«Con 14 años me bebí mi primer cubata. A esa edad no echaba cuentas de que podía ser un problema. Me consideraba un bebedor social. A los 20 años tuve un accidente de tráfico por ir bebido y tampoco culpé al alcohol», cuenta Jorge, quien acude tres veces por semana a la terapia de Alcohólicos Anónimos del grupo Perpetuo Socorro para detener su enfermedad. «Un alcohólico no se recupera nunca, pero compartir nuestros testimonios nos da esperanza de salir adelante», confiesa.

Entre las cuatro paredes de la sede, ubicada en la avenida Nueva Cartagena, los asistentes se quitan la careta, se sinceran y se muestran como son para contar sus historias que, en algunos de los casos, son verdaderos dramas personales. «Mi nombre es Jorge, soy alcohólico y hoy no he bebido». Con estas once palabras se presenta cada noche el cartagenero, de 37 años (cuyos apellidos prefiere mantener en silencio) a la que es casi su «familia» desde hace casi dos años.

Eso sí, no llevan el nombre bordado a su ropa como si fueran alumnos de párvulos porque el anonimato es un dogma de la asociación. Así lo refleja en sus bases: «Da protección a todos los miembros para no ser identificados como alcohólicos, destaca la igualdad de todos los miembros y es esencial para crear ese ambiente de confianza y franqueza». Por esta razón, buscan el calor de quienes comparten la misma enfermedad, ya que entienden las pesadillas que vive un adicto a la bebida.

Este grupo ha sido el salvavidas de centenares de enfermos de la comarca de Cartagena en las últimas tres décadas. El Perpetuo Socorro cumple 28 años este mes de octubre y lo celebra con una jornada de convivencia en una casa de campo, en la que también participarán sus familiares y amigos. En primer lugar, los enfermos se reunirán como lo hacen entre semana, eso sí, sin la presencia de nadie más que ellos. Luego, disfrutarán de la fiesta acompañados de todos.

Sus intentos de pasar página y de llevar una vida normal parten de las reuniones periódicas que realizan en la entidad, segunda más antigua en la ciudad, cada lunes, miércoles y viernes del año, «incluso si es festivo», de 20 a 22 horas. Las terapias no exigen un número máximo de participantes, aunque sí un mínimo de dos. Actualmente acude una treintena de mujeres y hombres, de entre 30 y 60 años. El único requisito es el deseo de dejar la bebida, porque el alcoholismo es «una enfermedad ardua, progresiva y fatal», reconoce Jorge, quien se considera un hombre afortunado de poner su granito en ayudar a los demás.

A través de terapias de grupo, en las que el turno de palabra no supera los diez minutos para dar voz a todos los que quieren intervenir. La figura del moderador rota entre ellos en cada reunión, donde abordan el alcoholismo desde distintos ángulos: la tolerancia, la agresividad, el sexo, el trabajo o la familia, entre otros.

La metodología de Alcohólicos Anónimos, que nació en Estados Unidos en 1935, involucra ‘Doce Pasos’ para superar la adicción. El primero de estos mandamientos es, un clásico, reconocer la enfermedad. Otro, el cuarto, hacer un minucioso inventario moral de nosotros mismos para ver los defectos. Y quien alcanza el último escalón tiene el cometido de pasar el mensaje, como si se tratara de una ‘cadena de favores’: ayudar a los demás mediante acciones desinteresadas. La asociación está presente en 180 países y cuenta con 100.000 grupos locales; en España existen 550, cuatro de los cuales están en la ciudad portuaria.

El alcoholismo no entiende de clases sociales, nivel cultural ni sexo. Es decir, toda persona es vulnerable de caer en sus garras. Los enfermos en terapia se marcan 24 horas de plazo sin probar una copa, «porque cualquier alcohólico puede pasar un día sin probarla», confía Jorge, evitando las tentaciones. Así sucesivamente. Además, coinciden en que compartiendo vivencias es más fácil dominar la dependencia de la bebida. Y como «todos estamos a la misma distancia de la botella», afrontan el futuro, su nueva vida, con una mentalidad educada bajo los parámetros de una ‘ley seca’ particular.