«Un alcohólico bebe por todo y por nada. Yo me fui a tomar copas el día que el Deportivo ganó la Liga, pero también el que Djukic falló el penalti», cuenta Adriano, uno de los más de treinta usuarios que tiene el servicio 24 horas de Alcohólicos Anónimos de la ciudad. Se reconoce ahora como un enfermo que tiene problemas con su manera de beber. Cuando se toma una copa explica que ya no puede parar y tiene que seguir «chupando»; por eso, ahora, no prueba el alcohol, no está en su contra, «como un diabético no se opone a que abran las pastelerías», pero sabe que a él le produce intolerancia. 

«Nunca tuve una borrachera bonita», dice este joven que comenzó a tomarse sus primeras copas para ser capaz de hablarle a las chicas o para bailar en una discoteca pero que acabó por necesitar el alcohol para hacer cualquier cosa; desde ir al banco a pedir un adelanto de la nómina hasta para olvidar que su novia le había dejado precisamente por pasar demasiado tiempo del otro lado de la barra del bar. 

Dicen Adriano y Manuel que el alcoholismo es la enfermedad más democrática del mundo, que ataca por igual a jóvenes que a mayores, a ricos que a pobres y que, independientemente de las circunstancias, los que tienen problemas con su manera de beber tienen sólo tres salidas en la vida: la cárcel, el hospital psiquiátrico y la muerte. Los hay que han vivido las tres y ya no pueden contarlo; otros, y de eso trata el grupo de asistencia 24 horas, hablan con los que aún están a tiempo de evitar la muerte. 

Mañana, a las seis de la tarde, celebrarán el sexto aniversario del grupo, en el centro cívico de Os Mallos, un acto en el que ofrecerán información sobre qué hacen en el grupo, sobre cómo se ayudan de igual a igual contándose unas experiencias que no quieren volver a repetir. La entrada a este acto festivo e informativo es gratuita. 

Este grupo nació en el año 1935, cuando un neurocirujano y un corredor de bolsa se dieron cuenta de que hablando se les quitaba la ansiedad de beber, que eran capaces de ver en el otro los problemas que ellos sufrían y, así, convencerse que era mejor estar alejados de la botella; dejar de mentir y de perderlo todo, poco a poco, charlando, recordando las experiencias que, tantas veces, les habían hecho volver a beber y sentirse, irremediablemente, culpables por no saber parar. 

«Una vez estaba en el bar, bebiendo porque me había dejado mi novia, pero es que me había dejado por beber», rememora Adriano, que sabe que su experiencia puede valer para que otras muchas vidas se salven, para que nadie tenga que pasar por lo mismo que él, porque sabe que no lleva a nada bueno. Los grupos 24 horas se fueron gestando poco a poco por la necesidad de los alcohólicos de tener con quien hablar de igual a igual. Cuando uno se muda y tiene que dejar a sus compañeros de reunión instala en la ciudad a la que se va un centro para evitar la tentación de recaer. 

«Cada vez que alguien nos dice que no tiene tiempo para venir al grupo, siempre le decimos lo mismo, que le dedique tanto tiempo a Alcohólicos Anónimos como le dedicaba a la botella. Cuando estaban en el bar bebiendo no se acordaban de ir a buscar a los críos al colegio, pues ahora tiene que buscar tiempo», recomienda Adriano que, muchas veces, cuando ya no podía más, a las tantas de la madrugada, con un paquete de vino entre las manos, se preguntaba a dónde podría ir para tener la vida que el alcohol le había negado. La respuesta, dice, la encontró en una camiseta que tenía el teléfono del grupo 24 horas. 

Manuel lleva poco tiempo haciendo del número 10 de la calle Diego Delicado su salvavidas, y asegura que es el único método que, realmente, le ayuda a estar sobrio las 24 horas que realmente le importan, las que está viviendo en ese momento, porque no puede cambiar las pasadas, ni sabe dónde estará las siguientes. «Cuando nos llama alguien con un problema le aconsejamos que mire para atrás», dice Manuel e, inconscientemente, se recuerda a él, invitando a copas a cualquiera que quisiese escucharle, dejando que sus nóminas se agotasen en pocos días y mintiendo a los que más quería por ser incapaz de cambiar un destino unido al alcohol, como los bebés lo están a sus mamás por el cordón umbilical. 

Dicen que el 981 134 791 les cambió la vida, que les hizo conocerse y ponerle nombre a lo que todos llamaban vicio. «Una hora antes de ir al grupo estaba sentado en un banco con una botella de licor café en las manos para provocarme el olvido, para dejar de pensar en que lo había perdido todo», recuerda Adriano, que, para entonces, ya había dejado de beber marcas de renombre, ya había dejado atrás a su familia, a su hija, sus buenos trabajos y los hoteles, porque sólo buscaba el efecto narcotizante del alcohol, el de la laguna mental. Recuerda ahora, desde la distancia, aquellos días en los que le gritaba a sus familiares: «No me digáis nada, que ya me digo yo bastante», cada vez que le veían con una copa en la mano; una copa que nunca era la última y que le sabía a culpabilidad. «Yo pensé, si ellos pueden, por qué yo no», asegura Manuel, que, desde que no bebe se siente mucho mejor, ya no se pone violento y ahorra ayudando a los demás, diciéndoles que, cuando se pongan furiosos, salgan de casa y vayan al grupo y charlen con los que se han sentido alguna vez igual que ellos, con los que, sin saber muy bien por qué, se piden una copa tras otra aun cuando, como a Adriano, no les gusta el sabor del alcohol, pero que se ven obligados a hacer café por las noches para rellenar las botellas que sus padres creen llenas de licor y que tontean con su muerte y la de los demás cada vez que llegan sanos a casa tras haber pasado dos días sin dormir y con el regusto de la copa todavía en los labios.