En el artículo «El proceso de categorización de las personas consumidoras de drogas. Análisis de los factores centrales para ordenar a quienes emplean cannabis», presentamos la importancia de categorizar a los consumidores de drogas a partir de múltiples aspectos. Creemos oportuno superar la taxonomía clásica basada en la frecuencia y la intensidad cuya única utilidad es saber cómo de cerca está el consumidor de la adicción. El objetivo del presente texto es proponer categorías más versátiles y con mayor capacidad explicativa. Una categorización que tenga en cuenta más factores nos permitirá conocer con mayor exhaustividad a las personas consumidoras de cannabis. En consecuencia, podremos aplicar programas de prevención más efectivos y eficaces. Las seis categorías que presentamos a continuación son producto del análisis cualitativo de los grupos de discusión y las entrevistas realizadas en el marco de la investigación «Naturaleza y extensión del consumo de cannabis en España» [1]. Para construirlas hemos tomado los factores cotejados en el citado artículo.

Adolescente identitaria

La posición identitaria adolescente se compone de adolescentes para los cuales el cannabis ocupa un espacio central en su vida cotidiana. La sustancia les reporta rasgos identitarios, sus consumos funcionan como ritual de paso y les ofrece ciertos niveles de bienestar. La mayor parte de su tiempo libre discurre bajo los efectos del cannabis. Durante el ocio nocturno también hacen botellón. Algunos pueden experimentar con otras drogas, especialmente estimulantes. En los tiempos formales el cannabis también adquiere notoria importancia. Algunos fuman por la mañana antes de entrar al instituto o durante el recreo. Durante el resto del día, siempre que la disponibilidad lo permita, fuman cuando tienen la más mínima oportunidad. En consecuencia los consumos son diarios e intensivos, más de cinco porros al día, siendo habitual alcanzar la decena. Durante las celebraciones del calendario anual pueden fumar cantidades aún superiores.

La gran mayoría compatibiliza cualquier tarea cotidiana con los efectos del psicoactivo. Desempeñar el quehacer, con mayor o menor soltura, depende de la dosis administrada y de la exigencia de la labor. La mayoría reconoce que fumar porros, a menos que la dosis sea ingente, es compatible con todas las faenas, incluso las tareas académicas. Otros apuntan que el cannabis y prestar atención en clase es un oxímoron, aunque conocer esta realidad no es impedimento para asistir colocado al instituto, con el consecuente escaso rendimiento escolar. La mayor parte consume diariamente, si no lo hace se debe más a la escasez de la sustancia que a una decisión voluntaria. La precariedad económica es el principal factor limitante. Algunos fumarían más intensamente si el dinero se lo permitiese, pero depender económicamente de sus progenitores se lo impide. No poder consumir tanto como les gustaría les obliga a racionarse. La invitación entre iguales permite fumar en los momentos en que el dinero lo impide.

El grupo de amigos/as y el contexto son fundamentales para dar cuenta de esta posición. El grupo ofrece cobertura a los consumos: los posibilita y los potencia. Aunque pueden fumar en solitario, prefieren el calor y la compañía de los compañeros/as. En el caso de los chicos, consumen mientras se ríen de memeces y se atosigan mutuamente con burlas socarronas y empujones amistosos. Las chicas prefieren hablar con tranquilidad mientras desconectan de sus obligaciones. Después de fumar comen intensamente porque les induce una hambre pantagruélica. Podría parecer una anécdota, pero nos sorprende que estos adolescentes destaquen continuamente el apetito que les provoca los porros, en cambio, entre los adultos son anecdóticas las referencias a este efecto.

En relación al grupo, los profesionales señalan la presión grupal como mecanismo para potenciar los consumos. Los situados en esta posición no acostumbran a recibir ninguna presión del grupo, es más, son ellos quienes fuerzan -aunque sutilmente porque explícitamente está mal considerado- a sus colegas para que les pasen el porro. La comunión del grupo implica que fumar e invitar a porros sea la vía más efectiva para que un joven sea admitido en un grupo de consumidores. Si el cannabis modula y da forma a las dinámicas grupales es obvio que se convierta en un rasgo identitario.

Los parques son el contexto preferido para consumir. Si la zona de residencia lo permite, frecuentan espacios naturales como bosques, montañas o las inmediaciones de los ríos. Estos lugares cumplen la condición de separación y margen de las ceremonias de ritual de paso propias de la adolescencia. Fumar porros en un espacio liminar les permite experimentar la sensación de abandonar la vida infantil y performativizar la llegada a la vida adulta. Como mayor sea el deseo de evadirse de las reglas adultas y como más habituales sean los conflictos con las instituciones de referencia (colegio, familia…), mayor será la necesidad de buscar espacios de margen donde poder hilvanar la propia identidad.

El cannabis es cardinal en la construcción de la identidad de estos adolescentes. En la mayoría de casos, el estatus que otorga ser consumidor es positivo, tanto para sí mismos como para terceros, aunque esto no impide que una parte sustancial de jóvenes desdeñen de los fumadores. El consumo de algunos monopoliza la mayor parte de su tiempo y es el hilo conductor de sus conversaciones. Esta prominencia discursiva comporta que el psicoactivo les otorgue cierto estatus en el universo de sus relaciones adolescentes. El estatus aún es más acentuado entre aquellos que pulen cannabis. El adolescente que lo facilita, y por extensión (casi) siempre dispone de él, adopta el rol ineludible para que a otros adolescentes fumen, por eso, los iguales respetan y aprecian la figura del vendedor-facilitador.

Los adolescentes identitarios están bajo el influjo del consumismo cannábico. Esto comporta que refuercen su identidad a través de productos de corte cannábico, como por ejemplo grinders [2], ropa rastafari o con hojas de marihuana, música cuyas letras encumbran el cannabis, entre otros elementos. Como la sustancia es parte de su identidad y les posiciona socialmente, ensalzan la sustancia, sus propiedades naturales y terapéuticas hasta cuotas kafkianas. Y, como no podría ser de otra manera, minimizan (o desestiman) cualquier efecto pernicioso, al menos, en lo que se refiere a su caso y al de sus amigos, porque sí que reconocen los daños en terceras personas, aunque apuntan que la causa debe buscarse en sus déficits anteriores y no en el uso del psicoactivo.

La defensa del cannabis, normalmente a ultranza, se fundamenta, en ocasiones, en el discurso de la entronización basado en argumentos pueriles e ingenuos, al menos desde el punto de vista científico, pero defenderlo implica reivindicar su identidad y su forma de estar en el mundo. Por eso es tan importante escudarlo. Valorarlo positivamente les protege a nivel simbólico de ciertos problemas, aunque como es obvio, no les resguarda de los trances más graves. En cambio, pueden presentar confusión entre su discurso y sus prácticas. En ocasiones sus actitudes hacia el cannabis reproducen las premisas del discurso de «la Droga». Tal confusión provoca que entiendan sus consumos a partir del universo simbólico propio de los consumos compulsivos de heroína. Esto es así es porque no disponen de un universo simbólico sobre las drogas que supere el ofrecido por sus progenitores o la escuela.

Más allá de los procesos identitarios, emplear el cannabis también representa una práctica de autoatención. Los adolescentes experimentan los cambios intrínsecos de este periodo vital con mayor o menor crudeza. Los conflictos con los adultos, especialmente con los progenitores, y con el grupo de iguales producen desazón. Las tensiones derivadas de las amistades, los amores/desamores y las tareas escolares les inoculan estrés. Además, darse cuenta de que deben incorporarse a un mundo adulto en ruinas (precariedad laboral, cambio climático, pobreza estructural…) les genera incertidumbre o directamente pavor. Ante los bretes cotidianos, los adolescentes identitarios también recurren al cannabis para descomprimir las tensiones acumuladas, es decir, fumar se convierte en una práctica de autoatención que les mejora el estado de ánimo y les inyecta fuerzas para continuar. La imbricación de los elementos identitarios y la autoatención permite entender en gran medida el porqué de sus usos intensivos. Aunque, como bien saben los adolescentes, consumir no soluciona ningún problema, pero al menos les permite ponerlo en pausa. Ahí es nada.

Los adolescentes se sitúan en esta posición cuando los consumos se transforman en cotidianos y les aportan características identitarias. En algunos casos, esto se produce casi en el momento de iniciarse, aunque normalmente se da sobre los dieciséis o diecisiete años, después de un periodo más o menos largo de experimentación. Según la encuesta ESTUDES 2014, los escolares españoles (14-18 años) prueban por primera vez cannabis a los 14,8 años. En esta posición encontramos a adolescentes de catorce a dieciocho años, alargándose en algunos casos hasta los veinte o veintiún años. Pero esta posición, por su carácter netamente adolescente, no permite situarse en ella ad eternum. El desplazamiento de posición se produce por tres procesos: (1) una vez la adolescencia ha terminado carece de sentido el ritual de paso de fumar porros, (2) la pérdida de peso del grupo de iguales en las relaciones cotidianas y (3) el proceso de institucionalización. La mayoría de los adolescentes identitarios transitan hacia la posición adulta identitaria. Algunos se desplazan hacia la posición problemática. Otros abandonan los consumos porque el balance de la experiencia les apunta que los porros les reporta más efectos negativos que positivos.

Si atendemos a la ESTUDES 2014, en esta posición se situarían la mayor parte del 4,5% de los chicos y el 2,2% de las chicas que fuman cannabis entre diez y treinta días al mes. Algunos de estos pueden utilizar el cannabis con esta frecuencia pero situarse en la posición adolescente recreativa. A nivel porcentual parece una minoría pero sobre este colectivo debemos centrar los esfuerzos preventivos si queremos limitar los problemas derivados del abuso de cannabis. Algunos adolescentes después de un tiempo de consumir intensamente, desarrollan problemas para llevar una vida normal o aparecen problemas de salud mental, en consecuencia requerirán de ayuda asistencial. No cabe duda que la prevención efectiva sobre los adolescentes identitarios permitiría reducir las demandas de tratamiento.

Adolescente recreativa

La posición adolescente recreativa está compuesta por adolescentes de trece a veinte años. En términos absolutos ésta es sensiblemente más numerosa que la adolescente identitaria. Compuesta por adolescentes que consumen cannabis al menos una vez al año, es decir, el 23,5% de los chicos y el 20,8% de las chicas de la población escolar. La frecuencia de consumo es dispar, desde diario (o casi) a consumos puntuales durante las celebraciones del calendario anual. A pesar de que algunos presentan una frecuencia relativamente elevada, el escaso impacto del cannabis en su identidad les hace diferenciarse de la otra posición. En relación a las tareas cotidianas, nunca compatibilizan los consumos con las obligaciones. Los estudiantes nunca fuman ni antes ni durante las horas lectivas. Los trabajadores nunca lo hacen durante la jornada laboral. Por tanto, nunca fuman por las mañanas. La gran mayoría consume exclusivamente durante los tiempos de ocio, especialmente a lo largo de la tarde-noche del fin de semana. Algunos emplean el cannabis menos de cinco veces al mes, o en contadas ocasiones durante el año. La intensidad de consumo es baja. Quienes consumen durante los días laborables compran habitualmente y fuman un porro o poco más al día, aunque durante las celebraciones especiales pueden intensificar los consumos. Quienes vinculan sus consumos al ocio nocturno compran esporádicamente, normalmente coincidiendo con las fiestas del calendario anual. Algunos nunca adquieren y fuman exclusivamente a partir de invitaciones.

Más allá de la frecuencia, la característica definitoria de esta posición es que el cannabis representa un aspecto secundario o totalmente accesorio en su vida y, en consecuencia, la sustancia se desvincula de cualquier proceso identitario. Esta desvinculación es capital, ya que si deja de simbolizar aspectos identitarios, los consumos son menos intensivos, menos frecuentes, más críticos, más sensatos y se reservan para momentos especiales. Y, lo más importante en clave de salud colectiva: disminuye casi a la mínima expresión la probabilidad de que aparezcan problemas severos.

El cannabis, aunque desvinculado de procesos identitarios, también funciona como ritual de paso. Eso sí, las ceremonias de consumo se reservan para momentos puntuales vinculados al ocio nocturno. Estos adolescentes emplean con mayor frecuencia otros ceremoniales para escenificar la llegada a la adolescencia, por tanto, fumar cannabis se convierte en una liturgia secundaria, casi periférica. El contexto de consumo siempre es alejado de la mirada adulta (parques, botellones, espacios escondidos, etc.). En este marco de ritual de paso, el cannabis también cumple, de la misma manera que el botellón, una clara finalidad de cuidado de sí. Emplear cannabis es una práctica de autoatención porque les ayuda a descomprimir la tensión acumulada. Fumar con los amigos les permite evadirse de las obligaciones y les genera el bienestar necesario para encarar con mayor optimismo las responsabilidades. Como forma parte del ritual de paso, el grupo de iguales es tremendamente importante a la hora de otorgar significado a los consumos. La gran mayoría de los situados en esta posición consumen únicamente en grupo. Esta situación puede interpretarse como presión grupal. Algunos sucumben a ella para mostrarse competentes como miembro del grupo.

La posición adolescente recreativa, de la misma manera que la identitaria, presenta cierta confusión sobre los discursos del cannabis, la aceptabilidad de sus consumos y su potencial de riesgo. Como el psicoactivo se desvincula de su identidad, la gran mayoría en ningún caso articula el discurso de la entronización. Algunos, aunque fumen porros, entienden los consumos tomando como válidas las premisas del discurso alarmista, y apuntan que consumir es peligroso, provoca enfermedades mentales y por lo tanto deberían abandonar su uso. Otros presentan un discurso amorfo, confuso, donde imbrican aspectos del discurso tremendista con aspectos del discurso de la normalización, todo sazonado con mitos y aseveraciones alejadas de la sensatez. Solo una minoría domina el discurso de la normalización y reconocen de forma sensata tanto los placeres como los riesgos de consumir. Todos ellos, a pesar de reconocer con mayor o menor atino los posibles daños del cannabis, consideran que están alejados de éstos porque consumen esporádica y prudentemente. Producto de cierto sesgo perceptivo, tienden a considerar que los problemas los sufren unas terceras personas alejadas de su realidad. Al final de la adolescencia, cuando empiezan a dominar el discurso de la normalización, reconocen con mayor atino los daños del cannabis, aunque cuando esto acontece ya empiezan a transitar hacia las posiciones adultas o directamente abandonan los consumos. La confusión discursiva denota que las actividades de empoderamiento deben intensificarse.

Autoatención recreativa

Esta posición es la evolución «natural» de los adolescentes recreativos que persisten en consumir cannabis. También pueden incorporarse los adolescentes identitarios para los cuales el cannabis pierde centralidad identitaria. Quienes se inician en el consumo a partir de los veinte años, a menos que sean consumidores terapéuticos, se sitúan en la posición autoatención-recreativa. Esta posición es resultado del proceso de normalización de los consumos de drogas, espoleado por la aparición en las últimas décadas de la Sociedad de Riesgo y de la Sociedad de Consumo. Los abruptos cambios en la organización colectiva y en las instituciones sociales, provocan individualización y desinstitucionalización, en consecuencia, la ciudadanía padece incertidumbre, estrés y tedio. El consumo de cannabis en los tiempos de ocio funciona como práctica de autoatención para mitigar los malestares emocionales derivados de una cotidianidad asfixiante. Para estos consumidores el consumo de cannabis representa una actividad secundaria en su vida cotidiana y en ningún caso se vincula con procesos identitarios. Los consumos vinculados a las prácticas de autoatención por definición se desvinculan de cualquier problema.

En esta posición se sitúa la inmensa mayoría de los 2.940.000 de personas que emplearon cannabis en el último año, es decir, el 9,5% de la población española entre 15 y 64 años. La característica definitoria de ésta es el uso de la sustancia como práctica de autoatención con o sin finalidad recreativa, es decir, lo emplean con el objetivo de descomprimir el «yo» de las tensiones acumuladas y obtener efectos deseados (relajación, distención, euforia…). Pueden buscar la autoatención tanto en solitario, en un contexto privado, como en compañía durante las salidas nocturnas. Aunque los consumos se produzcan durante el ocio nocturno también los consideramos consumos vinculados a la autoatención. Salir de noche en compañía de las amistades es una práctica de autoatención porque ayuda a evadirse de los corsés de la vida cotidiana.

Las personas situadas en esta posición en ningún caso ejecutan sus obligaciones bajo los efectos del cannabis, para ellas hacerlo es un indicador de consumo problemático. Algunas consumen (casi) todos los días después de cumplir con sus responsabilidades, en solitario o en compañía de alguna amistad, pero siempre por la tarde-noche cuando saben que no deberán atender a ningún compromiso o realizar alguna tarea incompatible con los efectos. Estos usos constituyen un práctica de autoatención porque el objetivo es relajarse, «desconectar del mundo exterior» y aumentar las cuotas de bienestar. Para obtener los efectos deseados necesitan uno o dos porros, raramente emplean cantidades superiores. Otros nunca fuman durante los días de diario ni tampoco en solitario. Consumen exclusivamente durante las reuniones con los amigos. Conceptualizan el cannabis como una substancia que les reporta beneficios y hace más divertidos los encuentros sociales. No le dan mayor trascendencia ni importancia. La mayoría nunca compran cannabis y consumen exclusivamente cuando alguien rula un porro. Por tanto, sus consumos son normalmente poco intensivos, desde unas caladas a como mucho tres porros (compartidos). El grupo es central para que se produzcan los consumos ya que les confiere legitimidad y los canaliza, pero en ningún caso los potencia ni genera presión grupal. Los consumos son más una comunión que una característica necesaria para formar parte del grupo. Esto lo demuestra que la inmensa mayoría de grupos de iguales están formados por consumidores y abstinentes, siendo totalmente corriente la presencia de consumos sin que despierten alarmas entre los no consumidores ni estigmaticen a aquellos que lo emplean.

Las personas situadas en esta posición utilizan el discurso de la normalización. Reconocen que los consumos frecuentes, intensivos o los que persiguen evadirse acríticamente de la realidad provocan serios inconvenientes. En cambio, si son esporádicos o poco intensos no tienen por qué vincularse con los daños. Algunos dan por ciertas determinadas premisas del discurso del riesgo, o cuanto menos convive en ellos la incertidumbre de si éstas serán ciertas. Más allá de la imbricación de estos dos discursos, es muy poco habitual, si no anecdótico, que empleen aseveraciones propias del discurso de la entronización.

En los jóvenes, tal como se acentúa el proceso de institucionalización y adquieren mayores responsabilidades, especialmente en el trabajo y la familia, disminuyen los consumos, en muchas ocasiones hasta abandonarlos por completo. Algunos pueden continuar fumando a pesar de sus compromisos sin que esta compatibilidad comporte problema alguno. E incluso una minoría, por los avatares de su biografía, puede intensificar su relación con el psicoactivo y transitar hacia la posición identitaria cotidiana.

Identitaria cotidiana

La posición identitaria cotidiana se nutre del 2,1% de españoles entre 15 y 64 años que consumen diariamente cannabis, es decir, unas 650.000 personas. Gran parte de ellos son los jóvenes que abandonan la posición adolescente identitaria, y se incorporan al mundo juvenil-adulto con el rasgo identitario de consumir cannabis. Más improbables, aunque posibles, son otros itinerarios. La característica definitoria de esta posición es que los consumidores fuman diariamente y la casi totalidad de ellos compatibilizan sus obligaciones cotidianas con los efectos cannábicos. Muchos de ellos lo toman por las mañanas, algunos inmediatamente después de levantarse. Si en la posición autoatención recreativa es habitual el porro de las «buenas noches», para ésta lo es el porro de los «buenos días». Otros encienden el primer porro del día después de comer. En general, la intensidad es notablemente elevada, pueden fumar entre tres y diez porros al día, algunos superan con creces esta cifra. Los consumos son independientes del contexto porque consumen en cualquier sitio, a menos que la prohibición sea explícita y el riesgo de amonestación elevado. Prefieren los espacios tranquilos (hogar, clubes sociales, espacios naturales, etc.) para relajarse, alejados de miradas indiscretas. Para la mayoría de ellos determinados espacios son dependientes de los porros: no quieren visitarlos sin gozar de sus efectos.

El cannabis constituye un rasgo identitario capital. Tal centralidad modula sus relaciones personales. Aunque pueden mantener amistades alejadas del mundo del fumeteo, pasan gran parte de su tiempo libre con otros consumidores. Las dinámicas cannábicas implican las visitas recurrentes a contextos netamente cannábicos o con altos niveles de tolerancia. El mundo de la planta adquiere notoria importancia en sus conversaciones cotidianas. En este sentido, tal como nos apunta la Psicología Discursiva, el lenguaje modula y da forma a nuestras prácticas, discursos e identidades, es decir, a nuestra forma de estar en el mundo. Por lo tanto, los significados sobre el cannabis atraviesan el «yo» de los consumidores y posibilitan la emergencia de identidades comprometidas con todo aquello que remita a cannabis.

Más allá de los rasgos identitarios claramente subjetivos y difíciles de vislumbrar a simple vista, algunos también lucen estética cannábica. Ésta es producto de la imbricación de la vestimenta rastafari con rasgos de otras subculturas y con productos de consumo creados recientemente por la lógica consumista. A grandes rasgos se caracteriza por: ropa ancha con predominancia de los colores «rasta» (verde, amarillo y rojo), habitualmente estampada con serigrafías de los ídolos de la música reagge, hip-hop, hojas de marihuana u otros elementos afines; pelo corto con alguna rasta (fina o gruesa) o largo con todo el pelo en rastas; zapatillas deportivas. La música ocupa un lugar primordial en sus vidas, siendo el reagge y los estilos derivados de éste (dub, hip-hop, ragga, drum and bass, dancehall y jungle) los sonidos de referencia. Algunos prefieren el rock, el punk, derivados de estos o la música electrónica. Es habitual que empleen parafernalia cannábica (pipas, papeles de fumar de diferentes tamaños, grinders, etc.). Todos estos elementos refuerzan la identidad cannábica y el compromiso simbólico con la planta. La Sociedad de Consumo y la industria del cannabis influyen en la expresión de la posición identitaria.

El grupo de iguales posee un papel relativamente secundario para delimitar o posibilitar los consumos. La inmensa mayoría fuman en solitario en casi cualquier lugar y tiempo, en consecuencia el grupo es prescindible para emplear el cannabis. A pesar de esto, el grupo posibilita el sentimiento de pertenencia a la identidad social cannábica. Los consumidores situados en esta posición se sienten miembros de un «nosotros» consumidores de cannabis, defensores de su legalización y agraviados respecto otros colectivos, especialmente los bebedores de alcohol. La identidad social ofrece relato sobre qué es el cannabis y sobre qué se espera de quienes emplean esta substancia, por tanto, ampara, orienta y da cobijo en términos identitarios. Cambiar de posición o abandonar los consumos deviene más complejo entre aquellos con identidad cannábica. Si durante años su «yo» se ha nutrido de la «cultura del cannabis», ¿quiénes son ellos sin la sustancia? Pregunta difícil de responder porque el parámetro identitario de referencia ha desaparecido.

Los consumidores identitarios están atentos a las novedades y a las innovaciones de la industria del cannabis. Más allá de fumar las presentaciones clásicas, también utilizan diferentes tipos de extracciones, principalmente con gas (BHO), emplean vaporizadores y en ocasiones especiales comen consumibles elaborados con cannabis (edibles). Es habitual que dejen de experimentar los efectos más intensivos del cannabis y los perciban levemente. Algunos apuntan «ya no noto el colocón». Se sienten colocados cuando consumen intensamente variedades potentes de marihuana o altas dosis de consumibles o extracciones. Una parte importante de autocultivadores se enmarcan en esta posición. Una minoría, para sufragar sus propios consumos, especialmente los más jóvenes, pueden implicarse en la reventa de cannabis, lo que a la vez les ayuda a reforzar su identidad e implicación con la planta.

Los consumos de cannabis, más allá de ocupar un espacio identitario, también cumplen funciones de autoatención. Cuando están estresados, necesitan relajarse o desean hacer un punto y seguido en su devenir cotidiano, fuman porros para aliviar tensiones y aumentar el bienestar. En última instancia estos consumos son los que justifican el uso de cannabis, pero debido a los factores identitarios la autoatención queda en un discreto segundo plano. Reconocen que algunos porros no les aportan nada. Entienden que los fuman «por costumbre», de bien seguro que bastantes profesionales sanitarios leerían «por adicción». La tensión entre la costumbre y la adicción la abordaremos en otra ocasión debido a la complejidad de su naturaleza. En esta posición algunos entienden el cannabis a partir del discurso de la normalización, pero los más comprometidos identitariamente conceptualizan todo aquello relacionado con la sustancia a partir del discurso de la entronización. La gran mayoría han ahuyentado todas las premisas del discurso del riesgo y solo en unos pocos sobrevive la incertidumbre de si tendrán problemas a medio o largo plazo.

Si nos atenemos a gran parte de la literatura científica y comparamos las características que definen el consumo problemático con el patrón de consumo de esta posición, podríamos llegar a la conclusión que ésta protagoniza consumos esencialmente problemáticos. Esto no es así. Aunque parezca inverosímil, los problemas derivados de sus consumos son muy inferiores de los que podríamos pronosticar. Los consumos, a pesar de la intensidad, se integran en la vida cotidiana sin provocar mayores estragos. El escaso potencial adictivo del cannabis ayuda a entender el porqué pueden permanecer en la normalidad sin excesivas dificultades. Ciertas personas, pueden sostener consumos elevados sin experimentar dolencias graves. A la cuestión meramente farmacológica y fisiológica deben unirse los aspectos simbólicos asociados a la sustancia. Conceptualizar los propios consumos como sensatos y aceptables disminuye la probabilidad de que aparezca la eficacia simbólica del discurso del riesgo, es decir, el cannabis les provoca problemas porque han creído que así sería. La aceptabilidad de los consumos se ve reforzada a través de la experiencia porque mantienen una percepción de que el cannabis en ningún caso les merma sus capacidades o los inhabilita socialmente. Eso no quiere decir que sus consumos estén desvinculados de los problemas, pueden experimentar leves dolencias que integran como parte intrínseca de los efectos del cannabis. No les dan mayor transcendencia porque creen que los beneficios superan con creces los daños. Otro aspecto radicalmente diferente es saber qué hubiese sido de su vida sin los porros. Es difícil hipotetizarlo. No disponemos de un grupo control. De bien seguro que en algunos su biografía tampoco distaría tanto de la actual, pero en otros casos sería radicalmente diferente.

Cuando experimentan problemas severos la gran mayoría se moviliza para buscar soluciones, normalmente modificando la posición, ya sea reduciendo o abandonando el uso. Quienes perseveran en consumir a pesar de los problemas, transitan casi de manera inevitable hacia la posición problemática. Solo pueden permanecer en la posición identitaria cotidiana mientras los problemas sean anecdóticos, y sobre todo y lo más importante, que su entorno no los entienda como desviados. A partir del momento en que les cuelguen la etiqueta de problemáticos serán entendidos como tal y en consecuencia estigmatizados.

Terapéutica

La posición terapéutica se aleja sensiblemente de las otras posiciones. El rasgo definitorio es que utilizan el cannabis con finalidades terapéuticas para mitigar las dolencias derivadas de enfermedades, en ocasiones graves o terminales, como por ejemplo, dolor crónico, enfermedad de Crohn, epilepsia, VIH/SIDA, cáncer, glaucoma, esclerosis múltiple, artritis, entre otras. No es el espacio ni el objetivo de este texto aportar dato alguno sobre la eficacia y la efectividad del cannabis para tratar/mitigar dichas enfermedades, sino presentar las particularidades sociales de esta posición.

Antes de emplear el cannabis con fines terapéuticos los consumidores han seguido una de las dos trayectorias que presentamos a continuación. La primera, disponen de experiencia previa porque emplearon el cannabis con fines recreativos. Una vez diagnosticados de una enfermedad susceptible de abordarse con cannabinoides, adaptaron la variedad y la vía de administración más adecuada para mitigar sus dolencias. Algunos pueden pedir asesoramiento a un médico experto en tratamiento con cannabinoides, otros se automedican. La segunda, nunca habían consumido cannabis y, aunque podían mantener actitudes de rechazo con todo lo relacionado con los porros, una vez diagnosticados se asesoraron y al considerar que la sustancia les podía paliar sus dolencias empezaron a emplearlo. En ambos itinerarios es frecuente que decidan utilizarlo después de fracasar con otros tratamientos, creerlos insuficientes, ineficaces, contraproducentes o considerar que el cannabis puede complementar el tratamiento prescrito. Algunos, en función de la dolencia, pueden fundamentar su tratamiento en cannabinoides, aunque la gran mayoría continúan con los tratamientos prescritos por los facultativos y lo emplean como coadyuvante.

Los consumidores terapéuticos los podemos dividir en dos grandes categorías. La primera, los que emplean el cannabis bajo supervisión médica, siguen la posología, la dosificación y la presentación cannábica indicada por el galeno experto en tratamiento con cannabinoides. La segunda, los que lo utilizan sin supervisión profesional. En algunos casos pueden haberse visitado con un médico experto en cannabis, pero sus fuentes de conocimiento son las lecturas (libros, revistas o internet) y sobre todo su propia experiencia y bagaje. A partir de la combinación de toda la información disponible sacan sus propias conclusiones, establecen su dosis, posología, vía y presentación que consideran más adecuada. La automedicación les genera dudas porque desconocen a ciencia cierta la idoneidad y la efectividad de sus actos. La toma de decisiones a la hora de establecer cuál es la presentación más ajustada está claramente afectada por la sobreinformación disponible en la red, gran parte de ella inexacta o contradictoria.

El punto central de su discurso es conceptualizar el cannabis como una medicina efectiva para su enfermedad. Utilizar cannabis lo entienden como una práctica de automedicación que les hace mejorar su salud. La marihuana no les cura, pero les permite mejorar su calidad de vida. Vislumbrar el cannabis como sinónimo de fármaco reporta acentuadas implicaciones simbólicas, sociales e incluso identitarias, notoriamente diferentes de las otras posiciones. Estos consumidores manejan el cannabis de la misma forma que el conjunto de la población se administra otro tipo de fármacos. Por lo tanto, reviste de nula importancia el grupo de iguales y el contexto. Establecen notorias diferencias entre sus usos y los que realizan los consumidores sin finalidades terapéuticas, consideran que son universos casi paralelos. Algunos se empeñan en diferenciarse y señalan que sus usos son legítimos, justificados e incluso «vitales» para mantener el equilibrio de su menguada salud, mientras que los recreativos son voluntarios y accesorios porque su vida transcurre sin mayor incidencia si abandonan la planta. Debido a que el cannabis medicinal también es ilegal en España, acostumbran a considerar un agravio que «para conseguir su medicina» tengan que relacionarse con el mercado negro, por eso apuestan firmemente por una regulación, aunque algunos consideran que solo debe legalizarse si los fines son terapéuticos.

Los usuarios terapéuticos presentan gran diversidad en los modos de uso, tanto en las vías de administración como en las presentaciones que se administran. El empleo de una u otra vía y formato viene determinado por la dolencia a combatir, los efectos subjetivos reportados y la disponibilidad de presentaciones con ratios de cannabinoides adecuadas. Aplican por vía tópica cremas, cataplasmas, tinturas y aceites; se administran vía sublingual gotas de aceite; vía oral comen consumibles y cápsulas y beben infusiones y tinturas; vía respiratoria vaporizan los cannabinoides; vía rectal toman supositorios. Eso no quita que, aunque sea la vía más dañina, algunos fumen, a pesar de las recomendaciones de los médicos para evitarla. La percepción que mantienen sobre sus consumos es extremadamente positiva y desvinculada de los problemas. Si presentan algún efecto indeseado modifican la posología y la dosis. En caso de que los efectos negativos superen los positivos abandonan el uso del cannabis. En este sentido, creer que el cannabis es terapéutico ayuda a obtener mayores beneficios como consecuencia de la eficacia simbólica. Eso no quiere decir que pongamos en entredicho sus propiedades terapéuticas, sino que los efectos beneficiosos se presentarán con mayor facilidad si se les espera, de la misma manera que se produce el efecto placebo cuando se administra cualquier fármaco.

Los consumidores terapéuticos emplean el cannabis según la posología y la dosis prescrita por su médico o según sus necesidades. La gran mayoría pueden tomarlo alguna vez al día, cada cuatro u ocho horas, o cuando sientan las molestias de su enfermedad y raras veces superan las dosis establecidas. Insistimos en que entienden el cannabis como un fármaco, por lo tanto, es anecdótico encontrar usuarios terapéuticos que se tomen la licencia de aumentar la dosis y emplearlo para buscar solaz y diversión. Siendo así, compatibilizan el consumo de cannabis con realizar adecuadamente cualquier tarea cotidiana. Utilizar vías diferentes a la fumada permite administrarse las dosis con discreción, sin despertar sospechas ni prejuicios. Además, debemos apuntar que cumplir con las obligaciones adquiridas mientras toman cannabis no es sinónimo de hacerlo bajo los efectos psicoactivos, ya que la gran mayoría se medica con presentaciones bajas en THC y ricas en CDB, es decir, con escaso, si no nulo, poder psicoactivo.

Problemática

En la posición problemática situamos a las personas con afecciones derivadas del cannabis. Según la encuesta EDADES, en el año 2015 había en España unos 558.549 posibles consumidores problemáticos de cannabis, es decir, el 19,2% de las personas que consumieron en el último año. Entre la población escolar unas 53.700, es decir, el 13,8% de los adolescentes entre 14 y 18 años. La naturaleza de los problemas y la intensidad pueden variar significantemente en los situados en esta posición. Algunos sufren leves molestias como taquicardias, mareos o ansiedad que remiten cuando cesan los efectos. Otros sufren dolencias más graves como paranoia o manía persecutoria que se manifiestan aunque no estén bajo los efectos del psicoactivo, y se agudizan cuando lo están. Otros presentan problemas de adicción, con los percances inherentes de sufrirlos. La génesis de los problemas son, en la casi totalidad de casos, de orden sociocultural, muy especialmente producto de socializaciones deficientes con continuos conflictos en el seno familiar y escolar. Una vez llegada la adolescencia, consumir intensa y habitualmente se convierte en un mecanismo identitario y vía de fuga de una realidad asfixiante. Los mecanismos de control sobre los propios consumos son mínimos, e incluso entendidos como innecesarios, en consecuencia los problemas hacen acto de presencia sin demasiada demora. En algunos, posicionarse en ángulos problemáticos les permite performativizar identidades transgresoras y subversivas porque abrazan el peligro y el desafío como el estilo de vida deseado. En algunos, los inconvenientes entroncan con dolencias de salud mental. Los diagnosticados de «Patología Dual» [3], se vinculan a recursos asistenciales casi de forma crónica, y su pronóstico es extremamente complejo.

En la posición problemática encontramos multitud de perfiles. A grandes rasgos los podemos separar en tres: (1) los consumidores que sufrían problemas de salud mental antes de empezar a consumir, (2) los que desarrollan una adicción, (3) y quienes sufren dolencias de orden psíquico pero que pueden manejar los problemas sin atención profesional. Las corrientes biológicas apuntan que algunos consumidores emplean el cannabis como mecanismo de automedicación con el objetivo de controlar los síntomas de su enfermedad mental.

Algunos para definir los efectos negativos sencillamente apuntan que los porros «les sientan mal». Bajo esta afirmación genérica se encuentran malestares de orden psicológico. Normalmente desaparecen cuando cesan los consumos. Algunos persisten en consumir porque mantienen un compromiso identitario, por ejemplo, en los casos en que rechazar un porro implica comprometer la posición en el grupo puede provocar que el consumidor prefiera experimentar los efectos negativos a dar explicaciones sobre su rechazo. Esta situación es insostenible y deberá asumir cuanto antes que debe rehusarlo. Si persevera la sintomatología empeorará y los problemas se acentuarán.

Otros a pesar de reconocer una adicción perseveran en consumirlo aunque a nivel de efectos psíquico «les sientan bien». Estos pueden iniciar un tratamiento de deshabituación, pero su baja adherencia comporta que lo abandonen sin conseguir resultados significativos, o pueden asistir a las visitas ambulatorias sin que renuncien a la sustancia, y por tanto, sus avances terapéuticos son pírricos.

La gran mayoría de adictos apuntan que el cannabis les genera daños y desean abandonarlo, pero les resulta imposible hacerlo porque se autocategorizan como adictivos, en consecuencia como son adictos no pueden controlar sus «impulsos» e inevitablemente consumen. La identidad adictiva, siguiendo a Goffman, es una identidad deteriorada, se autoperciben como enfermos e incapacitados para tomar las riendas de sus vidas. Sus pensamientos están cargados de ideas negativas, se autoestigmatizan y les cuesta horrores realizar las tareas cotidianas. Por tanto, concebirse como adicto agrava la situación indeseada e imposibilita desarrollar una vida normalizada.

La gran mayoría de los consumidores problemáticos consumen intensamente a lo largo del día y compatibilizan sus responsabilidades con fumar, aunque debido a su situación las ejecutan a desgana o les resulta imposible cumplirlas. Muchos de ellos ni estudian ni trabajan, en consecuencia entran en un espiral de consumo. A estos les sienta bien los efectos del cannabis, pero las dinámicas derivadas de los consumos (dejadez, desconexión, molicie, apatía, etc.) les impide vivir normalizados. En cambio, otros pueden realizar consumos poco frecuentes, pero cualquier contacto con la sustancia deriva en malestares, especialmente del espectro ansioso. Pueden ejecutar con éxito sus responsabilidades, siempre y cuando se abstengan de consumir; en el momento en que están bajo los efectos cualquier actividad social se ve coartada. A la hora de dar cuenta del por qué y del cómo de su situación tienden a buscar chivos expiatorios. Es recurrente señalar a las malas compañías durante la adolescencia como las responsables de los inicios y posteriores problemas con el cannabis.

En conclusión, podemos observar que los aspectos identitarios son capitales para entender la relación con el cannabis y las posibles consecuencias negativas de sus consumos. La identidad, aunque presente de manera subyacente en multitud de trabajos, creemos que nunca ha un ocupado demasiada centralidad en los análisis sobre los perfiles de los consumidores. Por tanto, consideramos que debe configurarse como un elemento central para prevenir los consumos de cannabis. En este sentido, la categorización aquí propuesta no agota el tema y debemos continuar analizando los múltiples factores que dan forma a la diversas maneras de relacionarse con el cannabis.

Referencias

  1. Financiado por la Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas y ejecutado por Episteme Investigación e intervención social.
  2. Instrumento mecánico compuesto de dos mitades simétricas con cuchillas para triturar la marihuana en su interior. La marihuana se coloca entre las dos mitades por la parte de las cuchillas. Las dos mitades se encajan y se cierran. El consumidor gira manualmente el artefacto hasta triturar la marihuana. El grinder,al representar un objeto fetiche, es producido por multitud de marcas que ofrecen al mercado infinidad de formas y finalidades, hasta los hay eléctricos.
  3. La «Patología Dual» es una categoría diagnóstica que a pesar de no existir dentro de los manuales referentes de diagnóstico psiquiátrico como el DSM y el CIE es comúnmente empleada por los profesionales de la salud mental. Esta categoría «informal» «hace referencia a los pacientes que presentan un trastorno mental y un trastorno por abuso de sustancias al mismo tiempo, construyéndose así como un gran cajón de sastre donde reina la ambigüedad y escasea el consenso (Carceller- Maicas, 2017: 34; 2012: 84).