Los divertimentos han sido a lo largo de los tiempos fruto de múltiples y variados avances, siempre de acuerdo con las modas imperantes en cada época, fusionándose con la condición básica de sacarle el máximo partido al tiempo de ocio, como medida de resarcimiento a la ocupación laboral, que nos arrebata demasiado de la vida activa.

En la Edad Antigua, las diversiones giraban en torno a los espectáculos de masas, con los gladiadores, el teatro y las carreras en el circo. Por supuesto hay que sumarle las archifamosas bacanales en honor del Dios Baco que acababan en auténticas orgías para los sentidos. La Edad Media representó el auge de los torneos, donde los caballeros se batían a caballo persiguiendo fama, dinero y conquistas femeninas. En las calles se encontraban las comparsas, los juglares y las noches vestidas de carnaval.

El paso de los años ha hecho evolucionar las tradiciones en las formas, pero lo simbólico sigue representando el verdadero espíritu de la diversión de los pueblos. Continúa siendo imprescindible una comilona de cuando en cuando, un baile desenfrenado para aliviar el malestar y unas copas que sirvan de elixir para mejorar el ánimo.

La influencia cultural promociona estilos de vida atávicos que únicamente se desvía en pequeños detalles. Puede aumentar ostensiblemente el consumo de cerveza frente al de vino o el de licor de antaño, pero se mantiene el hecho de beber en compañía, en fiestas, en reuniones sociales, ante un buen plato de comida o al celebrar ese acontecimiento dichoso que ha conseguido endulzar el día, la semana o el mes.

Cambian matices, como beber para buscar un rato de diversión a través de los síntomas de lo bebido, ingiriendo el alcohol de sopetón, sin saborear sus encantos, sin mediar palabra entre copa y copa.

Las necesidades de los jóvenes aumentan con los falsos traumas, intentando camuflarlos con alcohol. La timidez de quien se siente incapaz de afrontar una conversación con los suyos sin estar dentro del círculo etílico.

La desazón de que si no se bebe en abundancia no se conseguirá alcanzar el desparpajo suficiente como para encandilar a la pareja deseada. La engañifa de que sin beber no se aguantará toda la noche en pie. El dislate de que el alcohol conseguirá embrujar las emociones para sentirse felices por un rato. Son cambios sutiles, pero en el fondo es lo mismo que les ocurría a los abuelos, bisabuelos y antepasados, que se dejaban llevar por el alcohol para intentar aliviar desdichas.

El vertiginoso avance tecnológico ha conseguido que se unan las fuerzas en la distancia para acortar los espacios físicos en una quedada masiva donde enjuagar desencantos y ventilar emociones colectivas. Ahora es sumamente sencillo comunicarse, pasar soflamas, inventar excusas de acercamiento y celebrarlo en grandes grupos, para bien de los participantes y mal de los expectantes.

Romper la norma es más atractivo y mucho más si esta ruptura está acompañada de la incertidumbre del resultado final. Se podría convocar una concentración para llevar a cabo una acción altruista, como ayudar a grupos necesitados a sobrellevar amarguras o solventar problemas de infraestructuras de cientos de personas que no tienen donde cobijarse en los duros días de invierno, pero las movidas sociales se ciñen al disfrute del ocio en grado superlativo, independientemente del coste personal o social que pueda conllevar.

Las bacanales se prohibieron en la Roma antigua por lo que suponían de peligro social. Unos cuantos siglos después lo emulamos en la España moderna y está prohibido beber en la calle como medida coercitiva a esas concentraciones peligrosas de bebedores sin control que pueden acabar en reyertas, destrozos, algarabías y suciedades.

Aunque sabemos que lo que posibilita un cambio de actitud no es la prohibición a ultranza, sino que la sensibilidad de las mayorías entre en un cauce razonable y razonado donde lo que medie sea la educación y lo que se persiga sea el mantenimiento de la salud de todos.

A pesar de ello, en estos meses de prohibiciones por prescripción facultativa, hemos aprendido, más que nunca, el valor de las relaciones interpersonales puras, sin fisuras ni alcoholes que las potencien, por el mero hecho de tenerlas vetadas.

Los botellones que han sido parte activa de muchos movimientos juveniles de diversión y esparcimiento en la normalidad, han pasado a un plano de auténtica añoranza. Somos mediocres hasta para divertirnos. Si se cierra el grifo del alcohol parece que se acaba el mundo y somos incapaces de trasladar los momentos de ocio a otras actividades más interesantes, formativas o lúdicas sin tener que poner en peligro nuestra salud.

La incógnita ahora es saber qué pasará con los botellones cuando termine la pesadilla de este virus infame. Estamos teniendo tiempo suficiente para readaptarnos a otras formas de diversión, la cuestión es si las nuevas formas, en el caso de que existan, son suficientes para apagar la sed de alcohol de una parte importante de nuestros jóvenes.