La bebida conocida en las calles como “Lean” o “Purple Drank” (también “Sizzurp”, “Tsikuni”, aunque estos nombres no son tan habituales) consiste en la mezcla de un jarabe para la tos que contenga codeína con un refresco (no queremos dar marcas) y, ocasionalmente, con caramelos y/o gominolas para hacerla aún más dulce y llamativa por su color. El jarabe utilizado en origen contenía una mezcla de codeína y prometazina. “La prometazina es un antihistamínico que, de una parte, elimina los picores asociados al consumo de altas dosis del opiáceo, de otra parte favorece y acelera su asimilación y, por último, provoca somnolencia.”[1] Hoy, ante la dificultad de conseguir jarabes con los dos principios activos, hay quienes mezclan jarabes que contienen por separado ambas sustancias y quienes lo hacen sólo con los que contienen codeína.

El “lean”, la mezcla que comentamos. Incluso, hay quienes han vendido ropa alabando sus virtudes.

Hemos querido elaborar un breve escrito sobre el tema, dadas algunas publicaciones recientes, en concreto esta que podéis ver aquí. Desgranaremos algunos de sus contenidos para hacer algunas precisiones, porque, de nuevo, estamos ante un artículo deficiente, aunque no tanto en esta ocasión por la acción periodística, sino porque las opiniones de l@s expert@s consultad@s dejan mucho que desear. En ambos casos, no resultan extrañas sus apreciaciones. Veamos por qué:

“La bebida ‘purple drank’ o ‘lean’, «es algo que está ligado a subculturas del rap, como el trap», según cuenta Núria Calzada, coordinadora de Energy Control” (…) “Aun así, Calzada señala que la práctica de consumir mezclas como el ‘lean’ está «poco extendida» en España. Su uso se da principalmente en EEUU. «A Energy Control ha llegado alguna consulta puntual y se habla en algunos ámbitos muy concretos de forma ocasional” (…) «Parece que ahora algunas farmacias se lo piensan más a la hora de vender un jarabe con codeína, pero seguramente es más atribuible al ligero sensacionalismo mediático que envuelve el fenómeno que a un incremento de su consumo recreativo», opina.”

Yerra en este caso la coordinadora de Energy Control, seguramente por la falta de contacto con el ámbito educativo. Quienes hacemos numerosos talleres con el alumnado de los institutos podemos constatar que sus apreciaciones están muy desencaminadas.

En primer lugar, porque aunque es cierto que (más o menos) en sus orígenes sí estaba asociado a esta “subcultura”, actualmente su uso en absoluto se circunscribe sólo a ella sino que está muy generalizado. Y decimos más o menos porque, en realidad, “colocarse con jarabes para la tos es tan antiguo como los propios jarabes para la tos, y la querencia específica hacia estos productos por parte de los músicos se remonta a la época dorada del blues en los años 60 y no fue hasta los 90 cuando pasó a convertirse en una droga característica de la escena hip-hopera de Houston y más adelante del sur de Estados Unidos”.[2]

En segunda instancia, porque el número de consultas en la citada organización de Reducción de Riesgos no es un indicativo fiable de la prevalencia de consumo, dado que es una sustancia legal que no necesita de análisis químico y que además es consumida por gente particularmente joven (menores en muchos casos) que tienen aún poco contacto con este tipo de organizaciones en comparación con otros grupos.

En tercer lugar, y respecto al comentario sobre los “ámbitos muy concretos” de consumo y a que, en este caso, éste se magnifique por el “sensacionalismo mediático”, de nuevo el error es evidente: apenas hay un aula de 3ª de la ESO en adelante en la que no se conozca la sustancia, por uso propio o por el de otr@s compañer@s (al menos, en Aragón). El sensacionalismo en este caso, siempre presente en los medios cuando se habla de drogas, es mínimo en comparación con otros consumos, como atestigua por ejemplo el artículo que estamos comentando.

Otra cuestión (y en eso coincidimos con la intención de quien hacía estas declaraciones) es que no se deba caer en el alarmismo propio de la “Guerra Contra (algunas) Drogas”. Por un lado, como siempre, corresponde hacer un trabajo de información completa y sensata a l@s jóvenes, y por otro hacer análisis precisos de los motivos del consumo, que son muchos y complejos. Además de las razones que remiten a la prohibición de algunas drogas, a las dificultades (aunque no muchas) de acceso a otras legales, o a la extensión de modas alentadas por referentes juveniles, hay otros elementos que no se pueden obviar. De hecho, hay consumos que se podrían considerar como una práctica más cercana a una automedicación que a lo puramente recreativo, entendido lo segundo como mera búsqueda de placer y/o diversión. Muchas criaturas que recurren para colocarse al “lean”, de alguna manera están buscando calma, tranquilidad, reducir la aceleración en la que vivimos, atenuar los nervios y las presiones a las que están sometid@s, rebajar la ansiedad por la falta de horizontes deseables, o incluso para contrarrestar la “medicación” que se les receta a algun@s supuest@s “hiperactiv@s”; y resulta muy pobre analizar eso simplemente como evasión o como entretenimiento.[3]

Pero pasemos ahora a la parte, nada sensacionalista, insistimos, relativa a las declaraciones del Collegi de Farmacèutics de Barcelona (COFB). Éste, se dice, “no ha detectado «ningún repunte» en el consumo de la codeína. Fuentes del COFB señalan que el perfil del usuario identificado por la Xarxa de Farmàcies Sentinella haciendo mal uso de la codeína corresponde a una «franja de edad de entre los 25 y 35 años» y «a partir de los 45 años». (…) “El jefe de la Unitat de Conductes Addictives del Hospital Clínic de Barcelona, Antoni Gual, valora como «pocas» las 84 notificaciones de mal uso de codeína registradas por las farmacias centinela, por tanto no hay motivos para la alarma, como sí ocurre en otros países.” (…) «Es habitual que pacientes crónicos, con cuadros de dolor, se enganchen a la codeína, algo que les acaba provocando otro problema», dice Gual. El médico explica que las adicciones a los opioides se produce «básicamente» en gente adulta.”

Veamos. De nuevo es aplicable aquí la valoración sobre la extensión del consumo que hacíamos con anterioridad, y la franja de edad a la que se remite indica el nulo conocimiento del ámbito educativo de quien hace estas declaraciones. Por supuesto, es un error hablar de la prevalencia de consumo remitiendo exclusivamente a datos hospitalarios, que evidentemente no se pueden tomar con esa falta de rigor como una medida fiable de dicho uso.

Cierto es que el “lean” está menos extendido que en los EE. UU. (entre otras muchísimas razones, porque allí no es legal beber hasta los 21 años) pero no confundamos los términos, porque, de nuevo hay que repetirlo, consumo y adicción son dos conceptos diferentes, muy diferentes, que el prohibicionismo se empeña en mezclar; cuando le interesa, claro… Deberíamos distinguir correctamente entre consumo, consumo problemático, dependencia y adicción. Ni el consumo del que estamos hablando por parte de jóvenes es, salvo excepciones, “adictivo”, ni la mayoría de las adicciones a opioides se desarrollan por consumo de codeína, obviamente. De hecho, y como simple apunte “técnico” la codeína no es un opioide, sino un opiáceo; es decir: es uno de los derivados del opio, no un producto sintético que los emula.

Pero sigamos desgranando el artículo: “Según el doctor Gual, hay diferentes fármacos con opioides, y la codeína no es precisamente el «más peligroso. Los más peligrosos son la tramadol y el fentanilo. Este último es el responsable mayor de la campaña masiva de muertes en EEUU y Canadá», señala el médico. De hecho, advierte el doctor, el tramadol y especialmente el fentanilo (opioides sintéticos con efectos analgésicos, muy similares entre sí) están generando, en España, «más problemas» que la codeína, debido a que en los últimos años la industria farmacéutica ha hecho «mucha promoción» de ellos. «La epidemia de tramadol y fentanilo sí está llegando a España. Mucha gente con dolor crónico toma esta medicación de forma incorrecta y, si además hay alteraciones emocionales, se enganchan», dice Gual.” «El perfil de los pacientes enganchados a opioides es una persona de más de 50 años, la mayoría mujeres, que comienza a tomar codeína por prescripción médica, ya que este medicamento tiene un efecto psicoactivo. Normalmente las personas que se enganchan a él tienen problemas de dolor», dice el jefe de Conductes Addictives del Clínic.”

Nada que decir a esto último, salvo que estamos hablando de otros consumos, de otros patrones, de otros grupos de edad, de distintos motivos, etc., y que eso no se calibra bien atendiendo a los datos de personas con adicción a los opioides y/o a los opiáceos, sino con un contacto con la calle y sus jóvenes habitantes. Además, nos alegramos de leer su leve crítica a la excesiva promoción farmacéutica de opioides potentes, aunque luego el señor Gual pase a depositar la responsabilidad de su uso excesivo, no en el hecho que se receten demasiado, sino en que l@s pacientes los tomen de forma incorrecta.

«Así como en los 80 la epidemia de la heroína se dio en un ambiente social permisivo y afectó a gente joven, aquí estamos hablando de gente adulta, con una patología orgánica dolorosa y un mal estado anímico. Es un panorama muy diferente.” En cuanto a los jóvenes, que son quienes hacen un uso lúdico (aunque «anecdóctico» y «puntual») de la codeína, estos suelen llegar al Clínic con adicciones a otras sustancias. «En el hospital vemos gente joven con intoxicaciones por cannabis o alcohol, sobre todo», concluye Gual.”

Aquí sí que son muy necesarias algunas puntualizaciones, para concluir el repaso. En primer lugar, porque determinado consumo de heroína, por parte de determinados grupos en determinado contexto, contribuyó a agravar problemas sociales por motivos absolutamente diferentes a la “permisividad” de la que habla el facultativo. Esa lectura prohibicionista resulta complaciente, quizá tranquilizadora, pero está alejadísima de la realidad. Precisamente la Prohibición que, entre otras cosas, conlleva la adulteración, la ignorancia farmacológica y los precios disparatados; que promovió asimismo la negación letal de poder comprar jeringuillas limpias en farmacias y, con ello, la extensión del SIDA o de la hepatitis C y, además, reforzó la criminalización de la pobreza y de la exclusión, generó las condiciones que explican lo que sucedió en este país, y también en otros.

Obviamente, una droga no sólo es un cuerpo químico, sino que también es un cuerpo social, así que la diaceltilmorfina de hoy, sin haber cambiado sus hidrógenos de sitio, no se puede analizar igual que aquella que allá por 1898 lanzaba la compañía Bayer junto a la aspirina, su otro producto estrella. El polvo adulterado y con una pureza relativamente baja de las calles en los 80 (y en el siglo XXI), que además, habitualmente, se fuma en plata o se pincha en vena, no tiene nada que ver con el botecito de jarabe de primeros de siglo, que se bebía, claro, y que se parecía al que hoy contiene codeína. Tampoco tienen nada que ver los riesgos asociados al preparado farmacéutico de entonces, que también se consumía por la vía fumada e inyectada, con los que conlleva utilizar un producto callejero.

En segundo término, admiramos la ponderación con la que habla del “mal uso” de la sustancia en lugar de criminalizarla (la codeína en este caso), solo que es una pena que adopte esta posición para un producto legal farmacéutico y no para todas las drogas. Qué casualidad que, además de por desconocimiento, hable de consumo recreativo «anecdóctico» y «puntual» de codeína, pero aproveche para regalarnos, además de esa “curiosa” valoración sobre el problema de la heroína, la mención a las intoxicaciones por cannabis y por alcohol, drogas no farmacéuticas (todavía); fuera de la ley, además, en el primer caso. Da igual, por lo visto, que no se conozca un solo caso de muerte en un sujeto sano en 4.800 años de uso cannábico documentado; la mención a los problemas del cannabis y no un análisis ponderado de perjuicios y beneficios potenciales es a lo que nos tienen lamentablemente acostumbrad@s. Da igual también, que el consumo recreativo de “lean” se dé frecuentemente en conjunción con alcohol y con cannabis, pero que haya que reservar los términos “anecdótico” y “puntual” sólo para el producto respetable.

El consumo de ambas sustancias, alcohol y cannabis, está muchísimo más extendido que el de codeína, claro, y evidentemente es necesario hablar sobre sus riesgos y sobre las estrategias de reducción de los mismos, así como también sobre otros aspectos educativos a los que nos hemos referido en muchos otros escritos. Tan necesario como poner de relieve la cantidad de medias verdades y de distorsiones de la realidad que puede contener un aserto cuando se hace desde el marco interpretativo creado por la “Guerra Contra (algunas) Drogas”.

[1] Así nos lo aclara Eduardo Hidalgo en este artículo (https://canamo.net/otras-drogas/la-tercera-fase/tsikuni)

[2] Ibidem

[3] Acerca del sobrediagnóstico del famoso TDAH o, peor aún, del llamado Trastorno Negativista Desafiante y otros crímenes éticos y educativos en forma de etiquetas psiquiátricas hemos realizado algún apunte en otras ocasiones y publicaremos un escrito más elaborado en próximas fechas, pero esto sí que desborda con creces la pretensión del texto presente.