Cuando Salvador se acercó por primera vez a Proyecto Hombre en Málaga era toxicómano. De eso hace siete años y ahora es el responsable del piso de acogida de la asociación, así que sabe muy bien qué es un síndrome de abstinencia: frío, dolores musculares, diarreas… imposibilidad de conciliar el sueño. «No poder dormir, eso es lo más desesperante, pero se pasa en tres o cuatro días. A lo sumo y en el caso de un heroinómano muy deteriorado, el «mono» puede durar 15 días. La dependencia física se pasa pronto, pero lo peor empieza entonces».

Para decir que no al consumo cuando ya no hay dependencia física hay que darse la vuelta como un calcetín; desnudarse ante los otros como persona; mostrarles todas las miserias; reconocer todas las limitaciones; someterse a un continuo y permanente juicio; asumir errores; recordar el pasado; reconocer el vacío; gritar en alto el miedo; aceptar que la frustración forma parte de la vida; decir una y otra vez al de al lado que le quieres y le necesitas y llorar, llorar mucho. Al menos así ocurre en el programa que desde hace 18 años desarrolla Proyecto Hombre en Málaga y que ha reintegrado a 900 toxicómanos.

«Mira, se me ponen los pelos de punta. No sabes cómo he llorado yo en esa casa (comunidad terapéutica de Algarrobo). A lo que antes reaccionaba con la violencia reaccionaba allí con el llanto. ¿Por qué? Por que te ponen las cosas muy claras, y porque me hicieron sentir a mí todo el daño que yo había hecho». Juan Gómez Heredia tiene 30 años y lleva 28 meses de programa, aunque reconoce que los 17 primeros estuvo, como él dice, «culebreando»: «Me decidí a entrar en el programa porque me quería quitar la condena que tenía, y porque una noche que llegué borracho a casa discutí con mi mujer y vi llorar a mi hijo».

Los tres «noes»

Como las 140 personas que en estos momentos se encuentran en Acogida -primera fase del programa-, Juan tuvo una primera entrevista con el responsable de Proyecto Hombre en Málaga, Juan José Soriano, que, como a todos, sólo le pidió que intentara llevar a cabo «los tres noes», una especie de contrato terapéutico elemental que exige no consumir, no estar solo y no hacer uso de la violencia verbal o física. El paso siguiente será entrar en uno de los grupos del primer nivel de la fase de Acogida, que se denomina orientación, y en el que empezarán a asumir progresivamente mayores responsabilidades. Con ellas, llegarán también «las culpas».

«Cada día tenemos una serie de obligaciones, como levantarnos a una hora determinada, hacer el cuarto, afeitarnos, recoger la mesa…». Jorge había pasado al segundo nivel de Acogida, denominado intermedio, pero su actitud ha motivado que el grupo decida que vuelva a retroceder. A través de lo que denominan «confronto» le han lanzado a la cara y sin tapujos todo tipo de recriminaciones, después de que él confesara sus culpas, es decir, todo lo que ha hecho y no debería hacer: Ha trapicheado con medicamentos; ha tenido la posibilidad de hacerse con dinero, de disponer de teléfono y de tabaco. Además, sus compañeros de grupo le reprochan que al hablar transmita «mucha calle»; que no tenga respeto al grupo y que sea incapaz de expresar lo que necesita. A Jorge le han llamado a la cara manipulador y egoísta, pero esto es así: a cada cosa, su nombre.

Él no oculta sus dudas sobre si continuará o no en el programa: «No me puedo sentir prisionero en mi propia casa», dice.

Durante los siete u ocho meses que dura la Acogida, el objetivo principal es reestructurar la vida, partiendo de la recuperación de la disciplina más básica: Orden en los horarios, higiene personal o tareas domésticas, que constituyen lo que los chicos conocen como «comunicado de empeños» y que es la relación de obligaciones para el día a día.

En Acogida aprenderán también que deberán comunicar todo aquello que sus compañeros no hagan de acuerdo a las normas; que deben olvidar tapar «culpas» de otros sin no quieren caer en el «contrato» y que deben romper con toda persona que se considere «negativa». Sabrán también que la honestidad es básica para conseguir el respeto a uno mismo y a los otros y por eso deberán decir lo que sienten sobre sí mismos y sobre la actitud de los demás. La familia, que asume el papel de acompañamiento, va a estar involucrada en el proceso desde el principio, y también deberá modificar su actitud para hacerse valer; deberá aprender a mantener el no y a posicionarse.

La vida en Algarrobo

Estos siete u ocho meses -difíciles de sobrellevar- no son nada, según dicen, con lo que van a vivir en la Comunidad terapéutica de Algarrobo, que constituye la segunda fase y que supone una convivencia continua, mañana, tarde y noche -sólo saldrán los fines de semana-; el sometimiento a una disciplina casi marcial; a una jerarquía férrea que hay que respetar y la heroicidad que supone ser juzgado permanentemente por los otros, que no obstante se van a convertir en la «familia». «Aquí -explica el director de Proyecto Hombre- te ponen delante tus comportamientos, y te miran a los ojos. Lo complicado es enfrentarte contigo mismo. Yo he visto verdaderos milagros. Toda persona tiene capacidad para rehacerse, por muy deteriorada que éste».

En la comunidad, el movimiento es continuo, al igual que las órdenes, dictadas o, mejor dicho, gritadas por los niveles más altos de la jerarquía, y respetadas casi con sumisión por el resto.