Nuestro protagonista, que llamaremos Paulino, se levanta por la mañana y toma su café; y diligentemente, se dispone a salir camino al trabajo, pero hete aquí, se da cuenta de que le han robado la puerta de su casa.

En ese instante, Paulino; ve como un vecino pasa mirando de reojo su entrada vacía, “sin puerta”. Ante esta situación entre grotesca y sinistra nos sentiremos, como poco, sorprendidos y después muy probablemente molestos. Las personas seguimos esquemas, secuencias, y si esas secuencias se cortan podemos reaccionar de muchas formas. Pero la frustración supone algo más que el ejemplo que acabo de ofrecer. Según la RAE, frustrar (Del lat. frustrāre), es privar a alguien de lo que esperaba. Por méritos del propio concepto no lo  podemos considerar una emoción tras una mera interrupción, o un corte en la secuencia esperada. No hay sinónimo fácil para frustración, y no hay mejor descripción de la palabra “frustración” como ella misma.

Si en algo estamos de acuerdo los que trabajamos en drogodependencias, es que en nuestra época la tolerancia a la frustración es menor; y en buena lógica añadiría que hay más confusión que nunca en la sociedad en cómo trabajar con ella.

Ya adentrados en el tema, según la directora de la Comunidad Terapéutica de San Medel, Adelina Jimenez, algunos modelos de terapia postulan que; lo que deseamos, al mismo tiempo, también lo tememos, y es una de las circunstancias donde puede surgir la frustración.

Podemos volver a nuestro protagonista, que diligentemente se dispone a solucionar el tema de la puerta. Al momento llega una persona a ponerle una puerta nueva, y resulta que es una mujer de lo más hermosa.

Paulino desea tener pareja, pero a la vez siente temor de tenerla; una posible encrucijada para algunas personas que se produce por razones muy particulares, es decir unos podrán tener miedo a la pérdida, otros al abandono, otro evitará cualquier contacto a fin de que no le hagan daño. En el caso de Paulino podemos decir que tiene verdadero pavor al compromiso, situación por la que tendrá sentimientos encontrados, entre ellos sentirá frustración.

Decimos sentimientos encontrados ya que no es fácil detectar un único sentimiento, en la mayoría de las ocasiones suelen estar mezclados con otros sentimientos, y a la par, todo ello se articula con creencias y conductas, así, es loable afirmar que se trata de un tema complejo que resulta difícil de explicar con claridad.

Así planteadas las cosas, continuamos con nuestro protagonista, que a todas luces esta idealizando algo, como tener una pareja, pero a la par, no estar haciendo nada por conseguirlo, -no mueve ni un dedo-, postura que igualmente puede ser un terreno abonado para la frustración. Una postura que termina siendo una especie de nebulosa, es decir, finalmente, una persona puede tener este quisquilloso sentimiento como si viniera de la nada.

Ciertamente las personas podemos idealizar demasiado determinadas cosas, y al mismo tiempo más angustia podemos sentir; encrucijada que puede llegar incluso a bloquear.

Uno de los temas que más debate suscita en la escuela de padres de Proyecto Hombre es el tema de la frustración. En algunos casos hay una especie de acuerdo tácito en reconocer que se concede casi todo al hijo.

Algunas personas afirman que cuando no se frustra, y concede “todo”, la consecuencia, puede ser, que no se aprenda nada, – ni aprende el hijo, ni aprende el padre-.

Dar todo tiene sus consecuencias; en principio formaríamos a personas que no soportan la mínima contrariedad.

Sentado lo anterior, hay que destacar que sin lugar a dudas, la frustración tiene algo de sano y necesario, siempre y cuando estemos dispuestos a aprender de ella. Nos muestra que tenemos límites, limita la omnipotencia y nos guía mejor en la realidad. Enseña que la vida es finita, que uno no puede con todo, -ni por asomo-. Nos ayuda a no ser unos engreídos, ya que vemos que es necesario saber pedir ayuda. Nos enseña a que no hay que estar demasiado aferrado a las cosas, y frente a esta obsesión insana de pegarse a las cosas; en ocasiones hay que estar dispuesto a perder lo que se quiere. En fin, toda una cura en humildad.

De alguna manera debemos pasar a través de la frustración, como si se tratara de un tragaluz, un remedio para entender cuestiones más importantes y lograr un mejor equilibrio. Un mal menor que evita algo peor.

Recuerdo que un psiquiatra de Valladolid llamado Fernando Colina afirmaba, algo que reproduciré no textualmente, pero era algo así; por alguna razón, los buenos sentimientos, la ternura en exceso, la protección sin límite llevan a ser verdaderos enemigos de uno mismo. Citando a Baudrillard, “el exceso de protección conlleva la pérdida de las defensas y de las inmunidades”. Una terapia llamada la TRE, considera que la ausencia de frustración motiva que se vuelva a un estadio anterior de desarrollo. El conocido ‘síndrome de Peter Pan’. Hoy es frecuente que los adolescentes reconozcan que en demasiadas ocasiones los protegen demasiado. ¿Se promueve la infantilización?

El que alguien le diga “no” a alguna de las insistentes peticiones supone una confrontación con la realidad. Supone renunciar, pero también supone que debe responsabilizarse y hacerse cargo de alguna de sus propias cosas.

Como decíamos, la frustración en su justa medida, nos puede ayudar a conocernos, a saber de los límites; y evita caer en la fantasía publicitaria del “todo es posible”; fantasía, y ficción por antonomasia de nuestro siglo.

Con esto no quiero decir que las personas no puedan superarse, si los que trabajamos en drogodependencias tuviéramos una patología sería la de confiar testarudamente en los casos donde todo el resto del mundo perdió la esperanza.

Conviene resolver, en todo caso, que frustrar continuamente genera otro tipo de consecuencias y posibles efectos contrarios poco deseables. Me refiero a reñir sistemáticamente sin decir nada bueno, sin ofrecen alternativas, sin dar un abrazo. En la gran mayoría de los casos son padres que no lo hacen con mala intención, sin duda desean lo mejor para sus hijos, pero son posturas que pueden responder al propio miedo de los padres, o a su propia frustración, o al exceso de control, etc. Suelen ser padres que se mueven por sus propios miedos, miedos que son los que realmente motivan la constante presión hacia los hijos. Una postura excesiva, e igualmente poco recomendable. Pero si en una línea tuviéramos que hacer un resumen, podemos concluir que la frustración, más que mala, es necesaria.

Y por cierto, ¿Qué fue de Paulino?

Firmado: Fernando Pérez del Río. Psicólogo.
Dpto. de Comunicación. Proyecto Hombre Burgos.