Pluralidad de personas y vivencias, es lo primero que encontramos al asomarnos a un centro de reducción de daños. Lejos de los estereotipos de persona adicta o sin hogar, allí se reúnen personas muy diversas, con dificultades y expectativas diferentes. A estos centros acuden quienes están realizando un abuso de drogas/alcohol continuado y que, mayoritariamente, se encuentran en situación de sin hogar. Hablamos de reducción de daños porque la intervención va dirigida a reducir el deterioro ocasionado por el consumo.

Ni todas las personas adictas llegan al sinhogarismo, ni todas las personas sin hogar presentan adicciones, pero cuando ambas confluyen el sufrimiento vital se multiplica. A no tener un espacio privado, seguro ni adecuado, no cubrir necesidades básicas, estar expuesta a agresiones, carecer de derechos de ciudadanía (por falta de empadronamiento), se une encontrarse enferma y emocionalmente inestable. Y a ello añadimos que a menudo los propios sistemas de protección sociosanitarios son expulsivos para ellas: exigencia de padrón, complejos sistemas de obtención de citas, informatización de procedimientos, exigencia de la abstinencia para acceder a determinados recursos y prestaciones…

La experiencia demuestra que es posible mejorar las condiciones de vida sin alcanzar la abstinencia. Acompañar a las personas adictas más excluidas para que puedan ejercer sus derechos de ciudadanía en igualdad de condiciones, respetar sus tiempos, necesidades, limitaciones y decisiones, generar confianza y vínculo, les permite seguir evolucionando. La abstinencia como condición es empezar la casa por el tejado.