El fenómeno del botellón no es algo nuevo entre los jóvenes. Lo que sí es novedoso, y causa alarma entre los profesionales de la medicina, es que el alcoholismo de adolescentes esté pasando a ser casi un tema pediátrico. Los jóvenes vascos empiezan a beber, de media, a los 13,7 años, y un 50% confiesa haberse emborrachado en alguna ocasión. De hecho, el número medio de borracheras es de una cada 10 días. «Un panorama desolador», avisa Javier Aizpiri, neuropsiquiatra, con una dilatada experiencia profesional en el tratamiento de las drogodependencias, y cuyas últimas publicaciones versan sobre adolescentes, alcoholismo y drogas.

La mayor permisividad para consumir alcohol los fines de semana en este tipo de concentraciones masivas -como las que proliferan durante las fiestas en las playas vascas, como en Arrigunaga- está favoreciendo que aumenten de forma preocupante los casos de adicción en adolescentes con apenas entre los 12 y los 15 años. «Son adolescentes sin rumbo, además, financiados por sus padres», reconoce Aizpiri.

El Servicios de Urgencias hospitalarios de Osakidetza, La Asociación de Ayuda en Carretera (DYA) y Cruz Roja llevan tiempo observando esta tendencia entre los adolescentes y cada noche de fin de semana los voluntarios atienden, cada vez a un mayor número de chicos y chicas por intoxicación etílica; «casi siempre menores de edad», reconocen.

A los datos mencionados cabe añadir que el 65% de los escolares reconoce haber bebido alcohol en el último mes y casi el 28% se ha emborrachado en los últimos 30 días. «El consumo de alcohol por parte de los menores se ha convertido en un problema de salud pública de tal envergadura que o se ataja de raíz o se corre el riesgo de contar con unas generaciones futuras enfermas», sentencia Aizpiri, mientras insisten al señalar que «no podemos asistir con impotencia y extrañeza al espectáculo de ver cómo la sociedad asume las consecuencias de todo tipo que la mezcla explosiva de alcohol y adolescencia representa».

Fase de castástrofe

Aunque no cree que el botellón sea el único culpable de esta situación. «Las tiendas siguen vendiendo alcohol a los menores sin ningún tipo de problema y muchos padres-madres permiten a sus hijos que salgan los sábados a pesar de su corta edad».

Las consecuencias ya se están empezando a ver en las asociaciones de atención a alcohólicos. Si hasta no hace mucho tiempo el perfil más habitual era el de un hombre de mediana edad, actualmente casi la mitad tienen menos de 30 años y la mayoría aseguran haber empezado a beber durante la adolescencia. «Incluso hay algunos que aún no han cumplido los 18 años y ya dicen llevar al menos seis bebiendo de forma adictiva», apuntan.

Javier Aizpiri pone el dedo en la herida al subrayar que «si los adultos no perciben el riesgo, ¿entonces cómo lo van a asumir los menores?», se pregunta el neurosiquiatra, al tiempo que califica la situación actual del consumo de alcohol en menores en «fase de catástrofe».

Aunque los padres suelen justificar las borracheras de sus hijos argumentando que ellos también lo hicieron a su edad, el experto desmonta esta premisa al señalar que la actual forma de beber de los adolescentes es peligrosa y, además, están financiados por sus padres. «No se parece en nada a la forma de beber que ellos tenían».

El adolescente ha pasado a ser un objeto de la sociedad consumista en la que se desarrolla. Este aspecto, junto al hecho de que los padres y las madres son cada vez más permisivos y les dan dinero, sin pedirles casi explicaciones y sabiendo que en muchos casos es para consumir alcohol, es una auténtica «bomba de relojería», asegura con vehemencia Aizpiri.

Estableciendo límites

El neurosiquiatra considera que parte de la solución podría venir de una total implicación de la familia en su educación. De no ser así, avisa Aizpiri, tienen que ser conscientes de que sus hijos e hijas se están destruyendo con la bebida y lo harán con su total consentimiento. «Hay que establecer límites».

Porque las borracheras de fin de semana pueden salir caras. «Puede provocar en el cerebro daños similares a los sufridos por los bebedores crónicos en periodos más prolongados. Los efectos del alcoholismo de fin de semana en la corteza prefrontal pueden ser devastadores», explica Carmen Bilbao, sicóloga clínica. Esta parte del cerebro es la encargada, entre otras cosas, de la toma de decisiones, la planificación de actos futuros o la solución de los problemas que surgen.

Y es que según las últimas investigaciones, el patrón de consumo de alcohol que se está imponiendo entre los jóvenes provoca un deterioro neurocognitivo y neuroconductual similar, en muchos aspectos, al observado en bebedores crónicos», señalan.

«La corteza prefrontal es, además, la parte del cerebro que más tarda en madurar, de forma que en la adolescencia y en la juventud temprana todavía se está desarrollando», añade la neurosicóloga clínica.

Tampoco se puede olvidar que este tipo de consumo abusivo, que incluye el fenómeno del botellón, aumenta de forma considerable el riesgo de desarrollar alcoholismo durante la edad adulta. De hecho, «uno de los efectos menos conocidos y más peligrosos del consumo abusivo de alcohol en la adolescencia es que modifica el nivel de tolerancia, de forma que los jóvenes van a ser más resistentes al alcohol, pese al daño en el hígado, el sistema digestivo y el nervioso. Por el contrario, quien se siente mal a la segunda copa deja de beber».