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De comas etílicos y otros despropósitos

Juan Carlos Melero (Psicólogo y Máster en Drogodependencias) | Noviembre 2016

Han pasado ya dos semanas desde que una cría de 12 años muriera en un municipio de la Comunidad de Madrid como consecuencia de un coma etílico. Tiempo suficiente para poder abordar el asunto con la serenidad que requiere, ya que tratar estos temas en caliente no suele ser buena idea. Lo primero que hay que decir es que, a pesar de lo tremendo que resulta, nos encontramos ante una experiencia altamente improbable. Una vivencia que, más allá del sobresalto inicial, debería llevarnos a analizar qué ha fallado para que llegue a ocurrir. ¿Qué lleva a una persona de 12 años a beber de manera tan desaforada? ¿Qué la anima a repetir la experiencia? ¿Compensar otras carencias exhibiendo en el grupo un perfil rompedor? ¿Mantener a raya fantasmas interiores que solo a través de la química psicoactiva se consiguen silenciar? ¿Apuntalar una autoestima frágil con el soporte imaginario del alcohol? ¿Buscar válvulas de escape para un malestar que no se acierta a gestionar? ¿Sustituir la falta de ilusiones por la borrachera convertida en un fin en sí misma? ¿Pura rutina?

Demasiadas preguntas que solo en cada caso concreto pueden intentar responderse. Pero eso nos adentraría en el territorio de la clínica, y yo voy a quedarme más cerca. En la hipótesis de un accidente fatal que con una mayor cultura preventiva y con una sociedad más responsable podría minimizarse. Porque tan importantes como los posibles factores personales, lo son las variables sociales, culturales, económicas, etc. que hacen posible una situación así. Una mayor cultura preventiva ayudaría a sobrellevar la bisoñez de las primeras experiencias, permitiendo mantener bajo control los principales riesgos. Una sociedad que se tomara en serio la protección de sus menores, haría cuanto estuviera en su mano para reducir a su mínima expresión desenlaces como el que nos ocupa.

Ahí va un ramillete de reflexiones sobre el particular:

  1. Para intervenir con eficacia ante este fenómeno convendría conocerlo mejor, tanto cuantitativa como cualitativamente. Esto nos permitiría acotar su prevalencia y, sobre todo, identificar posibles pautas de comportamiento subyacentes, haciendo así posible activar medidas preventivas y de reducción de riesgos que resulten eficaces. ¿Cúantos y cómo son los chicos y las chicas que llegan al coma? ¿Cómo son quienes repiten la experiencia? ¿Qué otros ámbitos de su vida se encuentran trastocados? Faltan datos y estudios a fondo de un asunto tan mediático como desconocido.
  2. Conviene revisar críticamente el papel del alcohol en nuestra sociedad. Porque, si bien estoy convencido de la necesidad de impulsar una política de drogas que no se entrometa en las decisiones libres y responsables de las personas adultas, también lo estoy de la necesidad de poner coto a las influencias sociales favorecedoras de la omnipresencia del alcohol. Sobre todo cuando hablamos de adolescentes. Publicidad, patrocinios deportivos, etc. Una adolescente no se emborracha porque haya publicidad de bebidas alcohólicas, pero la publicidad, junto con otras actuaciones, conforma el telón de fondo de una normalidad impostada que solo obedece a razones comerciales.
  3. Es preciso reconocer qué espacios y dinámicas de socialización fracasan para que una situación tan grave pueda darse, y explorar fórmulas para hacerla menos probable. En este sentido, recogemos las palabras del Delegado del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas cuando decía en enero de 2016 que, aunque en su legislatura no había dado tiempo a aprobar una ley sobre menores y alcohol, quien le sucediera se encontraría “un trabajo sólido, bien hecho, consensuado” a este respecto. Una ley que, por cierto, lleva 10 años en el dique seco, cuando el gobierno Zapatero tampoco encontró la ocasión para aprobarla. ¿Esta dilación habrá que interpretarla como un indicador de las presiones de la industria alcoholera?

Hay que tener el corazón de piedra para no apenarse ante una situación como la que da pie a esta entrada. Pero esa reacción emotiva solo será de utilidad si nos tomamos en serio la necesidad de desplegar políticas ambiciosas y coherentes en este campo. Si contamos con gobiernos que presenten proyectos de ley serios para regular la situación, parlamentos que los aprueben, sistemas judiciales que persigan la venta de alcohol a menores, escuelas que se tomen en serio la educación preventiva de las nuevas generaciones, familias que también se comprometan con la educación en esta materia… De otro modo, habrá que esperar al próximo episodio, rasgarse de nuevo las vestiduras, buscar culpables aquí y allá, y dejar poco a poco que el asunto se enfríe. Hace poco más de dos meses publiqué la entrada Menores, alcohol y doble moral. Seguimos dando vueltas a lo mismo.


Juan Carlos Melero

Psicólogo y Máster en Drogodependencias. He trabajado en instituciones públicas y organizaciones sociales del campo de la educación para la salud y la prevención de las adicciones. He coordinado equipos de prevención del abuso de drogas y de intervención asistencial en contextos penitenciarios. Soy autor o coautor de diversas publicaciones, artículos y recursos preventivos. He gestionado proyectos de cooperación internacional que me han llevado a recorrer buena parte de América Latina y Europa. Soy especialista en formación en habilidades psicosociales de profesionales de la salud, la educación y la acción social. Publico un blog en el que con frecuencia semanal escribo sobre salud, adicciones y acción social: https://juancarlosmelero.wordpress.com

Contacto: [email protected] - @jcmelero

Nota: Este artículo se enmarca en la sección de Opiniones de lasDrogas.info, cuyo objetivo, como su nombre indica, es promover las opiniones o discursos y participación de los profesionales y personas afectadas o interesadas en el ámbito de las drogas. El colectivo editor de lasDrogas.info no se hace responsable ni del contenido ni de la forma de los artículos publicados en esta sección.