Empezó a ayudar en 1962 y aún no ha parado. “De profesión, voluntaria”, se autodefine. Aunque Carmen ha sido también cocinera en Francia, responsable de una droguería y perfumería en Castellón, auxiliar de clínica… “Soy aprendiz de mucho y maestro de nada. Tengo cursos y diplomas para empapelar una habitación pero nada me ha llenado tanto como ayudar a la gente”.

Carmen Peris tiene 70 años y es voluntaria de Patim, una asociación fundada en 1985 que trabaja en la prevención, el asesoramiento, el tratamiento y la investigación de adicciones.

Su historia se remonta al conflictivo distrito 18 de París, en la margen derecha del Sena. Allí, donde nadie quería ni acercarse en los años 60, Carmen, con apenas 20 años, en tierra ajena, se volcó en ayudar a las familias más necesitadas. “Había mucho que hacer”, repite como latiguillo.

Durante años se ocupó de familias enteras, de personas mayores que no tenían nada. “Sobre todo ayudaba a una refugiada española, le compraba lo que necesitaba, le hacía el papeleo, le hacía recados, todo lo que podía…”, explica. Cuando salía de allí marchaba al hospital, pedía en la puerta un listado de todos los enfermos que no tenían visitas y se sentaba junto a ellos. “Que conste que no iba de Teresa de Calcuta, pasaba el rato con ellos y les agenciaba cosas, les daba conversación”, matiza.

Regresó a España, al Grao de Castellón. Fundó allí el Aula de Debate y se volcó en Patim mientras pudo. Su “especialidad”: las madres de los drogodependientes. “Me sentaba en un rincón con ellas o con sus hijos y les escuchaba. Enseguida te das cuenta del vacío tan grande que tienen“, cuenta. Carmen reconoce que tiene un “tic especial”, que hay temas que debes “saber tocar con afecto”. Ella lo convirtió en su mejor profesión. “Hacía de puente con los verdaderos profesionales”.

Patim le llevó también a la cárcel. De visita. Muchas visitas. “La primera vez que entré me impresionó. Jamás había pisado una cárcel y sólo me decía a mí misma: “No te desmorones que aquí hay mucho que hacer”“. Aprendió que “a veces no sabemos lo que tenemos en casa y que una palabra tuya puede ser mucho”. Con el tiempo los presos le rogaban “diez minutos de conversación”. “A veces me contaban cosas que no le decían ni a su abogado”, recuerda. “Me han eseñado mucho”.

Dice que aprendió mucho, que jamás pasó miedo. “Estoy más segura en la cárcel que fuera”, repetía a Ignacio, su marido. “Él sabía desde que me conoció que yo era así y que no iba a renunciar. Yo le decía: “Hoy no vendré a cenar que tengo reunión o que voy a no sé dónde” y él siempre lo respetó”.

Ahora van juntos a charlas. Carmen ha reducido su dedicación a la ONG porque la salud le obliga. Reconoce que ya “sólo” va un par de veces a la semana. El resto lo dedica a la lectura, a su huerta, a sus hijos y a animar a las nuevas generaciones. “Hay mil sitios en los que los jóvenes pueden dar su tiempo, hay mil sitios para aportar. Yo ya dejo paso”.