No falla: en este país, en cuanto una persona informa a otras de que no bebe alcohol, se desencadena una serie de comentarios y preguntas que parece atenerse siempre al mismo guion, impertinente y obsesivo. La escena suele desarrollarse junto a la barra de un bar, o en torno a la mesa de un restaurante, con el grupo entero contemplando al abstemio como si fuese una curiosidad antropológica, una rareza, un alien disparatado que de pronto se ha materializado allí, en mitad del corro de vinos y cañas. Y, luego, están las conclusiones que los aludidos no llegan a escuchar, que pueden oscilar desde el clásico «estará embarazada» (bueno, esa sí suele escucharse) hasta suponerles algún viejo problema con el alcohol, o algún progenitor borracho, o váyase a saber que oscura motivación para no someterse a la castiza costumbre de pimplar. Si no supusiese un contrasentido, estas desesperantes reacciones serían como para darse a la bebida.

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