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Aplicación del Mindfulness en el contexto de las adicciones: un nuevo paradigma de intervención

Luisa Conejos (Psicóloga Clínica) | Noviembre 2016

La aventura que orientó hace unos años mi encuentro con el mindfulness o atención plena, recoge el testigo del trabajo previo desarrollado en la atención a las personas adictas a drogas y a los y las adolescentes en relación a ellas.  El hilo conductor que guía esta aventura pone el foco de la intervención en las personas y en el sentido que han dado en sus vidas a los usos y abusos de drogas, como eje a partir del cual orientar cada caso.  Como dijo en su día Jaume Funes, “las drogas supusieron la oportunidad de ocuparnos de la adolescencia”. Con el mindfulness hedado una vuelta de tuerca al sentido y a su redefinición, apuntando hacia un cambio de paradigma en la atención a las personas en el ámbito de las drogas.

Pero ¿Qué es mindfulness? De entrada, mindfulness no es una técnica, aunque se pueda entender así desde una conceptualización materialista del fenómeno.  Mindfulness o atención plena es un estado de la mente, “es presencia plena en el momento presente, sin juzgar, con aceptación de la experiencia tal y como es” (Jon Kabat-Zinn, 2003).  Pero claro, esto son palabras, conceptos, que vienen a sumarse a todo nuestro bagaje intelectual al que estamos acostumbrados.  Lo que supone una verdadera revolución es que para saber qué es realmente mindfulness has de poner en práctica esta capacidad base que tenemos todos y todas, pero que suele estar sepultada por capas y capas de despiste y condicionamientos diversos,  provocando que andemos por la vida en modo piloto automático. El conocimiento de mindfulness y su trasmisión/formación en occidente vinculan el objeto de conocimiento con la persona que conoce, el profesional u observador, tendiendo puentes entre el conocimiento fenomenológico, “subjetivo”, propio de las tradiciones orientales, y el conocimiento “objetivo”- científico tal y como lo entendemos en occidente.

Para encarnar este conocimiento experiencial tenemos a nuestro alcance prácticas que tienen  más de 2.500 años, provenientes de las tradiciones contemplativas, especialmente la budista, y de las que, a fínales de los años 70 en estados Unidos, se empezó a trabajar gracias al desarrollo de la neurociencia, permitiendo comprobar científicamente los beneficios que ya se conocían desde el conocimiento experiencial. Algunas de estas prácticas como la meditación, en sus diferentes variedades, u otras como el escáner corporal, la alimentación mindful, el caminar consciente o el yoga mindful, son generadoras, a través de la experiencia continuada  en el tiempo, de un modo de estar en el mundo que pasaría de la distracción y multitarea, a la atención a aquello que está sucediendo momento a momento.

Practicar mindfulness es potenciar la atención y la consciencia en nuestras vidas; Pasar del piloto automático que hace que mi presente esté proyectado en el futuro o deambulando por los recuerdos del pasado; Tener un vivido sentimiento de presencia en el aquí y ahora.  Poner consciencia en mi vida y romper con los patrones automáticos de respuesta no reflexiva, está en el centro del trabajo que se desarrolla con la práctica de mindfulness. Desde esta perspectiva, se puede intuir el mecanismo base por el cual opera el mindfulness en las personas adictas a drogas y, en general, en todas las que de una manera u otra estamos atrapadas por repeticiones, llamados estilos de funcionamiento, caracteres, maneras de ser, comportamientos relacionales, etc.  Realmente, como diría Javier García Campayo, cuando practicamos mindfulness nos damos cuenta de que la película de nuestra mente es un reestreno permanente.  Solo a través de darme cuenta puedo cortar con el impulso compulsivo que me lleva a reaccionar de una manera muy parecida delante de determinadas situaciones, a elegir parejas similares, a repetir los vínculos que mantenía con mis padres con  mis hijos en una cadena sin fin, etc.   

De la misma manera que el adicto a drogas exógenas no puede dejar de consumir sintiendo que le va la vida en ello, la sociedad actual, adicta al estrés, no puede dejar de controlar, de creer que llegará a alguna parte persiguiendo “quimeras”, como el ratoncito su queso girando y girando en una rueda.   Dar una respuesta eficaz al estrés y a las enfermedades relacionadas con él fue lo que llevó, a finales de los 70, a Jon Kabat-Zinn y Saki Santorelli a crear la primera clínica para la reducción del estrés y el primer protocolo clínico de aplicación de mindfulness, el MBSR, en el Centro médico de la Universidad de Massachusetts.  Desde entonces, ha habido un aumento exponencial de protocolos clínicos basados en mindfulness, entre ellos el desarrollado por Alan Marlatt de la Universidad de Washinton, sobre Prevención de recaídas basado en mindfulness o MBRP.   

Entonces, ¿qué puede aportar específicamente el mindfulness en el contexto de las adicciones? En una revisión de los últimos artículos científicos publicados y disponibles desde Pubmed, se puede señalar la evidencia científica respecto a su aplicación clínica en las adicciones y los beneficios si se práctica mindfulness de una forma continuada, incluso en programas clásicos de 8 semanas.

La eficacia en el tratamiento de las adicciones se basa en el cambio en uno de los elementos centrales: el deseo o craving. Los patrones de activación de la red neuronal por defecto DMN (Default Mode Network), red que está en la base de los procesos de rumiación y repetición en el procesamiento cognitivo,  son modificados con la atención plena. Los individuos pueden desarrollar nuevos hábitos, como el seguimiento de los procesos torpes de pensamiento y comportamientos automáticos, disociar el deseo del comportamiento y dejar de activar el bucle adictivo. Brewer JA, Elwafi HM, DavisJH, (2013).

Se ha comprobado el impacto directo de la práctica de mindfulness en las áreas prefrontales cerebrales incorporadas en el sistema de recompensa del cerebro, generando nuevas conexiones neuronales y estimulando los mecanismos endógenos del placer. Witkiewitz, Lustuk MK, Bowen  (2013).  

En general, las prácticas de atención plena y en concreto el MBRP ayudan a prevenir las recaídas mediante: El aumento de consciencia de sí mismo (Jang et al., 2010); Actuar con consciencia (Bowen et al., 2009); Reducción de la reactividad a las señales de drogas (Garland, Gaylor, Boettiger, y Howard, 2010); La reducción de los estados afectivos negativos (Witkiewitz y Bowen, 2010).

A. Marlatt, en el estudio evaluativo de su protocolo, señaló que conla práctica de mindfulness se incrementa el control atencional de los individuos. Se aumenta la percepción de los desencadenantes (pautas habituales y reacciones automáticas) y la capacidad de detenerse y de observar la experiencia en cada momento. El malestar, el miedo, el craving, se mantienen en observación y los mecanismos naturales de autorregulación del propio individuo son los que ejercen el control directo en la reducción de los síntomas, fomentándose el cambio en la relación con la experiencia interna (sentimientos, emociones, pensamientos), así como externa (claves del entorno).

Y en el contexto de la promoción de los hábitos saludables y la prevención de drogodependencias, ¿qué puede aportar la práctica de mindfulness? En este ámbito tenemos diferentes experiencias en Cataluña y en el Estado como Escuelas Despiertas, Escuelas conscientes, Programa Treva… Los beneficios que han apuntado autores como D. Siegel o E. Langer señalan un impacto en los siguientes campos: la atención y consciencia, el aprendizaje significativo, la creatividad, la gestión de los conflictos y de la incertidumbre, etc… generando relaciones más respetuosas en el grupo.

Pero la gran aportación del mindulness, a mi modo de entender, es que la práctica de la atención plena, los protocolos clínicos basados en ésta, no se pueden incorporar independientemente de la persona del profesional que los aplica. El estado de presencia y el nivel atencional del profesional es clave para la eficacia de la intervención. Coloca, pues, en primer lugar el propio entrenamiento del profesional en atención plena.  La evidencia de que tú no puedes transmitir lo que no eres, lo que no has actualizado en tu persona. Todos y todas estamos en proceso de cambio, pero mantener la visión de que el educador/a educa sobre la base de sus propios hábitos de salud, de que yo no puedo decirle a un adolescente que regule su relación con el alcohol si yo no sé cómo hacerlo en vi vida, o cuando estoy delante de una adicta queriéndola acompañar en su proceso de recuperación y yo, profesional, no puedo lidiar con las emociones que me encadenan, esta visión genera un sentido de coherencia.  Mindfulness, como diría F. Varela, es “ser en el mundo, presencia relacional o estar presente con otros”. Minfulness, pues, integra los conocimientos en la propia experiencia de los individuos, interactuando e influenciándose, haciendo de la relación terapéutica una aventura enactiva, siguiendo a Varela, única y generativa, que supone un cambio de paradigma en la relación profesional con el usuario, paciente, adolescente… y en la forma de entender el proceso de tratamiento.

Luisa Conejos

Psicóloga clínica por la Universidad de Barcelona. Máster en adicciones por la Universidad de Barcelona. Profesora del Postgrado Mindfulness y relación de ayuda de la Universidad de Lleida. Responsable de planificación y coordinadora de programas especializados, entre ellos el de promoción de la salud del departamento de Bienestar Social del Ayuntamiento de Lleida.

Practicante de mindful hatha yoga y de yoga tibetano desde 2003 y practicante de meditación (śamatha y vipaśyanā) y del vajrayana desde el año 2004, realizando retiros continuados de práctica desde entonces.

Nota: Este artículo se enmarca en la sección de Opiniones de lasDrogas.info, cuyo objetivo, como su nombre indica, es promover las opiniones o discursos y participación de los profesionales y personas afectadas o interesadas en el ámbito de las drogas. El colectivo editor de lasDrogas.info no se hace responsable ni del contenido ni de la forma de los artículos publicados en esta sección.