«No sé cuándo empezó exactamente, pero tomaba con sus compañeros del liceo. Luego noté que no quería salir con nosotros y prefería quedarse solo en la casa. Pensé que eran cosas de la adolescencia. La rebeldía natural de esa edad. Después cambió mucho, se volvió muy intolerante, egoísta, se molestaba por todo, contestaba groseramente a su mamá y a mí. Hubo un par de episodios donde llegó tarde y no podía sostenerse por sí mismo, y no olía a alcohol. Empezamos a vivir un infierno. Su hermana menor tenía miedo, no podía llevar a sus amigos a estudiar porque de repente se encendía el ambiente con los gritos de él y los ataques de rabia. Hasta que me sacó un cuchillo y tuvimos que dejarlo mientras se tranquilizaba. A veces no dormíamos. No sabía qué hacer. Mi hijo mayor, con tanto cariño y consentimiento que lo criamos… duele verlo en ese estado».  

En ese momento, Pedro Rafael Velasco buscó ayuda. Primero no quiso reconocer por lo que pasaba su hijo, luego reaccionó por la fuerza de los hechos.  

La Cátedra Libre de Drogas del Instituto Pedagógico de Caracas (Cliad) asegura que en la Gran Caracas viene aumentando el consumo de estupefacientes entre los jóvenes y adolescentes, en una proporción relativa a 30%, en los últimos años.  

«A pesar de no existir estadísticas y mediciones oficiales o privadas confiables, podemos señalar por nuestro monitoreo presencial en 200 colegios y liceos, y en 21 universidades e instituciones de estudios superiores de la Gran Caracas, que las drogas penetraron el ambiente estudiantil», refiere con preocupación Hernan Matute, fundador de varios foros permanentes a nivel medio y universitario.  

Alto riesgo desde los 15 años

Los indicadores construidos por la Cliad dan cuenta de jóvenes, especialmente estudiantes, ubicados entre el séptimo año de la escuela básica y el fin de los estudios universitarios, que han sucumbido y consumen. «La demanda de atención en los centros de asistencia pública y privada, sobre todo a toxicólogos, terapistas, médicos, psicólogos, psiquiatras y orientadores familiares, referentes a la ingesta de estimulantes; así como las solicitudes de ingreso a instituciones de tratamiento y de rehabilitación (sin cupo y colapsadas), nos demuestran que se ha agravado el problema y en uno de los sectores más vulnerables de la población, como son nuestros jóvenes».  

Según últimas estadísticas publicadas en la web de la Oficina Nacional Antidrogas, en 2007 había 6.604 pacientes en los centros de rehabilitación públicos, privados y religiosos a escala nacional, en su mayoría con edades entre 15 y 29 años, y observándose el inquietante aumento de consumo en niños y adolescentes de 8 a 14 años.  

De acuerdo con Matute, los vendedores de estupefacientes en los colegios ya no son ajenos a la comunidad estudiantil, sino que son parte de los centros de estudio.  

Desesperanza aprendida

El coordinador del Cliad considera que se suman varios aspectos a las razones de la creciente adicción de los jóvenes. En primer lugar ­señala-, que los venezolanos se han habituado a escuchar del consumo de drogas como un hecho que ocurre de forma natural entre los adolescentes; en segundo término, la crisis en los hogares por la falta de comunicación, de seguimiento y dirección en los proyectos familiares y personales de los hijos, va creando escenarios propicios para ser ocupados por las mafias escolares.  

«Hay que declarar una emergencia preventiva de alto nivel, con programas sólidos, profesionalmente diseñados y con aplicación permanente que promueva una política de carácter integral invitando a participar a todos los sectores relacionados, recomienda Matute.  

El hijo del señor Velasco yace en una comunidad terapéutica. El joven ha mejorado ­dice-, pero hay que hacer seguimiento para evitar las recaídas.