Una primera aproximación a esta cuestión nos obliga a situar la fotografía aproximada en clave de género de las realidades más significativas que presenta la población usuaria de los servicios de Reducción de Daños (en adelante RRDD) -tomando como referencia el contexto catalán-.

Aproximadamente el 63% de las personas atendidas en servicios de RRDD han estado alguna vez en su vida en un tratamiento orientado a la abstinencia. Algunos estudios apuntan incluso a un 80% de la población atendida. Por sexos asciende al 75% entre las mujeres y al 63% entre los hombres. Los fracasos en los intentos de abandonar el consumo, la falta de redes de apoyo y el estigma y por ende las situaciones de vulnerabilidad social conducen a algunas de las personas usuarias a la marginalidad. Como sabemos -por los análisis realizados anteriormente- esta importante diferencia entre hombres y mujeres tiene relación con el doble estigma que reciben las mujeres drogodependientes por romper con los roles de género asignados y provoca un mayor retraso en la llegada a los servicios de RRDD. Acudir a un servicio de esta tipología significa haber aceptado que se ha “fracasado” en la perversa tarea de ser la mujer que la sociedad patriarcal espera.

Un porcentaje relevante de la población en consumo activo de drogas y que acuden a servicios de RRDD viven en la calle o en situaciones habitacionales inseguras. El 29% sin techo, el 8% en casas ocupadas, el 4% en pensiones u hoteles y el 3% en alojamientos inestables. Sin bien estos porcentajes no reflejan importantes diferencias entre sexos sabemos que las mujeres evitan estar en la calle, aunque eso les suponga habitar alojamientos inseguros para reducir el riesgo de la violencia en la calle donde están aún más expuestas. Esto implica una menor presencia de mujeres en la vía pública invisibilizando a menudo la problemática del sinhogarismo femenino.

En lo que se refiere a las violencias podemos decir que las personas usuarias de Servicios de RRDD viven y han vivido rodeadas de violencias. Hombres y mujeres. En presente y en pasado. Las violencias se manifiestan – como decíamos- habitando la calle o alojamientos inseguros, pero también en los contextos de consumo y acceso a las drogas que suelen ser competitivos y violentos. En estos escenarios las mujeres sufren violencias machistas de todo tipo como acoso constante pero también violencias sexuales de todo tipo comenzando por una presión sexual física y verbal. En la gran mayoría de casos las violencias empiezan prácticamente en el inicio de la vida. Hablamos de poblaciones con vínculos familiares rotos; no solo los ascendentes sino también los descendentes. Las mujeres, por la socialización de género recibida, viven las pérdidas de hijos e hijas con gran culpabilidad a la vez que son juzgadas como madres por esta misma lógica patriarcal que a menudo las lleva incluso a vivir violencias institucionales que ellas intentan reparar buscando de nuevo el proyecto de ser madres para “encajar”. Todo ello conlleva una mirada propia sobre el grado de identificación y de soportabilidad de las violencias, es decir, establecer vínculos afectivos aunque estos sean inseguros y en ocasiones violentos. Sin embargo, son vínculos que debemos esforzarnos en situar y entender en un marco vital exento de vínculos positivos.

En cuanto a la procedencia existe un porcentaje importante de población no española. Concretamente el 52% ha nacido fuera de España. En el caso de las mujeres se reduce a un 33%. Y, para completar esta fotografía encontramos una alta prevalencia de patología orgánica, así como de salud mental. Aquí el estigma muy presente en las drogodependencias incluye la responsabilización en la persona de todos sus males, y con ello el rechazo o desatención de los sistemas de salud. Si hablamos en concreto de las mujeres, como apuntábamos al inicio, el estigma es triple: mujer/drogodependiente/ “enferma mental” y otras etiquetas que a menudo se añaden.

Observando los servicios mixtos de RRDD desde la perspectiva de género

Es importante destacar la situación de las mujeres. Si en los programas orientados a la abstinencia la proporción es de una mujer por cada 3 hombres, en los Servicios de RRDD la proporción de hombres asciende al 85%. Además, las mujeres los utilizan como espacios de referencia y en caso de urgencia, pero no los tienen integrados como espacios de uso como si hacen los hombres. Estos servicios no les proporcionan, a día de hoy, la comodidad y seguridad suficiente. Debemos preguntarnos por qué.  Cuatro motivos son los que destacan:

  • La fuerte masculinización de los servicios tanto por el porcentaje de hombres como por el clima que se genera a partir de esta mayoría aplastante
  • Niveles de violencia importante entre las personas que hacia las mujeres son constantes y suelen añadir la violencia sexual.
  • Falta de espacios propios para las mujeres donde sentirse seguras y cómodas.
  • Falta de formación y “cultura” de trabajo bajo la perspectiva de género por parte de los servicios.

¿Qué oportunidades añadidas brindan los servicios mixtos?

Los Servicios específicos para mujeres son imprescindibles. Como también lo es el trabajo específico con mujeres en los servicios mixtos. Sin embargo, los servicios mixtos brindan la oportunidad de ampliar la mirada en la intervención en dos aspectos clave a partir de las reflexiones planteadas:

  • Por un lado, trabajar en la relación entre hombres y mujeres (y personas de género no normativo) usuarias de los servicios puesto que los contextos vitales son necesariamente mixtos y los contextos de personas consumidoras no son una excepción. Poder observar, analizar y acompañar las interacciones con perspectiva de género es un elemento transformador de esta realidad también.
  • Trabajar la con los hombres a partir de vivencias concretas que se presentan en el día a día de les servicios. Algunos aspectos que sin duda tienen que ver con la socialización de género masculina y con los privilegios que conlleva tendrán también su traslación a la relación con las mujeres si son abordados y puestos en cuestión con ellos. Algunos de los imprescindibles: violencias habitando la calle, las paternidades invisibles, violencias recibidas y reproducidas, el tabú del trabajo sexual de los hombres y el autocuidado entre otros.