Riesgo. Dícese de la exposición a una determinada situación en donde existe la amenaza de sufrir un daño o de estar en peligro.

Nadie podría discutir que manipular un encendedor en una zona de carga y descarga de combustible presupone un riesgo cierto, tanto como lo es cruzar un paso ferroviario con las barreras bajas, ingerir sal en exceso, quedarse en la playa con una tormenta eléctrica en ciernes o conducir una motocicleta sin casco. Ignorar, relativizar o negar la potencialidad de la afectación negativa de estas y otras situaciones sería de una supina necedad.

Sin embargo, en el campo del consumo de drogas, existe una suerte de divergencia, una zona gris de difícil comprensión en la que confluyen y colisionan la evidencia científica, la ideología y los intereses del mercado. Cuando esto sucede, cuando lo obvio comienza ya a no ser tan obvio, todo pasa a ser objeto de controversia. Todo. Hasta la indiscutida certeza del riesgo que conlleva el uso de cualquier sustancia psicoactiva.

¿Y por qué es tan importante la percepción de riesgo cuando hablamos de drogas?

El consumo de sustancias psicoactivas es un fenómeno social atravesado por aspectos políticos, económicos, culturales e individuales. Para comprender su naturaleza es necesario profundizar en los determinantes sociales que intervienen en las conductas de los individuos, y en las representaciones individuales que devienen del imaginario social predominante. Una de ellas, quizás la más importante, es la percepción de riesgo. Esta variable está determinada por el conocimiento (o desconocimiento) de los daños y las consecuencias del uso y abuso de drogas. En sus extremos se configura como un factor de protección (gran riesgo) o un factor de riesgo y vulnerabilidad (ningún riesgo y riesgo leve).

Entonces, a menor percepción de riesgo mayor es la probabilidad de consumir y/o abusar de una sustancia. A la inversa, percibir el daño es una barrera subjetiva al consumo. Dicho de esta forma lineal, si todas las intervenciones preventivas con foco en los niños, niñas y adolescentes lograran elevar la noción de daño, es esperable que, como mínimo, se retarde la edad de iniciación en el uso de drogas por parte de esta población y disminuya significativamente el uso de sustancias.

Pero esta loable y voluntariosa hipótesis de trabajo choca contra tres obstáculos entrelazados: la sociedad de consumo en la que se dan estas prácticas, el ecosistema informativo de posverdades y la creciente naturalización del riesgo.

El circo del consumo

Es imposible hablar de usos y abuso de sustancias si no se comprende la raíz que este concepto tiene en el marco de una sociedad de consumo en general, de los hábitos que fomenta, de los valores que se priorizan, de las nuevas formas de establecer vínculos que propone, de los modos de sentir, pensar y vivir. Una sociedad unidimensional que únicamente puede perpetuarse inventando necesidades artificiales constantemente, prometiendo éxito, felicidad y bienestar inmediato a través los productos y servicios que promociona mediante su maquinaria publicitaria, y haciendo de todos los sujetos un agente de consumo. Porque la única manera establecida para poder pertenecer es consumir, es usar, es experimentar.

En este complejo entramado de relacionamientos de una cotidianeidad cada vez más mercantilizada, con una lógica particular que regula el conjunto de prácticas tales como alimentar, educar, criar, entretener y gozar, la apelación a sustancias como el alcohol o un fármaco, que prometen alivio, disfrute, evasión y bienestar inmediato, configura la construcción de la identidad y de la subjetividad desde edades muy tempranas. El horario de protección al menor es una frontera que la publicidad televisiva de las drogas legales hace años que no respeta.

Sirva este breve marco para comprender a la niñez y a la adolescencia en toda su complejidad. Desde el bombardeo incesante de mensajes consumistas, desde los sentimientos de pertenencia que estos construyen, desde el actor de moda que consume tal o cual cerveza, es factible inferir una suerte de formateo invisible en el cual el riesgo queda sepultado detrás de una catarata de atrayentes promesas. Si los peces no se cuestionan por qué pueden respirar bajo el agua, ¿cómo podrían reprochar esta envolvente sociedad de consumo en la que beber alcohol es sinónimo de amistad, diversión y pertenencia?

Miente, miente, miente

“Me quieren vender la noche por luz, la calma por la tempestad.

Y yo quiero saber dónde diablos está la verdad…” (Nito Mestre)

En estos tiempos posmodernos y mediados, lo que entendemos por real no consiste en algo ontológicamente sólido y unívoco, sino, por el contrario, en una construcción de conciencia que define lo que podría entenderse por algo “cierto” o “verdadero” en un momento determinado para un grupo determinado.

La temática de las drogas y las adicciones claramente puede encasillarse en este conjunto de hipótesis sobre un hecho socio-sanitario específico, que es líquido y fluido y que tiene su particular historicidad. Por eso, reflexionar sobre esta definición como un constructo, como discurso social, nos lleva a pensar cómo y en qué condiciones se produce el sentido que se le da a un concepto, qué actor se apropia de la potestad de moldearlo y con qué intencionalidades lo hace.

El problema es cuando los hechos objetivos y fácticos tienen menos peso en influir en la opinión pública que los que apelan a la emoción, a los sentimientos y a las creencias personales, cuando el histórico cuarto poder perdió su privilegio ante el avance de las “infoxicantes” redes sociales, y cuando la tan pretendida deontología profesional periodística no es más que una proclama hueca, una mera fachada que desprecia o ignora a la verdad.

El problema, en síntesis, es que podríamos suponer que si la posmodernidad es una pretensión superadora de la modernidad, la posverdad no es otra cosa que un negacionismo explícito por la búsqueda de esa verdad, establecida por intereses creados y emancipada de la falacia madre y de los hechos que le dieron origen.

Sobran ejemplos en materia de drogas y posverdades. El troyano más eficaz, sin lugar a dudas, ha sido la instalación en la opinión pública de las propiedades panaceicas de la marihuana y la relativización de los posibles daños derivados de su consumo.

La inevitabilidad del consumo

La evidencia estadística nos indica que al crecer la tolerancia social frente al uso de drogas disminuye la percepción de riesgo y, en simultáneo, aumentan las prevalencias de uso. Con el correr del tiempo, el riesgo termina naturalizándose.

El concepto de naturalización es interpretado, desde una perspectiva crítica, por el sociólogo Josep Vicent Marqués. Para él, existe un sentido común preponderante que normaliza una construcción social, que lleva a los individuos a considerar ciertas acciones y creencias sociales como naturales y las incorpora en su cotidianeidad de forma tan profunda que ni siquiera las cuestiona.

Ejemplificando, si asumimos como natural que los niños, niñas y adolescentes se inicien en el consumo de bebidas alcohólicas a edades cada vez más tempranas, o que la ingesta de alcohol o el uso de marihuana en esta etapa madurativa no reviste problema alguno, estamos incorporando el riesgo en nuestra vida cotidiana.

El gran peligro es que cuando le asignamos la categoría de “natural” a hechos sociales como el uso de drogas, los convertimos en hechos necesarios, inmodificables y definitivos. Dejamos de reflexionar acerca de ellos, renunciamos a problematizarlos, capitulamos, nos rendimos. Los aprendizajes luego terminan sedimentando en prácticas y conductas habituales. Y ya no haremos nada para cambiarlos, porque sería contra-cultural y quijotesco intentar hacerlo.

Creo que en tiempos de consumo masificado, posverdades y riesgos desplazados, nuestro principal desafío es desnaturalizar lo naturalizado, deconstruir y reconstruir nuevos saberes, hacer tangible lo invisible, devolver el sentido a las cosas. De eso se trata la prevención.