamos nosotros, con 13, 14 o 15 años tomando una copita cuando salíamos con los amigos. Y ¿qué ocurría? Pues que era divertido. En esta primera fase, podemos decir que descubrimos que “Cuando bebo, me divierto”.
No hay barrera entre una fase y otra. No se atraviesa una frontera en un día. Todo este proceso es paulatino, tras un día y otro día repitiendo las mismas pautas. Pero indefectiblemente, entramos en una segunda fase, denominada FASE DE HÁBITO. ¿En qué consiste? Pues como vimos que “Cuando bebo me divierto” ahora pasamos sin darnos cuenta a cada vez que salgo, “bebo para divertirme”. Un cambio sutil. Hemos descubierto una utilidad del alcohol. Ya me ha demostrado el alcohol que puede ser divertido, por lo que como no soy tonto, ahora lo utilizo para divertirme. Me quiero divertir, pues bebo. Ya tengo 18 ó 20 años, y ni me planteo el futuro que me espera. Todo el mundo lo hace, voy bien en los estudios, soy un buen hijo… ¿A quién le importa que me tome mis copitas de fin de semana con mis amigos cada vez que salgo? ¿A quién le hago daño?

Y aparece otra fase, un poco más seria, un poco más cruda, pero que tampoco apreciamos con realismo: la FASE DE NECESIDAD. ¿Qué ha ocurrido? Pues del “bebo para divertirme”, de repente me veo en la situación contraria, como un negativo de fotografía: “si no bebo, no me divierto”. He pasado de utilizar el alcohol a mi antojo con el fin de divertirme a tener que utilizarlo para conseguir ese fin. En mi caso, ya era una persona adulta. Taitantos, como se suele decir. Sin ningún planteamiento por mi parte, el consumo de alcohol ya lo tenía asimilado como algo necesario para pasarlo bien. Y no deja de ser una conducta perfectamente normal. Hay gente que se quieren llamar “bebedores sociales”, y lo único que están ocultando tras este nombre es la necesidad que tienen de beber cuando se relacionan, cuando quieren divertirse. A todos nos ha pasado que en caso de enfermedad que requiriera antibióticos, no podíamos beber. Y ¿qué hacíamos? Simplemente no salir. ¿Cómo íbamos a salir, y ver que los demás bebían y “se divertían” mientras que nosotros nos quedábamos como pasmarotes, sin hacernos gracia nadie ni nosotros a ellos? A esto se llega poco a poco. Nos hemos acostumbrado a, en vez de utilizar las capacidades de relación social que tenemos, a simplemente utilizar el alcohol. Es más rápido y muy efectivo. Pero de repente, nos vemos con esas capacidades de relación que teníamos mermadas por su falta de uso, como atrofiadas, y sólo el alcohol nos convierte en la persona que queremos ser, divertidos, creativos, dicharacheros, comunicadores, activos, etc.

Y el paso a la cuarta fase no se hace esperar. La FASE DE ADICCION. Hemos pasado del “Si no bebo, no me divierto”, al “necesito el alcohol no sólo para divertirme, sino para cualquier cosa”. El alcohol, en esta fase, se convierte en el centro de nuestra vida. No hace falta estar borracho 24 horas para encontrarse en esta fase. De hecho, un adicto al alcohol o alcohólico, no tiene ni que emborracharse para serlo. En mi caso, ni mis hermanos ni amigos pensaban que yo pudiera estar enfermo, porque a pesar de ser un adicto al alcohol, yo no solía emborracharme. Mi patrón de consumo no era ese. Incluso, pasaba los fines de semana sin beber, en casa, como padre de familia. Pero entre semana tenía la bebida entre ceja y ceja de manera continua. Estaba deseando que se diera la oportunidad de poder pasar horas y horas en una barra. Y si no encontraba excusa o motivo, me lo inventaba. Estaba deseando no tener que afrontar responsabilidades y poder sentirme libre para beber relajado y sin preocupaciones. Y si tenía algún problema que afrontar, simplemente le daba una patada para adelante, y me pedía una cerveza. “Ya lo haré mañana”. Y así, el problema solía volverme al tiempo, aún sin resolver, y con mayor importancia.

Sin darme cuenta, mi vida giraba en torno al alcohol. Y tanto es así, que ocasionalmente utilizaba la cocaína para poder seguir bebiendo. Nunca consumí cocaína sin beber. Lo cual no quiere decir que de seguir así no hubiera terminado por hacerlo. 100% seguro que sí.

Las reuniones de trabajo se hacían interminables, y estaba deseando terminarlas o simplemente eludirlas para poder tomarme una copa. O mejor aún, las organizaba en algún sitio en que pudiera tomar alguna copa mientras.

Me ponía hasta nervioso pensando, por ejemplo, en que al día siguiente tenía ya todo planeado para poder pasar un buen rato de barra. Si mi mujer, al día siguiente, no iba a comer en casa, me buscaba yo también la excusa para poder estar en la calle sin interrupciones, sin tener que dejar una cerveza a medias por tener que irme a casa.
Por la mañana, temblores. Pero tío, ¿no son acaso síntoma de la edad? Mal pulso y punto. Eso es lo que quería pensar, mirar hacia otro lado y no pensar nunca en que el alcohol me hacía daño, sino en que por el contrario, me ayudaba en mi día a día: a pasarlo bien, a olvidar problemas, a ser el más divertido de la reunión, etc. Pero era tan malo el tema de los temblores, que muchos días, al pedirme la primera cerveza, no podía literalmente llevarme el vaso a la boca. Aprovechaba cuando el camarero no miraba para agarrarme la mano derecha con la mano izquierda, y así poder contrarrestar el temblor, y poder beber. Un par de tragos, y se pasaba. Pero yo me engañaba a mí mismo, pensando que lo que tenía era el pulso malo simplemente. Hoy, puedo meter el hilo por el ojo de una aguja a las ocho de la mañana sin problema.

Resacas, olvidos, mentiras, arrebatos, falta de autoestima, falta de sentimientos, irresponsabilidades, problemas con la pareja, falta de previsión del futuro, más mentiras, despilfarro, problemas físicos, desórdenes del sueño, problemas laborales, desgana, depresión, imagen descuidada… Todo eso no se valora mientras uno está en activo. Nos engañamos, le damos la vuelta a la tortilla, y pensamos que consumimos precisamente por todos esos problemas que nos acucian, cuando en realidad, todos esos problemas son o bien causa de nuestro consumo, o al menos están agravados por el mismo.

SI HE LLEGADO HASTA ESTA SITUACIÓN, ¿POR QUÉ YO NO LO VEO? (TEORÍA DEL BICHO)
Pero ¿por qué nos cuesta tanto aceptar la realidad de nuestro problema? ¿Por qué miramos constantemente hacia otro lado, sin encajar que el alcohol ha comenzado a manejar nuestras vidas?
Es jodido, pero voy a tratar de explicarlo. Es una enfermedad inteligente, que tiene dos aspectos muy diferenciados: el neurofisiológico y el psicológico. El neurofisiológico, porque afecta al funcionamiento del cerebro. Y el psicológico, porque influye en nuestro comportamiento. Vamos con la primera, que esto no es tan complicado…

Nuestras neuronas, las células del cerebro, están intercomunicadas como en una red. Esta comunicación se ve facilitada por una hormona llamada SEROTONINA. El consumo de alcohol (o de cualquier otra sustancia o actividad adictiva) bloquea la producción de esta sustancia, por lo que nuestro cerebro pide alguna sustancia que la supla, que realice esa función de ayuda a la comunicación entre neuronas. Y ¡qué casualidad! El alcohol produce ENDORFINAS, llamada “la molécula de la felicidad”, que cumple con esta función de apoyo a la conexión neuronal. O sea, que por un lado te bloquea una cosa necesaria, pero por otro te da la solución (siempre y cuando bebas). Es decir, que se va haciendo imprescindible. Sin una adecuada comunicación neuronal, tenemos un estado anímico errático (depre, cabreos, etc), no somos capaces de comunicarnos eficazmente, no percibimos la realidad, no somos capaces de tener sentimientos definidos, y muchas cosas más, ninguna de ellas buena. ¿Os dais cuenta de que al beber, llega un momento en que “exaltamos la amistad”? Vamos, que le damos un abrazo al tío de bigote en la barra, hasta sin conocerlo. Ese chorreo de endorfinas que nos da el alcohol nos hace pasar de una ausencia de sentimientos a una efusividad ridícula muchas veces.

¿A que es lista la ***** de la enfermedad?

A mí me gusta imaginarme a esta enfermedad como un BICHO, como un ser inteligente, ***** donde los haya. Un bicho que nos engancha, engañando al cuerpo para solucionar mediante el consumo el daño que él mismo causa. Es como un pirata informático que se ofrece a una empresa para arreglar los virus que él mismo ha metido en sus ordenadores. Una verdadera jugarreta. Mientras sigamos bebiendo, este bicho va a estar contento. Nosotros estaremos tirando nuestra vida por la borda, y el mariconazo cada vez más gordo y sanote.

Esa es la parte neurofisiológica. Pero además, hay otro efecto, el PSICOLÓGICO. Lo que se llama SISTEMA DELUSIONAL. Ese bicho del que hablaba es algo así como el “guardián de la enfermedad”. Es el encargado de que no reconozcamos el alcohol no ya como causa de una enfermedad, sino ni siquiera como causa de nuestros problemas. Es algo así como un asesor de imagen, que es capaz de hacer que un cabrón parezca un angelito ante la opinión pública.

El bicho se ocupa de bombardearnos continuamente con deseos, tentaciones, pensamientos que tratan de apartarnos de la realidad:
- Venga, tómate otra, que te da tiempo.
- ¿Resaca? Eso se arregla con una cerveza.
- ¿Tienes algún problema? Tómate una copita y lo verás de otra manera.
- Todo puede esperar, anda, bebe.
Es algo así como un niño al que sacamos de paseo y se encapricha con una pelota: “Cómprame la pelotita, porfa, papáaa, compramelaaaaa, andaaaa, vengaaaa, por favoooor, cómprame la pelotitaaaaaaa, ¿qué más te daaaa?…” Y acabamos comprando la pelotita con tal de no escuchar más al pesado del niño. Con el alcohol igual. Tenemos al cabrón del bicho empeñándose continuamente en que su señor, la enfermedad, sobreviva y esté cada día más lustrosa, evitando cualquier ataque que le podamos hacer (momentos de remordimiento, de darnos cuenta que podríamos tener un problema, de plantearnos retos para dejar de beber o querer controlar el consumo, etc.). Empeñado en que le demos al cuerpo esos “chutes” de dopaminas que tanto placer nos proporcionan. Nos engaña, distrae nuestra atención. Por eso es tan difícil para un consumidor darse cuenta de que tiene una enfermedad que se llama ADICCIÓN.

Normalmente, en nuestra sociedad, tenemos EL ALCOHOL MUY CERCANO. Está aceptado por todos, nos rodea en cada paso que damos en la calle, estamos acostumbrados a su presencia desde que somos pequeños. Pero por el contrario, EL ALCOHOLISMO LO VEMOS MUY LEJANO. Y no es así. Donde hay alcohol, hay alcoholismo. Pero no lo reconocemos tal y como es, gracias a la campaña de imagen del “bicho”, gracias al sistema dellusional, que dirige nuestros pensamientos. Pensamos que alcohólicos son los gorrillas, personas tiradas en la calle agarradas a un tetrabrik de tinto. Incluso, cuando hablamos de un familiar o conocido que abusa del consumo decimos “bebe mucho”, pero no lo reconocemos como alcohólico. Incluso, cuando alguien muere por una cirrosis (la enfermedad más ligada al abuso de alcohol, pero desde luego no la única), no solemos hacer mención al abuso de alcohol y su relación con la enfermedad. Fijaros qué complicada e inteligente es la adicción, que trata de ocultarse ante nuestros ojos para que la dejemos vivir tranquila.

¿PUEDO HACER ALGO ENTONCES? (TEORIA DEL DOMINÓ)
Pero con tanto bicho, y una enfermedad tan complicada, ¿podemos salir de ella? Obviamente no, nunca. Porque se trata de una enfermedad crónica. Pero (uff, menos mal, ¿verdad?) sí podemos aletargarla, enquistarla, dejarla en un rinconcito sin que ni siquiera moleste. En ese sentido es una enfermedad muy cómoda, que si no la alimentas con sustancias o actividades adictivas, no presenta síntomas. Podemos, en el caso de la bebida, ser alcohólicos de por vida, pero si no estamos “en activo”, podemos recuperar todo lo que la enfermedad nos ha quitado. No podemos ganar la guerra contra la adicción, pero sí podemos ganar cada día nuestra batalla.

¿Cómo? Yo recomiendo utilizar todas las armas a nuestro alcance. Consejo profesional, medicación y ayuda terapéutica. Me gusta comparar este proceso de lucha, este camino, con una fila de fichas de dominó, dispuestas de manera que al tirar la primera ésta tire la segunda, y así sucesivamente hasta el final. No es muy académica mi TEORÍA DEL DOMINÓ, pero a mí me sirve y espero que a vosotros también.

Vamos a colocar la primera ficha. La más importante, a partir de la cual debemos construir el resto del camino: la ficha de la SINCERIDAD. Básica. Sin ella, no hay camino que empezar. Si no llegamos a ser totalmente sinceros con nosotros mismos, seguiremos siendo un monigote en manos del bicho y nuestra enfermedad. Si la enfermedad trata de mantenernos engañados, nuestra única salvación posible es que en un momento dado seamos capaces de reconocer nuestro problema, que nos paremos y nos digamos: “Efectivamente, creo que tengo un problema con esta sustancia”. En ese momento, nuestra vida puede empezar a cambiar. Si ese momento no llega, nunca lo hará.

Requiere fuerza, mucha fuerza, plantarle cara al bicho y sus mensajes engañosos, plantarnos, y darnos cuenta de que poco a poco nos hemos hundido en el barro hasta las rodillas, y seguimos hundiéndonos. La sinceridad consiste en ver de manera realista nuestros problemas, y dejar de pensar que el alcohol o la sustancia que sea es un alivio para esos problemas, reconociendo que por el contrario, esa sustancia es la causa o al menos el agravante de esos problemas. Una vez conocí a una persona que me decía que él no era un enfermo, que él simplemente bebía porque su mujer le había dejado, porque sus hijos no le hablaban, y porque no tenía trabajo. Quise hacerle ver que a lo mejor era lo contrario: su mujer le había dejado por el alcohol (cambios de carácter, obsesión por la bebida, ridículos sociales, y un largo etcétera), sus hijos no le hablaban por causa del alcohol (peleas absurdas con su madre, falta de atención a ellos, etc), y no encontraba trabajo por el alcohol (falta de autoestima, falta de iniciativa, bajo rendimiento, etc). El no lo veía así. Quería seguir viendo su consumo de alcohol como efecto de sus problemas y no como causa (lo que el bicho le sugería todo el rato). ¿Qué ocurrió con esta persona? Pues que dejó de beber durante tres meses, y en esos tres meses conoció a una nueva pareja, se arreglaron los problemas con sus hijos, y consiguió algo parecido a un trabajo. Pero… a los tres meses, creyendo que sus problemas estaban ya arreglados, volvió a consumir. La lección está clara, si el bebía por sus problemas, ¿por qué volvió a beber una vez se fueron arreglando éstos? Simplemente porque no bebía por sus problemas. Bebía porque se trataba de un enfermo, de un adicto, y no era lo suficientemente sincero consigo mismo como para reconocerlo. Y su adicción a la bebida era el motivo de sus problemas. Pero ¡cuesta tanto reconocerlo! ¡Cuesta tanto darse cuenta de la realidad!

Muchas veces iniciamos nuestra lucha contra el alcohol, a pesar de no ser sinceros con nosotros mismos. Nos ponemos en manos de un médico, psicólogo, terapeuta, o lo que sea, pero sin poner primero la ficha de la sinceridad. Lo hacemos sin estar convencidos de nuestro problema. ¿Por qué? Para callar la boca de los que alrededor nuestra sí ven la realidad de nuestro problema. Esto, aunque mejor que nada, tampoco sirve de mucho. Tenemos que plantear esta lucha por nosotros mismos. De otra manera, en el momento en que esta gente de alrededor esté confiada por nuestro esfuerzo (simulado), dejarán de desconfiar en nosotros, dejarán de “darnos la brasa”. En ese momento, volveremos a consumir. Ya no nos molestan, por lo cual no existe obstáculo para que volvamos a los brazos de la bebida. Y es más, podremos decir a pleno pulmón, que si hemos dejado de consumir un mes o dos, es que no tenemos ningún problema con la bebida (a lo cual yo contestaría que si no tenemos problema con la bebida, ¿por qué carajo volvemos a beber?).

Todo lo que no sea 100% sincero con nosotros mismos es engañarnos, y engañar a los que se preocupan por nosotros. Debemos comenzar con una profunda reflexión, analizar los motivos de lo malo que ocurre alrededor nuestra (¿tendrá relación con la bebida?), tratar de recordar cómo éramos antes de consumir tanto. ¡Cuesta tanto abrirse a uno mismo, sobre todo cuando la enfermedad intenta ponernos un velo en los ojos! Pero hay que hacerlo. Si no, apaga y vámonos.

Tan importante como esta primera ficha es la segunda: la ficha de DECISION. Si hemos colocado la primera ficha, y hemos reconocido que tenemos un problema, ahora nos toca afrontar la situación y decidirnos a poner todo de nuestra parte para luchar contra este problema. Muchas veces dejamos el tema en la primera ficha, en simplemente reconocer nuestra situación, pero nos limitamos a querer salir de esta situación sin hacer nada. Y sólo con querer no se va a ningún lado. Podemos estar toda la vida queriendo tener un Mercedes o un Ferrari. Pero con quererlo sólo no va a venir el coche a buscarnos. En nuestro caso, podemos reconocer el problema, pero quedarnos en un mero deseo pasivo de querer salir de la situación, compadecernos a nosotros mismos por tener un problema del cual no creemos poder salir (¿o no será que en el fondo no queremos salir del todo?). Importantísimo tomar una decisión en firme, tomar una decisión activa y ponernos a trabajar para conseguir nuestros objetivos. Y aunque parezca imposible, no lo es. Depende de nosotros. Así que tomad la decisión y manos a la obra. En el momento en que tomamos la decisión en firme, comienza la acción.
Y la tercera ficha, que colocaremos tras un reconocimiento sincero de que existe un problema y tras nuestra firme decisión a afrontarlo, es la ficha de RECONOCIMIENTO DE LA ENFERMEDAD. Es fundamental para enfocar bien el problema. Y el problema es que somos enfermos. Y gracias a Dios que lo somos, porque si no lo fuéramos, seríamos unos *****, unos viciosos hijos de *****. Realmente es un descanso enterarnos de que en realidad somos enfermos, porque esas broncas, esas irresponsabilidades, esos ridículos, en caso de no estar causados por una enfermedad, serían de mala persona, de cabrón. Y prefiero ser un enfermo, y enfocar adecuadamente mi lucha. Nuestra enfermedad se llama adicción, y es crónica, de por vida. Y consiste en que no podemos consumir ciertas sustancias o ejercer ciertas actividades porque no controlamos este consumo o este ejercicio. Si colocamos bien esta ficha, y reconocemos que es de por vida (con todo lo que conlleva), todas nuestras acciones a partir de ahora han de ir encaminadas a una lucha prolongada en el tiempo, monótona, rutinaria, sin grandes victorias por el camino, más que la victoria diaria de acabar un día más sin haber consumido. No es fácil tampoco, porque una característica común a todos los adictos es nuestra impulsividad y compulsividad. Y tenemos que evitar ambas en esta lucha, porque no nos van a servir más que para enfrentarnos con un muro y caer de nuevo. Hay que ser fríos, y saber que muchos años de consumo no se enderezan en media hora, sino día a día durante el resto de nuestra vida.

Pasamos ahora a la cuarta ficha, la de la MOTIVACION. Importantísima. Es un camino duro, difícil, y tenemos que estar continuamente motivados para seguir afrontando esta enfermedad. ¿Por qué debemos emprender este camino? Por nosotros mismos, sin duda. No porque tengamos problemas con nuestra pareja, o laborales, o de dinero, o de comunicación, o de autoestima. No. Debemos hacerlo por nosotros mismos, por recuperarnos como personas libres, personas con voluntad e iniciativa. Y de esta forma, pensando en nosotros, iremos solventando en la medida de lo posible, todos los problemas que nuestra adicción ha ido creando a lo largo de nuestra vida. Y digo “en la medida de lo posible”, porque habrá problemas que ya no podamos resolver. No podemos hacer que el tiempo vaya hacia atrás, no podemos evitar ese accidente que provocamos con copas, ni esa bronca que significó una ruptura, pero si podemos evitar que estas situaciones se repitan de nuevo. Si iniciamos este camino con una decisión fuerte, sabiendo que nos enfrentamos a una enfermedad, y con una motivación interna por recuperar la persona que fuimos, no tenemos el camino hecho ni mucho menos, pero sí habremos recorrido sus etapas más duras.

Ganas, ilusión, coraje, ir consiguiendo etapas a corto plazo, fuerza. Empecemos a preguntarnos por qué y para qué queremos iniciar este camino. Y respondámonos a diario mientras nos miramos en el espejo. Es por nosotros. Y el camino es largo. Si desfallecemos, no sólo tendremos que volver a empezar, sino volver a empezar desde el mismo momento en que lo dejamos. Dice un dicho andaluz que "más corre el galgo que el mastín, pero si el camino es largo, más corre el mastín que el galgo". Preparémonos para luchar a diario, tener las cosas muy claras a diario. Y que esa motivación nos acompañe a lo largo de todo el camino, toda la vida. Mucha gente llama a la adicción “la enfermedad del olvido”, porque si no hemos puesto correctamente alguna de estas primeras fichas, tenderemos a pensar que ya controlamos la situación, se nos olvida que realmente somos unos enfermos crónicos, y (otra vez el jodío bicho, por eso, a mí, en vez de llamarla la enfermedad del olvido me gusta llamarla “la enfermedad del engaño”), comenzamos a pensar que si hemos sido capaces de no consumir durante las etapas iniciales, será porque no tenemos ningún problema o hemos aprendido a controlarlo. Ese olvido nos llevará a hacer pruebas de consumo, y a volver a consumir con el tiempo igual que antes. Por tanto, la motivación ha de ser continua, acompañarnos todos los días de nuestra vida. Tener siempre presente lo que somos y lo que queremos ser.

Ahora, una quinta ficha que considero imprescindible, pero que hay gente que por circunstancias, se la salta: la ficha de la BUSQUEDA DE AYUDA. Médicos, medicinas, terapias, lecturas, reuniones, etc… La ayuda incluso puede consistir en el apoyo de nuestros familiares, aunque no sea ayuda profesional. La ayuda es simplemente un apoyo, un bastón que nos permite hacer el camino eliminando problemas de tropiezos o de pérdidas por el mismo. ¿Puede hacerse el camino sin ayuda? Si. Pero las probabilidades de realizarlo con éxito son mínimas, os lo aseguro. La ayuda externa nos mantendrá motivados, alerta, concienciados. Cuando nosotros desfallezcamos, siempre tendremos ahí la mano de nuestro terapeuta, de nuestro amigo, de nuestra mujer, de nuestro médico, o de otro compañero enfermo. Siempre en la medida que hayamos pedido esta ayuda y la aceptemos, claro está.

En el tema de la ayuda médica y medicación, los tratamientos básicamente son ansiolíticos y antidepresivos (el famoso Prozac o fluoxteina). Pero ¡no nos asustemos! Si es un profesional el que nos los receta, hagamosle caso, sin miedo. ¿O es que al camello que nos pasaba la coca o el hachis le pedíamos el prospecto de lo que nos estaba pasando? Seamos consecuentes, y confiemos en la opinión profesional. Estos tratamientos tienen como fin estabilizarnos, conseguir que en las etapas iniciales de nuestro camino seamos personas estables, eliminando picos de conducta que nos podrían poner en situaciones de riesgo de consumo. Además, nos suplen de las endorfinas necesarias para que no echemos de menos las dopaminas producidas por nuestro consumo. Es decir, se restablece poco a poco la comunicación neuronal, y vamos recuperando ciertas capacidades de memoria, razonabilidad, sentido de la realidad, sentimientos, etc.

A estos ansiolíticos y antidepresivos, hay que sumar un tercer fármaco (para tratar dependencia al alcohol), algún inhibidor hepático, como Colme o Antabus. Ambas sustancias actúan a nivel hepático mediante la inhibición de un enzima: la aldehidodeshidrogenasa (ALDH) encargada de la metabolización del alcohol (realizando el paso de acetaldehído a acetato). Al inhibir esta enzima, la cadena de metabolización del alcohol se detiene y se acumula acetaldehído; generando un importante problema para el organismo puesto que el acetaldehído es tóxico. Como veréis, lo de cortar y pegar funciona perfectamente. Pero ahora os lo explico yo a mi manera. El alcohol de por sí es tóxico. El cuerpo, al recibirlo, lo procesa y trata de eliminarlo generando sustancias para ello en el hígado (por eso las hepatitis y cirrosis, a las que se llega por forzar demasiado el hígado en la eliminación del alcohol de nuestro cuerpo). Estos medicamentos le dicen al hígado: “no produzcas esas enzimas, que ya verás qué jartón de reir nos vamos a dar; ahora se va a enterar este tío de lo que le hace el alcohol si no estamos aquí nosotros para salvarle el culo”. Y al consumir alcohol, ya sin defensas ante él, vemos cuáles son realmente sus efectos tóxicos en nosotros. Respiración entrecortada y ansiosa, erupciones cutáneas, aumento de la presión arterial, etc. Si consumimos alcohol mientras hemos tomado Colme o Antabus, el resultado es éste, y podemos llegar a sufrir un ataque al corazón incluso. Y os lo dice uno que trató de “curarse” él solito tomando Antabus, y al tercer o cuarto día no aguantó y volvió a beber. Creía morirme, de verdad.

Estas son pastillas valiosísimas para llevar en nuestro camino. No tienen otro efecto que éste, es decir, son totalmente inocuas si no se ingiere alcohol. Pero tienen una tremenda fuerza persuasiva para que no bebamos mientras las estemos tomando. Y como todos tenemos un pequeñito momento de lucidez antes de comenzar el día y vernos sometidos a tentaciones, tomémos nuestro Antabus diario en ese momento. A mí me gusta tomarlo frente al espejo, casi brindándome la pastilla, de manera que así me recuerdo a diario que como beba, quizás sea el último día que me haya mirado al espejo. Además, el efecto de estas pastillas dura un par de semanas mínimo, por lo cual si (sinceramente) se nos olvidan un día no pasa nada. Lo malo es empezar a olvidarlas y hacer cuentas de cuándo podemos consumir de nuevo sin peligro (el bicho llevará las cuentas por nosotros, eso seguro). Pero en fin, si hemos llegado hasta aquí, se supone que es porque hemos tomado una decisión firme, y hemos dejado de engañarnos a nosotros mismos.

Estos tratamientos farmacológicos pueden reforzarse mediante una alimentación adecuada (hidratos de carbono, picante, pollo, piña, carnes sin grasa, son alimentos que contribuyen a la producción de endorfinas), ejercicio físico (aire libre, sol y esfuerzo físico son importantísimos), etc.

Recuerdo el día que me senté por primera vez con un médico especialista para hablar con él sobre el alcohol. Yo ese día ni reconocía mi problema (sabía que abusaba, pero me engañaba pensando en que como yo no estaba tirado en la calle, yo no era alcohólico), ni sabía que era una enfermedad. De hecho, no fui voluntariamente, sino para callar la boca de mi mujer (¿os suena?). Cuando me preguntó cuánto bebía, le respondí que lo normal, que dos o tres cervezas al día. Y realmente me lo creía (yo es que no tengo bicho, tengo directamente a Goebbels, el ministro de propaganda nazi, sentado en el hombro). Y ¿por qué me lo creía? Pues porque uno tiende a rodearse de iguales cuando consume, de manera que escondidos en una masa uniforme no tenemos que reconocer que no estamos actuando bien. Si todos los que tengo alrededor beben mucho, la cantidad es lo de menos, y tenderé a decir que bebo “lo normal”, como todo el mundo. Por supuesto, tras esa afirmación de “lo normal, dos o tres cervezas”, le comenté literalmente que “yo no estaba para terapias”. Es decir, que yo no tenía los problemas que yo atribuía a los alcohólicos. La realidad es que no eran dos o tres cervezas (y aunque lo hubieran sido, depende de cómo tomar esas dos o tres cervezas diarias, uno puede ser también dependiente del alcohol, pero eso es harina de otro costal). Mis dos o tres cervezas eran realmente 14 ó 15 (4-5 litros) un día normal, y hasta 8 litros los días que tenía tiempo o excusa para beber. Y gracias a que comencé las terapias, me di cuenta de que había gente como yo, gente que reconociendo su enfermedad luchaban contra ella con mucho mérito y con muchos huevos. Gente que veían por fin la realidad y decidían enfrentarse a ella. Sin esa visita al médico, y sin comenzar esas terapias, no sé dónde estaría yo ahora mismo, pero probablemente, habría perdido casi todo lo que he podido recuperar tras estos años de camino. Eso, en caso de continuar vivo… Ayuda, buscad ayuda. Y que no nos avergüence, puñetas. Si partimos de la convicción de que somos enfermos, ¿vamos a automedicarnos? Si fuéramos diabéticos, ¿nos diagnosticaríamos y recetaríamos nosotros mismos? No. Vamos a aprovechar todas las facilidades a nuestro alcance: médico especialista, medicación, terapia, consejos, familia, etc.

Un inciso respecto a las terapias. Nos suenan a americanada, a reuniones absurdas en las que todos tienen el mismo problema menos yo. A reuniones en las que uno tiene que participar abochornado, y que “por qué ***** tengo yo que contarle a esta panda de borrachos lo que me pasa a mí”. Y nada más lejos de la realidad. Es la mejor fórmula para reconocernos a nosotros mismos en los ejemplos de los demás. Porque nos vamos a ver reflejados en todos. Al fin y al cabo, la enfermedad es común, y no tardaremos en reconocernos “eso lo he hecho yo también” o “eso he dejado de hacerlo yo también”, o “eso lo he dicho yo, o sentido yo, o pensado yo”. Es la mejor ayuda que tenemos. Rompamos la barrera de la vergüenza cuando se nos presente, y aprovechemos la herramienta de las reuniones. ¿De qué carajo tenemos que avergonzarnos? ¿De ser enfermos? ¿Me tendría que avergonzar de tener un problema cardíaco, o un cáncer?
Cada gota que no bebas, una lágrima que no llorarás.

Gonzalosevilla
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Re: Es posible volver a vivir sin alcohol (PARTE II)

Mensaje por Gonzalosevilla » 27 Feb 2015 23:32

Tras esta ficha, otra fundamental: la sexta ficha o ficha del CAMBIO, la de reconstrucción de una nueva vida. No se trata de simplemente eliminar el consumo de nuestra vida y continuar como si nada. Eso no nos lleva a nada bueno. Si nuestra vida pasada estaba basada en el pilar fundamental del consumo (pensar en consumir, esperar la oportunidad con ansiedad, consumir y sufrir los efectos del consumo), si simplemente lo eliminamos, nuestra vida se quedará vacía, se nos derrumbará ante nuestras narices. Tenemos que eliminar el consumo, si, pero reconstruyendo una nueva vida en la que el consumo no tenga sitio. Cambio de hábitos, de sitios, de horas, de “amistades”, de escala de valores, de agenda de teléfono… Tendremos que hacer determinados sacrificios para cambiar de verdad de vida. ¡Ojo! No se trata de construir una nueva identidad e irnos al otro extremo del mundo para romper con lo anterior. No. En lo anterior hay cosas, lugares, hábitos, circunstancias y personas que tienen que ver con nuestra adicción, que son las que deberemos cambiar. Un simple ejemplo: el bar donde solíamos consumir, debemos evitarlo, sobre todo a las mismas horas y con la misma gente con la que consumíamos, porque es cuestión de tiempo que oigamos a alguien decir “venga ya, no seas maricón, tómate una cerveza”. Y ¿por qué oiremos esto con seguridad? Pues por el mismo motivo por el que nos gusta rodearnos de iguales para no sentirnos diferentes o peores, no nos gusta que alguien se salga de ese círculo y nos demuestre a todos que efectivamente, los que nos quedamos dentro somos los que estamos sometidos a la sustancia que sea, y además que se puede dejar de consumir. Por tanto, realizar cambios en nuestra vida es fundamental. Con simples cambios que tienen que ver con nuestra adicción, estaremos cambiando toda nuestra vida. Y al hablar de cambios, hablo de eliminar cosas y añadir cosas. No podemos simplemente sacar el consumo de nuestra vida y no aportar nada nuevo a ella, estaremos dejando un hueco que probablemente nos lleve a llenarlo con más consumo (de lo mismo o de otra sustancia). Nos tenemos que reeducar, buscar nuevas aficiones y ocupaciones, fomentar amigos de verdad (no “de barra”), dedicar más tiempo a nosotros mismos (pero no en “darnos de beber”, sino en “darnos de vivir”).

Y es apasionante. Al fin podremos vivir una vida libre, en la que nuestras decisiones no están todas mediatizadas por el consumo. En esta nueva vida nos redescubriremos, descubriremos que hay una persona que merece la pena dentro de todas esas capas dañinas (irresponsabilidad, ridículo, egoísmo, inmadurez, etc.), que hemos ido añadiéndole en nuestros años de consumo. Cuenta una leyenda que una madre y un hijo paseaban por el taller del maestro Miguel Angel mientras éste esculpía una preciosa cabeza de caballo. El hijo se quedó mirando extasiado y le preguntó a la madre: “Mamá, y ¿cómo sabía este señor que en ese bloque de mármol había encerrada una cabeza de caballo tan bonita?” Aunque no logremos imaginarlo, porque estamos rendidos, abatidos, dentro de nuestro bloque de mármol, estamos nosotros mismos, nosotros en estado puro, ese niño que reía feliz ajeno a lo que le iba a deparar su futuro con las drogas, esa persona perfecta dentro de su imperfección natural aún no viciada por el entorno. El cambio que debemos experimentar no es reconstruir nuestra vida tratando de recuperar lo que creemos que hay que recuperar, sino construir una nueva vida. Y repito: es apasionante hacerlo con entera libertad. Un adicto en activo habla pero no dice nada; oye pero no escucha nada; toca pero no siente nada; mira pero no ve nada; desea pero no quiere. Y en esta nueva vida, vamos a ser capaces de decir, de escuchar, de sentir, de ver y de querer. Vamos a ser por fin personas.

Otra ficha importante: la séptima, de la VALORACIÓN. Muy pronto empezamos a ver cambios en nuestra vida, incluso en etapas tan tempranas del camino. Y son todo mejoras. Físicas, de carácter, de actitudes... Y esto nos debe llevar a sentirnos orgullosos de lo que estamos haciendo. Nuestros esfuerzos van teniendo recompensa. Y lo estamos consiguiendo nosotros. Estamos saliendo poco a poco del hoyo en el que estábamos enterrados en mierda hasta las cejas. Lo que hace unos días nos parecía imposible, lo estamos haciendo. Nosotros!!!! Somos capaces de lo que nos propongamos!!!! Esa autoestima que hemos ido dejando en nuestra vida a base de compadecernos a nosotros mismos, la estamos recuperando. Volvemos a creer en nosotros mismos, porque estamos haciendo un esfuerzo y estamos comenzando a ver sus recompensas.

Llega el momento en que ya hay cierta distancia desde nuestro punto de salida, y podemos echar la vista atrás y mirar de dónde salimos. Y ya podemos valorar los logros conseguidos. Vamos siendo nosotros mismos, recuperando nuestra propia esencia, nuestra vida real, y no la ficticia que hemos construido en base al consumo. Y ya podemos comenzar a valorar lo que perderíamos si interrumpimos nuestro camino, y a dónde volveríamos, a nuestro horrible punto de partida. Ya sabemos lo que podemos perder, todos los avances hechos, y esto nos debe servir de acicate para no dar ni un paso atrás.

Valorar lo recorrido, los cambios hechos, valorarnos a nosotros mismos, es una motivación especialísima para seguir. Y ya hemos visto que la motivación ha de ser nuestro bastón durante todo el camino. No debemos, para valorarnos, compararnos con los demás, sino con nostros mismos, con cómo éramos en nuestra etapa anterior, en lo que hemos conseguido. No nos comparemos con esos amigos de barra a los que hemos dejado de frecuentar y los vemos un día y otro haciendo lo mismo. Recordad que llevamos un bicho ***** dentro que se aprovechará de esas situaciones para hacernos creer que estamos peor de cómo estábamos, y tenemos que enfrentarnos a él con la fuerza que ahora podemos sacar de nosotros mismos, porque volvemos a ser personas poco a poco, porque volvemos a ser libres, a no depender de una copa o de una raya para levantarnos, hablar, reírnos, relacionarnos, etc. Poco a poco, pero vamos viendo resultados. Y debemos sentirnos orgullosos de nosotros mismos, valorar lo que estamos haciendo en su justa medida. Y ¡qué bien se siente uno cuando está satisfecho de lo que hace!, sobre todo tras tantos años de creernos una mierda…
Importante colocar aquí la octava ficha: la ALERTA. Nuestra enfermedad es crónica. Inteligente. Nos ataca en los momentos en que nos sentimos más débiles. Y por ello debemos estar siempre alerta. La mayoría de accidentes de coche se producen en vías que recorremos regularmente, porque el conocimiento rutinario de la vía nos hace sentir que la controlamos perfectamente. Incluso, podemos encender un cigarro, atender el teléfono, discutir con quien venga en el coche, porque total, conocemos la vía muy bien. Es pura rutina. Error. La rutina es lo más peligroso. Siempre alertas. Siempre atentos a la carretera, porque tendremos que saber reaccionar ante situaciones inesperadas en cualquier momento. Alerta. Respeto. Precaución. Evitemos situaciones de peligro. Tenemos que ser más inteligentes que nuestra enfermedad. Y como ella no descansa, nosotros tampoco podemos.

No se trata de vivir eternamente en un estado de pánico hacia la enfermedad. Se trata de recordar continuamente que somos unos enfermos. Mi terapeuta, que se ayuda de muletas para andar por una enfermedad congénita, dice con mucha gracia que el día que se le olvide que es cojo y no agarre las muletas, se va a dar una hostia por *****, que no se le va a olvidar. Y tiene toda la razón. No podemos olvidar nuestra enfermedad, si queremos no padecerla, aunque suene incongruente. Siempre alertas. Evitar situaciones de riesgo, fundamental (ciertas compañías u ocasiones, o no asistir a determinados eventos si no queremos o no nos vemos con fuerzas, o simplemente tener preparada una forma de salir de ellos en cuanto veamos algún peligro, etc.). Especial alerta los días de ánimos decaídos (días en que tenemos problemas, o vivimos situaciones de aflicción, o simplemente tenemos una bajona), y también los días de euforia. El ***** del bicho está pendiente de nosotros especialmente esos días, en los que podemos llegar a pensar fácilmente en recurrir al consumo como medio de evasión, o para celebrar algo. Alerta continua significa introducir en nuestra vida ciertas pautas de comportamiento muy normalitas, pero que nos ayudarán mucho en caso de presentarse el peligro. Por poner un simple ejemplo, bien tonto. Yo no voy a ninguna celebración si no es con autonomía suficiente para volverme cuando quiera. Y aviso a mi mujer o a quien me acompañe que cuando yo diga “a volver”, menda se vuelve, con ella o sin ella. Forzar estas situaciones puede ocasionarnos algún recuerdo, alguna apetencia o tentación, que más vale evitar. Quien se enfrenta a pecho descubierto a su adicción está perdido. Seamos más inteligentes y utilicemos truquillos para estar siempre alerta.

Hay una ficha especial, a la que muchos no prestan atención, pero que debe ser siempre tenida en cuenta, porque puede ser muy dañino el obviarla. Se trata de la ficha de ABSTINENCIA. No es ninguna gilipollez, ni se da por hecho. Sí doy por hecho que el que identifica y reconoce que tiene un problema con una actividad adictiva o una sustancia adictiva y quiere luchar contra él, va a abstenerse de realizar tal actividad o consumir tal sustancia. Pero debemos tener en cuenta una cosa: el consumo de una sustancia nos puede llevar a una dependencia de la misma, y en caso de que cesemos en este consumo, estamos peligrosamente cercanos al consumo de cualquier otra sustancia o de ejercer cualquier actividad adictiva. Me explico. A través de una sustancia, adquirimos una enfermedad que se llama adicción. Ese es el nombre. Y apellidos tiene muchos: alcohol, cocaína, heroína, juego, tranquilizantes, etc. A través de una sustancia, acostumbramos al cuerpo a recibir una enorme carga de dopaminas, a activar nuestro centro de placer. Si cesamos en el consumo, termina este flujo de dopaminas. Podemos hacer, como hemos visto, muchas cosas para reeducarnos, para equilibrarnos, para restaurar un buen sistema de comunicación neuronal. Pero existe un peligro. La enfermedad, inteligente como ella sola, sabe que existen otras sustancias a las que no les prestamos atención (ya que estamos enfocados a una sola dependencia, y no a la adicción en general) que nos proporcionarán idénticos resultados. Y he visto muchos casos de trabajar una dependencia adecuadamente y que aparezca otra. Es fácil dejar el alcohol y que aparezca el consumo de cocaína, o el juego, o hachís. O dejar la cocaína o la heroína y ponernos a beber. Da igual por qué sustancia, pero nos volvemos adictos, en general, sin apellidos. Y hay que tener en cuenta de que corremos peligro si nos conformamos con haber cortado una dependencia solamente, ya que fácilmente podemos desarrollar otra. Es como el juego ese de los topos de los niños. Le das con un mazo a un topo, y por otro agujero sale otro. Y así sucesivamente. El único final al juego es apagar la máquina, atacar directamente a la adicción, además de a las dependencias que nos origina. Por tanto, la alerta ha de ser múltiple.

Seamos conscientes de que nuestro carácter impulsivo y compulsivo nos convierte en carne de cañón para cualquier sustancia, y que al bicho le da igual qué echarle de comer a su amo, mientras le haga engordar. En particular, he vivido un caso de pasar de la bebida a la heroína, a la morfina, a la cocaína, vuelta al alcohol, a las compras, etc… Ojo, mucho ojo.

No está de más poner de nuevo una ficha que ya hemos puesto antes: la MOTIVACION. Como ha de ser continua, aquí la pongo otra vez. Y cuantas más veces, mejor. Siempre comparo la motivación con los cables de alta tensión que vemos por las carreteras. Cada cierto número de metros han de colocar un poste, porque si los pusieran muy alejados del siguiente, el cable terminaría por vencerse y tocar el suelo. A nosotros nos pasa lo mismo. Si sólo nos acordamos de vez en cuando, corremos el riesgo de vencernos y tocar suelo. Yo trato de estar continuamente motivado. Y como soy muy burro, más burro que tú seguro, pues leo y escribo a diario sobre adicciones, entro en foros y blogs en internet, hago algún curso a distancia, asisto al menos a dos terapias semanales (aunque ya hace años que tengo el alta terapéutica), hablo mucho de la enfermedad en cuanto se presenta la ocasión, etc. Eso me hace reforzar mi decisión a diario, y no olvidar nunca lo que soy y lo que puedo ser o en lo que puedo volver a convertirme.

Y tras la motivación, alerta y tras alerta, motivación. Ambas fichas han de seguir colocándose a lo largo de todo el recorrido.

Si se han colocado estas fichas, y bien, tirar la primera hará que las demás vayan cayendo de manera ordenada, y nuestro camino de sobriedad nos traerá tropecientas mil satisfacciones. Es apasionante volver a vivir.

NOTA FINAL
El consumo de alcohol no es una actividad extraña, la vemos a diario en la calle, desde que tenemos uso de razón. Es una costumbre social, arraigada culturalmente a lo largo y ancho de nuestro país. Una costumbre peligrosa, porque ya hemos visto que en muchísimos casos, el consumo de alcohol (como lo haría el de cualquier otra droga) deriva en el desarrollo de una enfermedad, la adicción. Y el gran problema es identificar la barrera que existe entre un consumo aceptable de alcohol al desarrollo de una dependencia y adicción. Tenemos muy cerca el alcohol, pero consideramos que el alcoholismo queda muy lejos, que es cosa de los demás, que a nosotros no nos va a tocar nunca.

Pero no es así. El alcoholismo no es exclusivo de gorrillas o mendigos, como tendemos a idealizar. No hace falta llevar una botella escondida en papel de estraza y darle un sorbo cada dos minutos para ser alcohólico. No hace falta ni beber a diario. Ni siquiera emborracharse cuando se bebe.

En cuanto el alcohol representa un problema, una preocupación en nuestra vida, algo hay. Alcohólicos podemos ser nosotros mismos, aunque no lo creamos. Y como para muestra bien vale un botón, yo lo soy. Y no creía serlo, pensaba que estaba por encima de ese vicio que consideraba vergonzante. Pues al final, mira por donde, lo soy, pero ni es vicio, ni es vergonzante. El aceptarlo y luchar ha mejorado mi vida, infinitamente: salud, relaciones, responsabilidades, capacidades físicas y psíquicas, autoestima, emociones y sentimientos, etc. Esta lucha me ha convertido en otra persona, libre, sin dependencias, con iniciativa. No me avergüenzo de lo que fui, porque se trata de una enfermedad, y con sólo probar una copa o una raya volvería a serlo. No me puedo avergonzar ni arrepentir. Pero sí estoy en la obligación, una vez que conozco de qué va el paño, de no volver a serlo en la vida, y por ello seguiré luchando.

Según el Ministerio de Sanidad, en España existen más de 4 millones de personas con problemas con el alcohol, casi un 10% de la población que como mínimo necesitan del alcohol para algo. Cuatro millones entre los que están algunos de tus amigos, entre los que están algunos de tus familiares, entre los que estoy yo (por supuesto), y entre los que puede ser que estés tú. Has de responderte con sinceridad, puesto que sólo uno mismo sabe dónde está en este proceso que he tratado de describir. Y seguro que vamos a tratar de auto engañarnos, y de pintarnos en una situación más benévola de la real. Seguro que ese bicho cabrón nos está diciendo ahora mismo “no te preocupes, esta cantinela no va contigo, tú controlas…”

Sinceridad, por favor.

Esta es una historia real. Estos son reflexiones reales de una persona común, yo, que existo. No son notas técnicas de un investigador o científico. Es lo que he vivido y lo que sigo viviendo. Y lo escribo, porque estoy obligado a hacerlo, porque tengo una deuda con la gente que no ha tenido las mismas oportunidades que yo. Se lo debo a mi mujer, que luchó mucho por no perderme, y consiguió al final que fuera, a regañadientes, a un centro. Y aunque al principio mi objetivo de ir a ese centro era cerrarle la boca a mi mujer, lo cierto es que esas reuniones acabaron por abrirme a mí los ojos.
Tengo que agradecer todos los cambios “sufridos” en estos ya cuatro años sin consumir a mi mujer, a mi médico, mis terapeutas y a todos los amigos que en estos años han conformado las terapias a las que he asistido, los que han seguido en el camino y los que se han quedado en él. Y especialmente, aunque suene extraño, se lo agradezco a estos últimos, que me han mostrado lo que no se debe hacer en el camino. Ojalá algún día se den cuenta de que la solución está en ellos mismos, y que es posible convivir con esta enfermedad sin que nos afecte en nuestra vida diaria, todo lo contrario, aprovechándola para hacernos mejores personas.

Y por último, deciros que antes pensaba que un indicador de que el paso de uno por esta vida había dejado algún poso era el que la gente llorara por ti cuando te hubieras ido. Y no es ese el indicador importante, sino el contrario: cuánta gente ha vuelto a reír por ti cuando aún estás vivo. A mí me han devuelto la sonrisa y la risa la gente que he mencionado. Llevo cuatro años riendo, y no quiero parar de reír.
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cratera
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Re: Es posible volver a vivir sin alcohol (PARTE I)

Mensaje por cratera » 02 Mar 2015 17:11

Hola ante todo Gonzalo,felicitarte antes que nada por esos casi cinco años que llevas sin beber y por haber conseguido de nuevo ser feliz.

Decirte que con tu relato personal, en el cual al menos yo y creo que muchos de nosotros nos sentimos identificados, sino en todo si en gran medida nos ayudas ha entender que es esto del alcohlismo, o que es ser adicto a alguna otra sustancia ya que el consumo de alcohol a veces no viene solo.

Darte las garcias por haber plasmamado parte de tú vida, de tú vida adictiva, compartirla en este foro, ya que a mí me vale como enriquecimiento personal y como conocimiento para tratar de seguir luchando contra ese "bicho" al cual no hay que tenerle miedo pero sí mucho respeto.

Bueno Gonzalo garcias de nuevo por tu testimonio y un saludo.

Gonzalosevilla
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Re: Es posible volver a vivir sin alcohol (PARTE I)

Mensaje por Gonzalosevilla » 03 Mar 2015 09:03

Gracias, cratera. Con que tu hayas leído este texto (muy largo, lo reconozco, pero es que nuestra enfermedad es complicada) y te haya ayudado en algo, ya ha merecido la pena escribirlo.
Cada gota que no bebas, una lágrima que no llorarás.

cratera
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Re: Es posible volver a vivir sin alcohol (PARTE I)

Mensaje por cratera » 03 Mar 2015 12:38

De largo nada Gonzalo se me ha hecho muy corto.Un saludo.

kikin
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Re: Es posible volver a vivir sin alcohol (PARTE I)

Mensaje por kikin » 13 Mar 2015 09:18

Coincido con cratera (aprovecho para saludarte ), me parece increíble como lo expones y sobre todo la manera tan clara que tienes afrontarlo. Gracias por compartirlo por nosotros, personalmente estoy en los comienzos de esta lucha y leer vivencias como la tuya me ayudan a entender lo serio que realmente es esto y sobretodo como plantarle cara.

Gonzalosevilla
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Re: Es posible volver a vivir sin alcohol (PARTE I)

Mensaje por Gonzalosevilla » 17 Mar 2015 00:12

Muchas gracias a vosotros. Si no hay nadie al otro lado de la pantalla para leerlo, no tiene sentido escribirlo. Mucha suerte, y a vuestra disposición en esta lucha.
Cada gota que no bebas, una lágrima que no llorarás.

guilleberlin
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Re: Es posible volver a vivir sin alcohol (PARTE I)

Mensaje por guilleberlin » 06 Abr 2015 23:52

Estimado Gonzalo,

Muchas gracias por este comentario que salvo por el tema de la medicación (que yo lo cambiaría por MEDITACION que como Gonzalo habla de estar alerta, la meditación trata de eso, el desarrollo de la atención consciente y de la constante alerta, viviendo en el presente sin dejarnos engañar por la mente y sus trucos y con el objetivo de desinflar el ego para no seguir siendo esclavo de sus falsos designios) comparto cada una de las palabras que has escrito.

Gonzalo me ayudó durante mucho tiempo pero yo fracasé y ojo, no porque el me diera las consejos equivocados sino porque yo hice exactamente LO CONTRARIO a lo que el me sugería.

Es totalmente cierto que para progresar en esta enfermedad tenemos que asumir una derrota absoluta y total no solo respecto al alcohol (primer paso) sino también ante la incapacidad de gobernar nuestras vidas a todos los planos.

Los alcohólicos somos minusválidos emocionales y además, nuestra minusvalía es grave, muy grave y para recuperar la movilidad vamos a tener que pasar un proceso que muchas veces no va a ser nada agradable pero el fin es la autentica liberación y cada 24 horas de trabajo sumarán un granito más de arena para ese gran desierto de esperanza y bienestar que estamos por construir.

Muchas veces intenté dejar de beber (con un blog que creé, con psiquiatras, psicólogos etc.) pero todas fracasé y todo porque me autoengañaba, porque no reconocía que lo mio era una enfermedad, me negaba a aceptar que yo estaba enfermo y simplemente tenía la esperanza que tras unos meses de abstinencia todo se arreglara y pudiese volver a beber con control.....que mala noticia les voy a dar que NUNCA pude recuperar ese control sino que a las dos semanas de volver a probar la primera copa ya bebía tan compulsivamente como siempre y volvía a repetir una y otra vez los mismos errores de siempre.

Tras mi ultima recaída en la cual estuve cerca de 8 meses en activo, decidí hacer caso a los consejos que Gonzalo siempre me dio y accedí entrar en una comunidad terapeútica (en mi caso fue Alcohólicos Anónimos) y si les digo la verdad, en el mes y medio que llevo en la comunidad mi vida está cambiando.

Podría profundizar en esos cambios pero si quieren les dejo la dirección de mi blog y allí le pueden echar un vistazo para no sobrecargar el mensaje http://www.mividasinalcohol.com

Y respecto a Gonzalo, hacedle caso, no caigáis en el mismo error que yo caí porque os vais a ahorrar mucho sufrimiento.

Gonzalo habla desde el corazón, tiene una voluntad sincera de ayudar y yo desaproveche su ayuda debido a que no quise renegar de hacer lo que siempre quise a sabiendas de que tarde o temprano estuviese condenado al fracaso (que ojo, eso es producto de nuestra enfermedad).

Y para terminar, ese "bicho" que habla Gonzalo es el conocido ego y os invito a que le echéis un ojo a este vídeo que a mi me cambió la vida al respecto https://www.youtube.com/watch?v=mU49KFipJ8g y también os invito a que en vez de consumir medicación (salvo los casos muy graves que requieran ingreso hospitalario), pues os recomiendo que empecéis a echarle un ojo a las técnicas de meditación oriental que en mi caso concreto están suponiendo un revulsivo impresionante respecto al entendimiento del funcionamiento de la mente y los numerosos beneficios que tiene la misma en persona con desordenes compulsivos/obsesivos/negativos como nosotros-as.

Con esto me despido y tomense en serio esta enfermedad y piensen que cada recaída puede conllevar que nunca más podamos recuperarnos.

Esto no es ninguna broma y hay que decidir sinceramente si queremos ser hombres libres o eternos de una substancia que es astuta, traicionara y poderosa.

Un abrazo a todos-as

EISENMANN
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Re: Es posible volver a vivir sin alcohol (PARTE I)

Mensaje por EISENMANN » 20 Jul 2015 13:18

A
Última edición por EISENMANN el 28 Jul 2019 01:18, editado 1 vez en total.

Gonzalosevilla
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Re: Es posible volver a vivir sin alcohol (PARTE I)

Mensaje por Gonzalosevilla » 08 Oct 2015 19:10

Enhorabuena, Eisenmann. Yo casi cumplo ya mis cinco años de vivir sin beber, tras más de 30 teniendo que beber para vivir. La vida es maravillosa, con sus problemas, tristezas y alegrías. Y la persona también lo es. Pero tras tanto tiempo metidos en el pozo del alcohol u otras drogas, ni vemos lo maravilloso de la vida ni todo lo maravilloso que encerramos en nosotros mismos. Esta enfermedad es tan inteligente, que se nos presenta como la única solución para ver la vida o a nosotros mismos de otra manera. Aunque sabemos que dura poco, lo que dura una borrachera. Luego, la realidad se nos vuelve dura y nosotros nos volvemos feos a nosotros mismos. Es sólo cuando decidimos plantar cara a esta enfermedad, que comenzamos a percibir la vida y a nosotros sin distorsiones, con realismo.

Yo no soy el mismo que era antes de comenzar a beber, cuando era un chaval de apenas 15 años. Yo soy mejor ahora. Porque he luchado, y estoy ganando. Y a diario trato de ganar una batalla. Eso me hace mejor. Y durante estos cinco años, además de la forja que supone la lucha diaria, otra ventaja es que me conozco mucho mejor. Conozco mis debilidades y mis fortalezas como nunca antes las había conocido. Sé qué metas puedo lograr gracias a un esfuerzo constante y diario. Y antes, si la respuesta no era inmediata, no luchaba por nada. Yo no me puedo comparar con nadie, salvo conmigo en otra época. Y soy mucho mejor que el Gonzalo de, digamos, 1980... He llegado a tiempo de volver a vivir esto. Gracias.

Un abrazo, y a seguir en la lucha.
Cada gota que no bebas, una lágrima que no llorarás.

EISENMANN
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Re: Es posible volver a vivir sin alcohol (PARTE I)

Mensaje por EISENMANN » 16 Oct 2015 18:35

B
Última edición por EISENMANN el 28 Jul 2019 01:19, editado 1 vez en total.

Max
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Re: Es posible volver a vivir sin alcohol (PARTE I)

Mensaje por Max » 12 May 2016 23:01

Te leo entero por segunda vez, Gonzalo. Gracias por tu relato. Mejor explicado que muchas webs especializadas. Gracias, de verdad.


Yo llevo queriendo salir tiempo pero nunca he dado el paso. Quizás porque pensaba que mi problema no era el alcohol, sino las drogas porque cuando me pasaba bebiendo terminaba tomando drogas.
Siempre he querido tener un consumo responsable de alcohol, no renunciar a él. Me ha costado darme cuenta de que no es posible. Y que seguramente si no lo corto ahora irá a más.
Tengo mi propio hilo, si quieres pasarte te lo agradecería.

Enhorabuena por lo que lograste. Espero hacerlo igual de bien.

river78
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Re: Es posible volver a vivir sin alcohol (PARTE I)

Mensaje por river78 » 07 Feb 2017 15:26

Gracias Gonzalo tu explicación es tan iluminadora q me abrió la cabeza que entendi lo q me pasaba. Ya postee un poco mi historia, si quieres pasa y me das algún consejo. Espero este foro no se pare porque realmente ayuda. Saludos

Zico
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Re: Es posible volver a vivir sin alcohol (PARTE I)

Mensaje por Zico » 07 Jul 2017 22:43

Buenas, parece que estoy reflotando hilos hace tiempo hundidos por el foro, que se dejaron en el éter
del interné. He leído el brillante hilo y explicación sobre la adicción del compi Gonzalo y la verdad es que
lo aplaudo, nunca antes algo me había llegado tanto. Si lees esto, que lo dudo, escribe un libro sobre adicciones
porque tienes madera.

Hay una cosa que no acepto muy bien: el no haberme dado cuenta antes, o más bien, el haberme dado cuenta
y el haber mirado para otro lado. He hecho lo más cómodo, no querer solucionarlo. Se estaba muy bien
siendo un adicto. Evitando pensar en todas esas veces en las que he metido la pata hasta el mismísimo fondo.
Algún día, por fin, me sentiré orgulloso y continuaré alerta. Este foro es testigo, porque ha quedado escrito,
de que lo intenté, fracasé posteriormente y lo vuelvo a intentar.

Un saludo.

EISENMANN
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Registrado: 20 Jul 2015 02:34

Re: Es posible volver a vivir sin alcohol (PARTE I)

Mensaje por EISENMANN » 21 Jul 2017 03:02

C
Última edición por EISENMANN el 28 Jul 2019 01:19, editado 1 vez en total.

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