Entre los efectos agudos atribuidos al consumo de cocaína, el más dramático es la psicosis cocaínica, un trastorno psiquiátrico que afecta a la mitad de los cocaínómanos, y se estima que entre un 65 y un 70 por ciento de consumidores crónicos padece paranoias transitorias, disforia, suspicacia e ideas y miedos delirantes en distintos grados.

A estos efectos psicológicos se añade la morbilidad asociada que aparece independientemente de la dosis y de la frecuencia de su consumo, explicó Elena Salgado, ministra de Sanidad y Consumo, la semana pasada en Madrid. La toxicidad cardiovascular se convierte en la primera causa de mortalidad.

Concretamente, «el riesgo de infarto agudo de miocardio al consumir una sola dosis de la droga es un 24 por ciento mayor», a lo que se suma un aumento de hasta un 20 por ciento del riesgo cerebrovascular, como accidentes y hemorragias cerebrales o arteriosclerosis prematura.

Las complicaciones neurológicas, afecciones torácicas y obstétricas como parto prematuro, aborto o desprendimiento de placenta se añaden a la lista de consecuencias.

Los pacientes dependientes de cocaína suelen consumir entre una y cuatro veces por semana, lo que para Luis Caballero, psiquiatra del Hospital Puerta de Hierro en Madrid, ya es, de por sí, algo susceptible de tratamiento, ya que condiciona por entero la motivación y el proyecto vital y eleva el consumo de otras sustancias que incrementan el efecto neurotóxico. Esto sucede en el caso del policonsumo de cocaína y alcohol, cuyo metabolito resultante, el cocaetileno, aumenta la toxicidad y permanece en el organismo dos o tres veces más tiempo que la cocaína.