Virgen al matrimonio y l@s hij@s que te dé Dios. Hijos a los que, además, advertirás de que si se masturban se quedarán ciegos (no hay “@” porque para las niñas lo de tocarse ni se comtemplaba…) y de l@s que, por supuesto, se ocupará de cuidar la mujer; en casa: donde debe estar.

Afortunadamente algo hemos avanzado. Bueno, no por fortuna sino gracias a una lucha social valiente y sostenida en el tiempo. Así, aunque a nivel general todavía no tengamos una Educación Afectivo-Sexual (en adelante, EAS) completa, rica en contenidos y matices y, por supuesto, igualitaria, los tiempos del oscurantismo represor van quedando enterrados, no sabemos en qué valle.

Y en la EAS, ¿qué consideramos deseable? Como mínimo, hablar de sexo con naturalidad y como algo integrado en nuestro mundo afectivo, respetar la libertad y la diversidad sexual, aprender a conocer nuestro cuerpo y nuestras emociones sin tabúes y sin considerar pecaminoso ni el disfrute ni el placer y, por supuesto, enseñar a utilizar los diferentes métodos anticonceptivos y de protección frente a las Enfermedades de Transmisión Sexual (ETS).

“Bien, esto está claro”, diréis, “pero, ¿qué diantres tiene que ver con las drogas, que es lo vuestro?”. Pues tiene que ver por una oportuna comparación entre ambos temas, en tanto que en la Educación sobre Drogas (ED) seguimos, de modo abrumadoramente mayoritario, en el equivalente al discurso de la virginidad hasta el casamiento.

En el caso de las sustancias psicoactivas, si solamente se promoviese una educación centrada en los riesgos (en los reales; y de modo completo y bien ponderado), se haría algo equiparable a la prevención del contagio de las ETS y de los embarazos no deseados. Algo nada despreciable, por supuesto; bien al contrario, una conquista muy valiosa que hoy se considera imprescindible. En el caso de las drogas ilegales, esto esto sin duda lo hacemos quienes trabajamos la perspectiva de la Reducción de Riesgos, como su propio nombre indica (en adelante RdR) aunque no nos limitamos a eso. Ya hace años, desde algunas asociaciones de RdR se proponía el enunciado “gestión de los placeres y los riesgos”, para integrar una variable que no debe ser ignorada; esto es: una de las razones, el placer, por la que se consumen drogas; la principal, si ese uso es recreativo. Nosotr@s pensamos que además del placer y del riesgo es necesario añadir otros elementos, como el autocuidado de la salud (porque ése es el fin para que el que se consumen muchas ilegales también) pero eso nos llevaría muy lejos y nos desviaría de esta sencilla comparación. Evidentemente, nosotr@s manejamos la definición médico-farmacológica de “droga”, que es la científica. Creemos firmemente que hacemos un flaco favor a la transformación del modo de abordar el tema si aceptamos la denominación “droga” solamente para las ilegales y, aún de modo más restrictivo, para el uso recreativo de éstas.

Sin duda, la ilegalidad de algunas drogas hace que ambos asuntos (ED y EAS) sean muy diferentes, y aunque dicha ilegalidad sea tan joven, históricamente hablando, ha generado un imaginario colectivo hostil al razonamiento y al conocimiento sobre el tema, y lamentablemente esto también afecta a la “prevención”. Nosotr@s suscribimos la argumentación de los autores de un trabajo colectivo en el que se afirmaba que “las campañas supuestamente preventivas son la expresión hecha discurso de los criterios políticos penalizadores con los que se está afrontando el tema”[1] Dicho de otra forma: desde la RdR no necesitamos más que acudir a la química y a la farmacología para ofrecer un discurso y un trabajo diferente. Por ello, no pocas veces se nos acusa infundadamente de promocionar el consumo de drogas.

A estas alturas es muy obvio que la información que se nos ofrece habitualmente tiene un claro sesgo. Por un lado, haciendo esa distinción artificial entre las drogas ilegales y las legales, basada en criterios económico-políticos y no en la ciencia; una distinción que desde luego no tiene tampoco absolutamente nada que ver con la declarada protección a la “salud pública”. En segundo lugar, porque de las sustancias legales, a duras penas consideradas drogas (como en el caso del alcohol, por ejemplo) se nos ponderan beneficios y perjuicios, y a ello se añade el mensaje “consume con responsabilidad” para acallar toda crítica hacia la que en este caso sí es una auténtica promoción del consumo por la vía de la publicidad. Cuando se habla de los “medicamentos”, se sobredimensionan las virtudes y se obvian o minimizan los efectos secundarios, aunque estos estén especificados en un prospecto que casi nadie lee íntegramente. En lo relativo a las drogas ilegales, sin embargo, prácticamente sólo se nos habla de los efectos secundarios o indeseados, y además estos se magnifican, según una estrategia que pretende así evitar o disminuir el consumo pero que a lo que conduce es a la reproducción de la fábula de Pedro y el Lobo y que, por tanto, tiene efectos claramente contrapreventivos.

Nancy Reagan, la cara visible del lanzamiento en los 80s de la campaña “Simplemente, di NO”

En los talleres y cursos que impartimos, sin embargo, se nos demuestra que, incluso sin conocer o sin compartir una cierta lectura histórico-social del tema sino desde el más puro pragmatismo, cada vez más gente tiene claro que después de varias décadas de “simplemente di no a las drogas” (referido sólo a las ilegales), esta perspectiva no es efectiva (para lo que dice pretender, claro) al menos para una parte muy importante de la población. El resultado es que no se reduce significativamente el consumo de las drogas ilegalizadas y que este mensaje coadyuva a que dicho consumo se produzca de un modo inconsciente y desinformado, relativamente oculto y, en ocasiones, estigmatizado.

En el caso de la Educación Afectivo-Sexual, muchos planes municipales y regionales apuntan ya a los objetivos deseables que antes mencionábamos; entre otros motivos, porque l@s profesionales que se dedican a ello actúan como una “punta de lanza” de la sociedad. Est@s, de algún modo, van por delante del imaginario común y contribuyen a que éste se desarrolle y se desprenda de tabúes, de mitos, de estigmas y de otras ETS (en este caso, “Enfermedades de Transmisión Social”). En el caso de la Educación sobre Drogas (ahí dejamos la pregunta…) ¿sucede lo mismo?

En tanto que educador@s deberíamos trabajar desde la escucha y desde la educación en la responsabilidad; desde la objetividad sin sesgos; haciendo prevención de problemas asociados al consumo vs. prevención del consumo per se, de ¡todas! las drogas, hablando de riesgos y también de placeres y de salud y, esto es esencial, educando ¡desde el ejemplo! El hecho de que l@s niñ@s no hacen lo que se les dice que hay que hacer sino lo que ven hacer es una premisa tan obvia y básica como sistemáticamente ignorada en este ámbito.

Además, nos hacemos muchas otras cuestiones: ¿Queremos apuntalar la falsa dicotomía “ciudadan@s de bien” vs. “drogadict@s? ¿Reforzamos la creación de chivos expiatorios de los males sociales? ¿Individualizamos los problemas sociales y los tratamos con pastillas? o ¿entendemos muchos de los problemas con las drogas como síntoma de los problemas sociales y no como su causa? Evidentemente, nosotr@s queremos una sociedad inclusiva; que sea consciente de que todas las personas sin excepción consumimos sustancias, legales o ilegales, de que no es lo mismo uso que abuso y de que lo realmente indeseable es la creación o el mantenimiento de estereotipos excluyentes y estigmatizadores. Por supuesto, pensamos que hay que hacer análisis sociales precisos y no culpabilizar a grupos minoritarios de los problemas de nuestro mundo, ni tampoco ignorar las causas de la depresión o de la ansiedad (por ejemplo) que sufren muchas personas.

A escala global, tal vez estemos en un momento de transición y, dado que las estrategias de Reducción de Riesgos gozan de un mayor reconocimiento (aunque todavía no el suficiente) incluso a nivel de instituciones supranacionales, puede que en poco tiempo avancemos hacia otros horizontes, una vez superados los tan delirantes como falsos objetivos de “un mundo libre de drogas” de hace tan sólo unos lustros. El consenso represivo y la euforia de los que sostenían las bondades de la Prohibición llevaron a Naciones Unidas a afirmar en 1998 que en 10 años se habrían acabado las drogas en todo el planeta. Esas palabras salieron de la boca del entonces secretario general, Kofi Annan, que fue después un declarado antiprohibicionista, ya fuera del cargo…  Por supuesto, quien quisiera “erradicar” las drogas tendría que arrasar toda la vegetación del planeta y algunas especies animales y, claro, muchos laboratorios. Quien quisiera acabar con las personas consumidoras tendría que superar cualquier genocidio pretérito, y actual, y exterminar a toda la población mundial. En realidad, nadie pretende eso ni nada que tenga que ver con la protección a la salud: “sólo” instaurar un sistema de control con beneficios “económicos” (crematísticos) multibillonarios y enormes ventajas políticas, directamente proporcionales a los perjuicios para los derechos, la salud y para la convivencia armónica e inclusiva.

Una vez demostrado que la “guerra contra (algunas) drogas” es una aberración criminal y criminógena; que la ignorancia no genera sino desastres; que la doble moral y el estigma son patologías sociales, como educador@s toca poner nuestro granito de arena para cambiar esto ¿no?

Referencias

[1] González Zorrilla, C. et. al., Repensar las drogas, Grupo IGIA, Barcelona, 1989