Después de todo, qué somos si no estamos adheridos a algo. Se podría pensar que somos independientes porque tenemos la plena potestad de tomar decisiones libremente, sin cortapisas ni condicionamientos impuestos, libres de obrar y conducirnos por dónde buenamente queramos.

Ser autónomos y autosuficientes es una de las metas a alcanzar desde la infancia, inculcada por la propia sociedad que nos empuja a que nos liberemos de las ataduras familiares para vivir la vida de la forma y manera en que la entendamos cada uno de nosotros individualmente. La influencia a la que nos somete el contexto en el que se vive es implacable y posiblemente delimite muchas de esas decisiones que creemos tomar en libertad.

En el periodo educacional, cuando se está en proceso de formación y crecimiento personal, comienzan las primeras adherencias emocionales, las que implican una unión fuerte y firme con elementos primordiales de nuestro entorno.

El primero de ellos es la familia con la que se sellan pactos muy estables y en la que se asientan las bases que posteriormente nos harán alcanzar el equilibrio. En condiciones normales esta fusión permanecerá inalterable durante toda la vida y será de las más consistentes. La familia, además, suele tener una extensión natural que aparece y se consolida cuando se crea la propia.

Paulatinamente van apareciendo nuevas adherencias de tipo social, cuando nos vinculamos afectivamente con amigos, con conocidos que saludamos a diario en el barrio, en el trabajo o por la calle. Estas suelen ser menos potentes que las anteriores, pero poseen su índice de influencia a la hora de manifestarnos. Son las que pueden derivar en que nos afiliemos a alguna organización musical, literaria, de ocio o deportiva, bien por la afinidad con las personas que la integran, bien por que encajan en nuestras aficiones o bien porque no encontramos otra cosa mejor a la que adherirnos.

La gran mayoría de los que se afilian a un partido político, a una orden religiosa o a cualquier otro tipo de organización reglada, lo suelen hacer sin un convencimiento personal absoluto, buscando un hilo conductor en su flujo emocional que consiga amortiguar al máximo la despersonalización. Se suele rehuir con total empeño aquello de no ser nadie en ninguna parte, aunque eso signifique pertenecer a organizaciones que, en principio, ni te van ni te vienen, simplemente te ayudan a ser.

Una de las claves decisivas en el curso de la historia personal es cuando aparecen las adherencias patológicas, que silenciosamente derriban las barreras individuales y mediatizan el comportamiento condicionándolo a su merced. De este tipo de fusiones hay demasiadas y demasiado duras, pero quizás las más destructivas y dañinas sean las que llegan a través de las emociones.

Una de las más representativas es la dependencia emocional hacia otra persona, la que modela y motiva la conducta hasta el punto de que deja de ser ella misma para pasar a ser lo que la dominante quiere que sea. En todas las sociedades está descrita esta forma de subordinación y se vivencia con auténtica amargura cuando se llega a descontrolar, cosa que ocurre prácticamente siempre.

Entre las adherencias más perniciosas está, sin duda, la que se materializa en forma de adicción. Una persona sana, libre y sin problemas se convierte en un enfermo cautivo, con las ideas desordenadas y sometidas a despropósitos encadenados, regidos por la pura indefensión. El vínculo que se genera entre el comportamiento adictivo y la forma de vivir es indisoluble y en la mayoría de las ocasiones imperecedero, como las adherencias emocionales a la familia.

Cuando preguntamos a alguien quién es, con qué se identifica, con qué ideología, con quién formaría una familia, qué creencias religiosas tiene, por qué viste como viste, qué literatura prefiere, si se siente mejor durante el día o arropado en la noche, por qué ejerce la profesión que ejerce, con qué sueña cuando está despierto, a quién seguiría sin condiciones, le estamos preguntando por sus adherencias, sus fusiones, sus uniones. Después de todo, qué somos si no estamos adheridos a algo.