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Compañeros de borracheras

José A. García del Castillo Rodríguez (Director del Instituto de Investigación de Drogodependencias (INID)) | Enero 2017

Estarán conmigo que la sustancia adictiva más poderosa a nivel mundial es el alcohol, la bebida de la concordia, de las celebraciones importantes, del regocijo y la diversión. Es la panacea de las drogas hecha verbo, la más protegida de la sociedad por la espiritualidad que conlleva su consumo en soledad o en compañía, quizás porque en sus albores fueron los monjes los que trabajaron en perfeccionar muchas de las bebidas espirituosas y cervezas, o porque sus efluvios generan un subidón interior que nos vuelve más místicos, hasta que se desata la catástrofe etílica y nos convertimos en peleles de lengua de trapo y pensamiento plano.

Las culturas del alcohol, entre la que tenemos una destacada posición, se obligan a sí mismas a seguir las tradiciones del bebercio sin falsos pudores ni mojigaterías. Práctica-mente todas las religiones, exceptuando a los islamistas y los budistas, prohíben algunos alimentos pero no el alcohol. Es más, la religión católica, con más de dos mil millones de seguidores en el mundo, continúa con la tradición litúrgica de beber vino en sus celebraciones. El alcohol está omnipresente en todos los actos sociales, presidiendo los banquetes, las cenas románticas, las comidas de trabajo y cualquier cosa que haya que festejar.

En nuestro país se ha sabido enaltecer sobradamente a los grandes bebedores. Han sido muchas décadas de asociaciones fáciles entre el buen bebedor y el macho ibérico, llegan-do a vincular la potencia del toro con el bebedor porque ambos aguantan hasta lo impensable. Se han estimulado los valores sociales en base al tipo de bebida consumida, para potenciar el consumo de bebidas blancas como el ron o la ginebra. Las costumbres en el uso del alcohol han llevado a promocionar las quinas para abrir el apetito, los aguardientes para mejorar los males del estómago y los licores para favorecer las digestiones pesa-das.

La gastronomía, tan en boga y ebullición en los últimos tiempos, ha sabido combinar el maridaje perfecto, acompañando al buen comer de los mejores caldos de bodega. El vino, una industria en alza, se ha destapado como uno de los grandes pilares de la economía española en los últimos veinte años, mejorando la calidad y ocupando uno de los lugares de privilegio en la mesa de los hogares. Se ha pasado del vino peleón de garrafa y cabezón, a un sofisticado crianza o reserva que templa los ánimos y los paladares de todo hijo de vecino que se los pueda permitir.

Ahora, cuando las tradiciones siguen pasando factura a la salud de los ciudadanos, seguimos manteniendo una línea permisiva en el consumo de alcohol de los más jóvenes, levantando la vigilancia cuando la fiesta está en su apogeo, ofreciendo sorbitos de cava, vino o cerveza a los niños para que tengan su rito de iniciación en familia. Se pierde la conciencia de que esta sustancia tan nuestra es un potencial veneno que no sabemos administrar con la templanza necesaria, sobre todo en aquellos que están madurando y siguen siendo objeto de protección y educación.

La tradición más añeja también dicta que los recuerdos más sublimes siguen asociados a esas noches de griterío y desenfreno, cuando el grupo de festeros noctámbulos ha pasado la frontera de lo responsable y bebe sin la moderación que tan flemáticamente sugieren los que venden alcohol. A pesar de que la memoria flaquea cuando te pasas bebiendo, nuestra irracionalidad nos traiciona y seguimos en la falsa creencia de que esos momentos vividos en compañía de la botella fueron los más dichosos de nuestra vida. De hecho los compañeros de borrachera son los que persisten en el tiempo, como si este se hubiera de-tenido, haciendo que evoquemos a su lado unos acontecimientos que, con toda probabilidad, ni siquiera sucedieron.


José A. García del Castillo Rodríguez

Doctor en Psicología, Especialista en Psicología Clínica y Catedrático de E.U. de Psicología Social de la Universidad Miguel Hernández de Elche.
En la actualidad pertenece al Departamento de Psicología de la Salud y es fundador y director del Instituto de Investigación de Drogodependencias (INID) de la Universidad Miguel Hernández.
Es director de la revista Health and Addiction/Salud y Drogas. Dirige el Grupo de Investigación consolidado “Análisis e intervención psicológica en la prevención de conductas de riesgo para la salud” (PREVENGO) de la Universidad Miguel Hernández.

Academia.edu: https://umh-es.academia.edu/JoseAntonioGarciadelCastillo

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