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Heroína y Transición: ¿narcóticos de Estado o síntoma de una sociedad rota?

La idea de que las fuerzas de seguridad ayudaron a propagar el 'caballo' en Euskadi, Cataluña y los barrios marginales por motivos políticos forma parte del imaginario colectivo. Los expertos no se ponen de acuerdo.

Esteban Ordóñez | Fuente original: http://ctxt.es | 22/01/2018 17:03:33 GMT

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Nota: artículo original publicado en ctxt.es

El día anterior a la Operación Primavera contra los grandes centros de la droga de Madrid, en 1987, un chaval acudió a un camello de Ciudad Lineal para comprar su dosis. En mitad del intercambio, éste le previno: “Mañana no vengas porque va a haber redada y no voy a estar”. La escena la relataron en su día las Madres contra la Droga. El traficante estaba avisado, el chivatazo de la actuación policial, según este colectivo, había saltado de mano en mano como una jeringuilla. El balance de la incursión  fue de mil personas identificadas, de las que 137 pasaron a disposición judicial y 11 fueron a prisión. Solo se incautó cerca de un kilo de heroína (además de otras sustancias: marihuana, hachís, cocaína, LSD). Ejemplos similares de operaciones descafeinadas, mezcla de espectáculo, corrupción y vínculos entre agentes de la ley y narcos se produjeron en todo el Estado, y han servido de base para quienes sospechan del protagonismo de las fuerzas de seguridad en la propagación de la heroína por las calles españolas en los años ochenta. Algunos como Justo Arriola, autor del libro A los pies del caballo. Narcotráfico, heroína y contrainsurgencia en Euskal Herria, hablan de un complot político: existía un plan pergeñado por las cloacas para desmovilizar a una juventud rebelde que vivía y se pronunciaba a contrapelo de la nueva idea de país que se estaba implantando. El autor percibe conexiones entre la heroína y la guerra sucia.

En las 500 páginas del libro, Arriola, de 51 años, trabajador del metal y activista desde su juventud, recoge testimonios, noticias e informes que, en su opinión, sustentan una tesis que circula por las calles desde hace décadas: “En el País Vasco siempre hemos oído de la implicación de la policía en el tráfico; no es que hubiera muchas investigaciones sobre el tema, pero era vox populi, te lo decían los propios consumidores”, cuenta.

Finales de los años 70, década de los 80 y principios de los 90. Heroinómanos, yonkis, toxicómanos, jaco, jeringuillas en los descampados, papelinas abrasadas, picos, sida, hepatitis, atracos, sobredosis… Son palabras que configuraban el ecosistema de una época (la droga se colocó entre las tres principales preocupaciones de los españoles junto al paro y el terrorismo): hoy suenan como referencias a un mundo extinto.

Desapareció esa imaginería, aquellas formas salvajes de consumo, lo cual no significa que se extirpara completamente el mal: el mayor alijo de heroína de la historia española, 331 kilos, se interceptó hace dos meses, en noviembre . Pero fue en esas décadas (70 y 80) cuando se hablaba de epidemia: la negritud de la adicción vagaba por las calles vestida de camiseta y huesos, personas renqueantes que movían al pánico y la lástima, barriadas enteras asoladas por la heroína...

A principios de los 90, el opiáceo llegó a ser la primera causa de muerte entre los jóvenes en las grandes ciudades: entre 1991 y 1992, hubo 1.530 muertes por sobredosis según el estudio Más de treinta años de drogas ilegales en España. Un reportaje de 1984  publicado en El País cartografió el fenómeno: las regiones con más proporción de adictos eran las gaditanas Algeciras, La Línea y San Roque, junto a suburbios y pueblos aledaños a San Sebastián.

Justo Arriola lo vivió en su propio pueblo, Elgoibar, una de las localidades más golpeadas por el sida que se contagiaban los adictos al compartir las agujas. “Hubo un bar famoso, el Lojantzi, que se convirtió en un supermercado. Era tan fácil para la gente… Yo estaba en el instituto, pero sabía perfectamente adónde tenía que ir y a quién comprar, y el cuartel que estaba al lado también lo sabía; estaba muy permitido, había interés en que se esparciera por el País Vasco”, expresa.

Arriola señala la contribución del Estado en la expansión de la sustancia en dos direcciones. Por un lado, permisividad: datos de principios de los 80 arrojaban que se detenía a un traficante de cada 150; el debate es en qué grado ocurría por carencia de recursos y de la agilidad necesarias, y en qué grado se trataba de una acción deliberada. Y, por otro lado, apunta a la implicación activa de los cuerpos policiales: “Había traficantes con licencia para traficar a cambio de dar información sobre el movimiento popular o sobre ETA. Luego había otros que pagaban grandes sumas de dinero a las fuerzas de seguridad, sobre todo, de Intxaurrondo (Guipuzkoa). Eso lo recogió el fiscal de la Audiencia Provincial de Donosti Luis Navajas en el famoso informe Navajas [1989]”.

Según este fiscal, agentes de la Guardia Civil de Intxaurrondo, entre ellos el coronel Enrique Rodríguez Galindo, recibían grandes sumas de dinero a cambio de coaligarse con clanes dedicados al tráfico de drogas y tabaco. Este informe fue ignorado por las instancias superiores y sus conclusiones no se investigaron . “Esas cantidades se utilizaban, según declaró Máximo Blanco, que fue jefe de la Policía Judicial de Intxaurrondo, para pagar la guerra sucia. En principio, ese dineral iba ahí, pero luego se desmadró y Galindo y su camarilla se empezaron a enriquecer”, argumenta Arriola. Cuando Blanco lanzó esta acusación ya estaba siendo investigado por pedir un crédito de dos millones de pesetas al traficante José Manuel Olarte.

El autor de A los pies del caballo recoge testimonios que colocan a agentes policiales y a Guardias Civiles como participantes directos en el tráfico. “La gente les compraba en Donosti, en Pamplona, en Durango, en Arrasate. En Deba, un chaval relata que estaba en la plaza del pueblo con unos amigos y se acercaron unos desconocidos y les dieron heroína gratis, semanas después vieron a uno de ellos en un pueblo cercano uniformado de Guardia Civil”.

Arriola ilustra cómo, a su entender, se abastecían estos peones con tricornio a través de las declaraciones que el traficante turco Vedat Çiçek envió por carta al periodista de Egin Pepe Rei. El turco contaba que la Guardia Civil lo escoltaba cada semana en el transporte de 15 kilos de heroína. Según la misiva, el agente de paisano le había confesado el motivo oculto tras aquel trasiego de fardos continuado: “Para castigar a la juventud vasca por su apoyo a ETA”.

El libro recoge un pasaje de las memorias del exlehendakari José Antonio Ardanza. Mientras era alcalde de la localidad de Arrasate, en 1981, encargó a la policía municipal investigar de dónde venían los narcóticos que circulaban por los bares del pueblo. Los municipales siguieron a varios coches que llevaban matrículas falsas y acabaron en las puertas de los cuarteles de Intxaurrondo y de La Salve (Bilbao). Para Arriola no hay dudas: son pruebas de que el Estado inundaba de drogas a la juventud movilizada y politizada para convertirla en una masa de adictos sin otra preocupación que conseguir otra dosis.

Estos hechos, estrictamente, sólo indican que un número considerable de agentes de la ley colaboraban con los narcos, se enriquecían e incluso traficaban y hacían lo posible para que la heroína se propagara a más velocidad. Esto demuestra corrupción policial, pero no necesariamente que existiera una intencionalidad estratégica o una guerra política.

— ¿Qué pruebas concretas ha encontrado que apoyen la idea del plan político?

— Documento oficial no hay —Arriola medita unos segundos—. En el tema GAL también se demostró que cierta gente tenía afán contrainsurgente, pero a la vez había ánimo de lucro: una de las motivaciones no anula a la otra. Dudo que haya un papel secreto que lo recoja.

Esta versión del uso de la heroína como herramienta de desarticulación de la disidencia también la ha apoyado Pepe Ribas, director de la revista Ajoblanco. Según su relato, el caballo se empleó para acabar con el movimiento libertario en Barcelona. En El País, en 1994, aseguró la existencia de una confabulación para asolar a los anarquistas y dejar Barcelona a punto para la “oligarquía de partidos y la falsa democracia que actualmente tenemos”. “A los libertarios ya no hay quien los resucite: los mató la policía infiltrándose en los ateneos repartiendo heroína”, concluía.

Investigadores escépticos

Para otros expertos, sin embargo, esta historia no es más que una reconstrucción mitológica de la voracidad incontrolable de la droga, bajo la cual operaban factores sociales y culturales; aunque admiten la corrupción y la participación de las fuerzas de seguridad, la explican como una vía de lucro ilícito, no como parte de una conspiración. El sociólogo Juan Carlos Usó publicó el artículo Nos matan con heroína (posteriormente ampliado y convertido en libro) en el que analizó y cuestionó la idea de la mano negra del poder. En él admitió que pudo haber agentes que distribuyeran narcóticos con fines contrarrevolucionarios, pero matizó que “no hay pruebas definitivas que indiquen que dichos casos formaran parte de un plan a gran escala”.

Usó citaba a investigadores como el filósofo y antiprohibicionista Martín Barriuso, que sí esboza una conexión entre la lucha contra ETA y la heroína, aunque con una interpretación menos totalizadora que la de Arriola: “Lo más probable es que se tratara de uno de los numerosos casos de corrupción policial que se produjeron en España durante aquellos años, con la ventaja añadida para los corruptos de que gozaban de la protección extra que les proporcionaban sus responsabilidades en la lucha armada contra ETA, que les ofrecía impunidad y acceso a fondos reservados”.

Usó planteaba otras explicaciones al azote del caballo. Una disposición poco combativa del Estado, que se centraba, en los años 60 y 70, en perseguir el LSD y la marihuana. La aparición de una oferta literaria, musical y cinematográfica (el símbolo de Lou Reed, las obras de William Burroughs, el cine quinqui…) que estimulaba el interés de los jóvenes rebeldes por una sustancia peligrosa, alternativa, exótica... El amarillismo mediático, que promocionó la curiosidad a través del alarmismo. Y la pasividad de las instituciones, que se habrían beneficiado en términos de discurso y legitimación por la sacudida de la toxicomanía: “[la droga]se configuraría como un tópico institucionalmente seguro sobre el cual unificar voluntades políticas”, escribió Usó, “favoreciendo la aceptación de una legislación más estricta, mayores gastos en fuerzas del orden y cuerpos de seguridad y más protección paternalista”. El investigador acepta, pese a negar el complot, que la heroína golpeó a los ciudadanos más desacordes al consenso que exigía la Transición.

Centrar el análisis en la existencia de una guerra sucia del Estado supone retratar sólo una parte de la historia: la de la oferta de la sustancia. Bajo este prisma, quienes levitaron en el caldo de la jeringuilla se perfilan como víctimas absolutas sin capacidad de acción. Pero existía, en ciertos sectores de la juventud, un estado de ánimo (una íntima promesa de revolución luego castrada, una quiebra del esquema moral de la generación anterior, un desasimiento explayado por el paro y la inseguridad…) que la heroína podía compensar (la heroína era esa madre instantánea de la que habló un poeta). Es decir, hay también una explicación sociológica a la demanda de la droga más dura.

El propio Justo Arriola lo describe: “El glamour de lo prohibido, hacer cosas que no hacía la sociedad... Era una manera de rebeldía equivocada, porque no se cambiaba nada. Muchos de los supervivientes cuentan que estaban activos e iban a manifestaciones, pero que cuando se toparon con la heroína, lo dejaron todo: habían encontrado una herramienta para estar tranquilos y la cosa era conseguir heroína, no había más”.

Ahora, la ONU advierte de una nueva oleada de consumo de heroína. Según el Informe Mundial sobre Drogas de 2016 , las muertes por sobredosis, de 2012 a 2015, han crecido un 119%. La evolución a la baja se ha detenido y en países como Francia, Alemania e Italia la tendencia se invierte y va en aumento.

Uno de los lugares donde se percibe este incremento es el barrio de San Roque, en Badalona, un área pobre, marginal. El esquema se repite. En los 70, 80 y 90, la heroína no asedió solo a los grupos movilizados y contestatarios; el fantasma intravenoso inundó los barrios periféricos y desfavorecidos. La mano negra no nacía en estos casos de la actividad planificada de las cloacas, sino del diseño estructural de esa sociedad “de los dos tercios”, en la que una mayoría de la población se sustenta gracias a perpetuar la pobreza y el abandono del otro tercio. Una arquitectura que la Transición no modificó, al grito de Tierno Galván: “Rockeros, el que no esté colocao, que se coloque. Y al loro”.

La Movida madrileña extendió un barniz místico, épico y artístico sobre el consumo de heroína. Músicos, escritores, artistas; personas que, como dijo el poeta Luis Antonio de Villena en el capítulo Vidas rotas de Ochéntame, “querían un mundo nuevo, que era en cierta medida el mundo de la contracultura, son personas que creen que el mundo está mal hecho, mal gobernado”. Morían miembros de familias conocidas. Sobredosis, sida con nombres propios, con apellidos de referencia. Como el poeta Eduardo Haro Ibars, hijo del periodista Eduardo Haro Tecglen, que también perdió a su otro hijo, Eugenio, por la misma causa. O dos hijos del escritor y psiquiatra Carlos Castilla del Pino. O Antonio Flores. O algunos a los que el cuerpo les aguantó algo más, pero siguieron aumentando la llaga, como Enrique Urquijo, líder de Los Secretos.  

La heroína dejó de encender alarmas cuando dejó de infiltrarse en los grupos capaces de producir discurso y su prevalencia se redujo a los sectores ya estigmatizados, y cuando, además, se introdujo el tratamiento con metadona y las formas de consumo variaron hacia unos métodos menos escandalosos y mortíferos pero que igualmente secuestraban la vida de quienes consumían.

El mal persistió en barriadas como las 3.000 viviendas de Sevilla o las 1.000 viviendas de Alicante, territorios concebidos para agrupar y segregar a los gitanos en el espacio, pero también en la mente de los ciudadanos. El caballo resistió más allí y el enfoque mediático se alteró: pasó de constituir una amenaza para todos, una peste indiscriminada e imprevisible, a ser un problema de marginados, una cuestión de higiene social, una molestia. La pobreza es la verdadera mano negra invisible. 

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