Cuando éramos adolescentes, a finales de los 60, las drogas eran algo nuevo. Lo eran no solo para mi generación, sino también para nuestros padres y para el mundo de la cultura.

Los chavales de los barrios periféricos nos dábamos cuenta de que algo insólito estaba ocurriendo en Londres, porque incluso la banda de rock más popular del planeta, los Beatles (que al principo había cultivado una imagen respetable y decente, pero en los últimos años parecía estar rompiendo el molde con su indumentaria colorista y sus extravagantes cortes de pelo) empezaba a hablar de ellas en sus canciones. La música que hicieron en su maravilloso periodo de transición a la madurez estaba llena de referencias a viajes ácidos, a fumar o ingerir sustancias que te llevaban a un estado de libertad mental y pérdida de inhibiciones en el que las reglas convencionales dejaban de tener senido, en las que se hacía visible lo que en condiciones normales hubiese permanecido oculto.

Sus canciones hablaban de abrazar esa nueva forma de libertad, de irse de casa, y esa promesa de independencia personal y plenitud lo significaba todo para nosotros. El tedio y la violencia de nuestras escuelas parecía conducirnos sin remedio a un futuro de trabajos ingratos, hipotecas, paternidad y deudas que nos resultaba abrumador en su falta de horizontes. Aquel destino se nos antojaba una especie de muerte en vida. No nos excitaba y no nos sentíamos preparados para renunciar a nuestra energía vital y nuestras ilusiones.

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