Los tres que se rompen
En esa habitación convivíamos varios, y ninguno tenía cuerpo.
Estaba el adicto crónico, el que había perdido la razón y seguía buscando algo que sabía que no iba a encontrar. Estaba la locura y estaba la muerte. Y había, sobre todo, tres figuras mías que se ***** lo poco que quedaba de mí.
El primero era el otro Aarón: el que conservaba algo de cordura, el que en medio del humo me traía pequeñas ráfagas de lucidez y me decía sálvate, sal de aquí, te estás volviendo loco.
Ese Aarón me había acompañado siempre, me había esperado sentado a que saliera del motel para irnos juntos al norte, me había aceptado todas las decisiones incorrectas como un cómplice incondicional. Pero un día, en esa habitación, sentí que ese Aarón se estaba cansando. Que ya no me validaba. Que se quería ir. Y entendí que cuando esa parte se marcha, cuando ya no te asegura que va a regresar con su ráfaga de lucidez, estás navegando el umbral del fin de tu existencia. Porque el mundo ya lo habías perdido hacía tiempo. A Dios ya lo habías perdido. Y si encima se va el único que te traía cordura, no queda nada.
Y entonces, a veces, aparecía el tercero: el muchacho que andaba a caballo. El que subía montañas, el que jugaba fútbol, el que tenía planes. El adolescente que tenía sueños. Lo veía ahí, frente a mí, triste, frustrado, decepcionado, diciéndome sin reproche: esto no encaja en el plan que teníamos. Teníamos otros planes. Había otros sueños.
Esa confrontación entre los tres — el que conserva la cordura y se cansa, el muchacho que pregunta por los sueños rotos, y el adicto que sabe que ya no hay retorno — es, posiblemente, la antesala de la muerte. O la antesala del regreso. Si en ese punto no tomas la opción de volver, ya no la tomas nunca. Entras en el punto de no retorno.
…
«Dos más dos nunca fueron cuatro» —
El programa de doce pasos como estructura de recuperacion
-
Aaron Salter
- Mensajes: 534
- Registrado: 02 Sep 2008 03:41
- Ubicación: Dallas, TX, USA
-
Aaron Salter
- Mensajes: 534
- Registrado: 02 Sep 2008 03:41
- Ubicación: Dallas, TX, USA
Re: El programa de doce pasos como estructura de recuperacion
Crié a tres hijos cubriendo el lugar de una madre ausente por su consumo. Rescaté: pagué lo que se rompía, escondí ante ellos lo que pasaba, sostuve una vida que no me tocaba sostener. Y me creía sano por eso. El enfermo era el que consumía; yo era el que aguantaba.
Lo que había debajo lo vi tarde. Creerme capaz de salvarla era el mismo pensamiento torcido de mi propia adicción — yo puedo con esto, yo la rescato —, solo que apuntado hacia ella. Me creía el salvador; por dentro me victimizaba; y más al fondo esperaba en secreto un premio por aguantar. Toda esa maquinaria, montada para proteger, nos hizo daño a mis hijos, a mí y a ella — en ese orden.
Porque la sintomatología adictiva se somatiza: sin tocar la sustancia, empiezas a pensar y a actuar como el que consume. Los mecanismos inconscientes que el psiquiatra Abraham Twerski describió en el pensamiento adicto — la negación, el autoengaño, la proyección — se mudan a vivir dentro del que no usa. La que nunca bebió pero organizó su vida entera alrededor del que bebía. La madre que dejó de dormir. El que se perdió tratando de controlar a otro. El adicto y el codependiente son dos caras de la misma forma de mirar.
Por eso la salida también es la misma. Yo quería gobernar lo que sentían los demás, el desenlace de cada noche, el consumo de otra persona — todo lo que nunca estuvo a mi cargo — y mientras tanto soltaba lo único que sí lo estaba: mi siguiente decisión. Me victimizaba por la situación — pobre de mí, mira lo que me tocó — hasta que el asunto se puso simple: hacerme responsable de lo que me toca. Y en mi caso, el vecino no iba a venir a cuidar a mis hijos. Eso me sacó de la conmiseración y me puso en la dirección correcta.
Recuperarse, para el que cuida, empieza ahí: cada cosa en su columna. Lo que no me toca, lo suelto; lo que me toca, lo atiendo. No es abandonar al que amas. Es dejar de enfermarte con él.
Si organizaste tu vida alrededor de alguien que consume, esto también habla de ti. No como culpa: como puerta. Tú no lo empezaste, tú no lo controlas, tú no lo detienes. Lo tuyo es tu lado de la vereda.
Del Libro 2, “Aprendiendo a sumar”, donde el codependiente no es espectador: es uno de los protagonistas.
Lo que había debajo lo vi tarde. Creerme capaz de salvarla era el mismo pensamiento torcido de mi propia adicción — yo puedo con esto, yo la rescato —, solo que apuntado hacia ella. Me creía el salvador; por dentro me victimizaba; y más al fondo esperaba en secreto un premio por aguantar. Toda esa maquinaria, montada para proteger, nos hizo daño a mis hijos, a mí y a ella — en ese orden.
Porque la sintomatología adictiva se somatiza: sin tocar la sustancia, empiezas a pensar y a actuar como el que consume. Los mecanismos inconscientes que el psiquiatra Abraham Twerski describió en el pensamiento adicto — la negación, el autoengaño, la proyección — se mudan a vivir dentro del que no usa. La que nunca bebió pero organizó su vida entera alrededor del que bebía. La madre que dejó de dormir. El que se perdió tratando de controlar a otro. El adicto y el codependiente son dos caras de la misma forma de mirar.
Por eso la salida también es la misma. Yo quería gobernar lo que sentían los demás, el desenlace de cada noche, el consumo de otra persona — todo lo que nunca estuvo a mi cargo — y mientras tanto soltaba lo único que sí lo estaba: mi siguiente decisión. Me victimizaba por la situación — pobre de mí, mira lo que me tocó — hasta que el asunto se puso simple: hacerme responsable de lo que me toca. Y en mi caso, el vecino no iba a venir a cuidar a mis hijos. Eso me sacó de la conmiseración y me puso en la dirección correcta.
Recuperarse, para el que cuida, empieza ahí: cada cosa en su columna. Lo que no me toca, lo suelto; lo que me toca, lo atiendo. No es abandonar al que amas. Es dejar de enfermarte con él.
Si organizaste tu vida alrededor de alguien que consume, esto también habla de ti. No como culpa: como puerta. Tú no lo empezaste, tú no lo controlas, tú no lo detienes. Lo tuyo es tu lado de la vereda.
Del Libro 2, “Aprendiendo a sumar”, donde el codependiente no es espectador: es uno de los protagonistas.
-
Aaron Salter
- Mensajes: 534
- Registrado: 02 Sep 2008 03:41
- Ubicación: Dallas, TX, USA
Re: El programa de doce pasos como estructura de recuperacion
Pedacitos de corazón !
Esta frase la escribí hace años, en un foro de drogas, cuando vivía en Estados Unidos. Allá hay una expresión que me perseguía: sacar los esqueletos del clóset. Y lo más perturbador era esto: yo no sabía cuáles eran los míos. Sabía que ahí estaban — los sentía moverse detrás de las puertas — pero no tenían rostro ni nombre.
Aarón, vuelve por los pedazos de tu corazón que fuiste regando en el camino. Los vas a necesitar para volver a vivir.
No me la escribí yo, en realidad. Me la pidió mi necesidad de sanar: regresar y ponerle rostro y nombre a cada esqueleto de mi clóset.
Porque aparecían en mi vida sin llamarlos. Caían sobre mí como rayos que me quemaban, sin preguntarme si estaba de acuerdo en volver a sentir ese dolor. Eran mis heridas abiertas pidiéndome que regresara a cerrarlas, como muertos pidiendo sepultura. En cada herida, un secreto; en cada secreto, un dolor recordándome. Secretos de mis daños — los que recibí y los que hice. Fui víctima y fui agresor, y de los dos lados quedaron pedazos.
No es lo que cantaba Janis Joplin. Esto era más hondo: volver a enfrentarme con lo más abyecto de mi propia historia sin querer volverla a vivir. Querer seguir huyendo de los fantasmas que me atrapaban por las noches — y no saber cómo hacer las paces con ellos.
Nadie quiere volver al lugar donde lo lastimaron. Yo menos: me había estructurado entero para no pasar por ahí. Pero en cada uno de esos lugares había quedado un pedazo de mi corazón, y fui a recogerlos uno por uno.
Y esto es lo que puedo decir hoy, con la vida de testigo: ya se fueron. Ya se fueron cuando los recogí. Los fantasmas no pedían que huyera de ellos — pedían que volviera por ellos.
Los muertos dejaron de penar cuando les di sepultura.
Con esos pedazos volví a vivir.
Saludos.
Esta frase la escribí hace años, en un foro de drogas, cuando vivía en Estados Unidos. Allá hay una expresión que me perseguía: sacar los esqueletos del clóset. Y lo más perturbador era esto: yo no sabía cuáles eran los míos. Sabía que ahí estaban — los sentía moverse detrás de las puertas — pero no tenían rostro ni nombre.
Aarón, vuelve por los pedazos de tu corazón que fuiste regando en el camino. Los vas a necesitar para volver a vivir.
No me la escribí yo, en realidad. Me la pidió mi necesidad de sanar: regresar y ponerle rostro y nombre a cada esqueleto de mi clóset.
Porque aparecían en mi vida sin llamarlos. Caían sobre mí como rayos que me quemaban, sin preguntarme si estaba de acuerdo en volver a sentir ese dolor. Eran mis heridas abiertas pidiéndome que regresara a cerrarlas, como muertos pidiendo sepultura. En cada herida, un secreto; en cada secreto, un dolor recordándome. Secretos de mis daños — los que recibí y los que hice. Fui víctima y fui agresor, y de los dos lados quedaron pedazos.
No es lo que cantaba Janis Joplin. Esto era más hondo: volver a enfrentarme con lo más abyecto de mi propia historia sin querer volverla a vivir. Querer seguir huyendo de los fantasmas que me atrapaban por las noches — y no saber cómo hacer las paces con ellos.
Nadie quiere volver al lugar donde lo lastimaron. Yo menos: me había estructurado entero para no pasar por ahí. Pero en cada uno de esos lugares había quedado un pedazo de mi corazón, y fui a recogerlos uno por uno.
Y esto es lo que puedo decir hoy, con la vida de testigo: ya se fueron. Ya se fueron cuando los recogí. Los fantasmas no pedían que huyera de ellos — pedían que volviera por ellos.
Los muertos dejaron de penar cuando les di sepultura.
Con esos pedazos volví a vivir.
Saludos.
-
Aaron Salter
- Mensajes: 534
- Registrado: 02 Sep 2008 03:41
- Ubicación: Dallas, TX, USA
Re: El programa de doce pasos como estructura de recuperacion
En física, la distancia más corta entre dos puntos es una línea recta. Yo llegué a la recuperación creyendo eso: que existía una ruta directa entre mi enfermedad y mi cura, y que bastaba con encontrarla y caminarla rápido. Era la misma lógica de mi adicción, que siempre exigió todo inmediato y completo.
La sanación me enseñó otra geometría. Mi camino no fue una recta: fue un garabato, una espiral, un zigzag. Tuve que retroceder para avanzar — volver a las heridas, revisar dónde caí y por qué, recoger lo que había dejado regado en el camino. Una línea recta no tiene memoria. Yo necesité toda la mía.
Y en cada curva me esperaba la misma pregunta, la más difícil que me ha hecho la vida: distinguir entre lo que me gusta y lo que necesito. Mi adicción hablaba en el idioma de lo que me gusta. Mi recuperación me pidió el idioma contrario: dejar de hacer lo que me pedía mi problema y empezar a hacer lo que me pedía mi sanación. Mientras no aprendí a separar esas dos cosas, no pude establecer la dirección que la vida me estaba pidiendo.
Hubo también tramos en que no avancé nada. Mesetas donde parecía que nada cambiaba, días de luto por la vida que dejaba atrás, y de pronto saltos que no vi venir. Con el tiempo entendí que esas pausas no eran fracaso: eran la vida acomodando por dentro lo que yo había movido. Hasta los tropiezos terminaron formando parte del diseño del camino — cada desvío me dejó un aprendizaje que después me sostuvo.
Y esto no vale solo para el que consume. Quien ama a alguien que se está perdiendo también sana en zigzag: también retrocede, también culpa, también pasa años sin definirse — esperando que el otro cambie para recién entonces vivir. Su camino tiene las mismas curvas que el mío.
Pero hay un lugar donde esta geometría ya no aplica, y lo conozco por dentro. Cuando adopté la actitud que inmoviliza. Cuando en secreto quise seguir siendo parte del problema y no de la solución. Cuando justifiqué, busqué culpables y me instalé en la queja. Cuando usé las opciones mentales que mi propio problema me imponía y, en mi negación y autoengaño, ni siquiera fui capaz de leerlo. Ahí no había curva, ni espiral, ni nada opuesto a la línea recta. Ahí no estaba caminando: estaba atrapado. Ahí lo que habita es el factor X de la adicción moviendo los hilos por debajo, haciéndome creer que pensaba, cuando era él quien pensaba por mí. La curva se camina; la trampa se habita. Y la diferencia entre una y otra la marca una sola palabra, la más incómoda de mi recuperación: honestidad.
Hoy, cuando alguien se desespera porque el camino propio o el del que ama está lleno de vueltas, pienso en esto: exigirle una línea recta a una persona que sana es pedirle a la vida que se comporte como una máquina. Y lo que se está reconstruyendo no es una máquina.
Es una vida. Y las vidas se reconstruyen en zigzag.
Este texto forma parte de un camino que sigo contando por escrito. Quien quiera acompañarlo — testimonios, reflexiones y los libros que vienen — puede encontrarme en aaronsalter.substack.com. Como siempre, gracias a lasdrogas.info, donde esta historia empezó.
La sanación me enseñó otra geometría. Mi camino no fue una recta: fue un garabato, una espiral, un zigzag. Tuve que retroceder para avanzar — volver a las heridas, revisar dónde caí y por qué, recoger lo que había dejado regado en el camino. Una línea recta no tiene memoria. Yo necesité toda la mía.
Y en cada curva me esperaba la misma pregunta, la más difícil que me ha hecho la vida: distinguir entre lo que me gusta y lo que necesito. Mi adicción hablaba en el idioma de lo que me gusta. Mi recuperación me pidió el idioma contrario: dejar de hacer lo que me pedía mi problema y empezar a hacer lo que me pedía mi sanación. Mientras no aprendí a separar esas dos cosas, no pude establecer la dirección que la vida me estaba pidiendo.
Hubo también tramos en que no avancé nada. Mesetas donde parecía que nada cambiaba, días de luto por la vida que dejaba atrás, y de pronto saltos que no vi venir. Con el tiempo entendí que esas pausas no eran fracaso: eran la vida acomodando por dentro lo que yo había movido. Hasta los tropiezos terminaron formando parte del diseño del camino — cada desvío me dejó un aprendizaje que después me sostuvo.
Y esto no vale solo para el que consume. Quien ama a alguien que se está perdiendo también sana en zigzag: también retrocede, también culpa, también pasa años sin definirse — esperando que el otro cambie para recién entonces vivir. Su camino tiene las mismas curvas que el mío.
Pero hay un lugar donde esta geometría ya no aplica, y lo conozco por dentro. Cuando adopté la actitud que inmoviliza. Cuando en secreto quise seguir siendo parte del problema y no de la solución. Cuando justifiqué, busqué culpables y me instalé en la queja. Cuando usé las opciones mentales que mi propio problema me imponía y, en mi negación y autoengaño, ni siquiera fui capaz de leerlo. Ahí no había curva, ni espiral, ni nada opuesto a la línea recta. Ahí no estaba caminando: estaba atrapado. Ahí lo que habita es el factor X de la adicción moviendo los hilos por debajo, haciéndome creer que pensaba, cuando era él quien pensaba por mí. La curva se camina; la trampa se habita. Y la diferencia entre una y otra la marca una sola palabra, la más incómoda de mi recuperación: honestidad.
Hoy, cuando alguien se desespera porque el camino propio o el del que ama está lleno de vueltas, pienso en esto: exigirle una línea recta a una persona que sana es pedirle a la vida que se comporte como una máquina. Y lo que se está reconstruyendo no es una máquina.
Es una vida. Y las vidas se reconstruyen en zigzag.
Este texto forma parte de un camino que sigo contando por escrito. Quien quiera acompañarlo — testimonios, reflexiones y los libros que vienen — puede encontrarme en aaronsalter.substack.com. Como siempre, gracias a lasdrogas.info, donde esta historia empezó.
-
Aaron Salter
- Mensajes: 534
- Registrado: 02 Sep 2008 03:41
- Ubicación: Dallas, TX, USA
Re: El programa de doce pasos como estructura de recuperacion
Hay una escena de Forrest Gump que nunca me abandonó. El teniente Dan, en plena guerra de Vietnam, le enseña a Forrest la lección menos heroica y más importante del combate: cuídate los pies, mantenlos secos, cámbiate las medias. La guerra no la gana el más valiente ni el que tiene el arma más grande. La gana el soldado que puede seguir caminando.
En mi rehabilitación entendí que yo también estaba en una guerra, y que mis pies secos eran otra cosa: una mente correctamente informada, funcionando en base a la verdad.
Porque yo entré a esta guerra con los pies empapados. Empapados de pensamiento mágico: todos los días creía que iba a despertar una mañana y mi adicción habría desaparecido sola. Empapados de pensamiento milagroso: esperaba una cura que no me costara nada. Empapados de pensamiento chueco: esa lógica torcida que siempre encontraba el camino de vuelta al consumo disfrazado de razón.
Y el más traicionero de todos: el pensamiento camaleónico. Mi opinión cambiaba según quién hablara. Si alguien reforzaba lo que yo quería pensar y hacer, ese era mi sabio. Si alguien me decía la verdad, ese era mi enemigo. Así elegía yo a mis consejeros: no buscaba quien me guiara — buscaba quien me diera la razón. Alcahuetes. Agradadores. Gente buena, a veces, que sin saberlo me ayudaba a hundirme con palabras suaves. (De los padrinos cómplices hablaremos otro día; merecen su propia página.)
La información real fue exactamente lo contrario: fue todo lo que yo no quería oír. Que mi enfermedad era crónica. Que no había dosis controlada para mí. Que mi manera de pensar era parte del problema. Que la salida existía, pero pasaba por hacer todo lo que mi adicción me prohibía. Cada verdad de esas me cayó como agua congelada — y mientras más agua congelada, más secos mis pies y más cordura en mi cabeza.
Por eso hoy digo que en esta guerra la mejor arma no es la fuerza de voluntad, que a mí se me rompió mil veces. Ni mis buenas intenciones. Ni mis planes brillantes que operan en secreto. Es la información. La verdad dicha completa, sin adornos, venga de quien venga y me guste o no. La negación fue el pantano donde mi guerra se perdía todos los días; la verdad fue el terreno seco donde pude, por fin, empezar a caminar.
La guerra se gana con las medias y los pies secos. La recuperación, con la información surgida del conocimiento: cuando hago preguntas obtengo respuestas, con las respuestas obtengo conocimiento, y el conocimiento me lleva a la libertad.
Saludos.
En mi rehabilitación entendí que yo también estaba en una guerra, y que mis pies secos eran otra cosa: una mente correctamente informada, funcionando en base a la verdad.
Porque yo entré a esta guerra con los pies empapados. Empapados de pensamiento mágico: todos los días creía que iba a despertar una mañana y mi adicción habría desaparecido sola. Empapados de pensamiento milagroso: esperaba una cura que no me costara nada. Empapados de pensamiento chueco: esa lógica torcida que siempre encontraba el camino de vuelta al consumo disfrazado de razón.
Y el más traicionero de todos: el pensamiento camaleónico. Mi opinión cambiaba según quién hablara. Si alguien reforzaba lo que yo quería pensar y hacer, ese era mi sabio. Si alguien me decía la verdad, ese era mi enemigo. Así elegía yo a mis consejeros: no buscaba quien me guiara — buscaba quien me diera la razón. Alcahuetes. Agradadores. Gente buena, a veces, que sin saberlo me ayudaba a hundirme con palabras suaves. (De los padrinos cómplices hablaremos otro día; merecen su propia página.)
La información real fue exactamente lo contrario: fue todo lo que yo no quería oír. Que mi enfermedad era crónica. Que no había dosis controlada para mí. Que mi manera de pensar era parte del problema. Que la salida existía, pero pasaba por hacer todo lo que mi adicción me prohibía. Cada verdad de esas me cayó como agua congelada — y mientras más agua congelada, más secos mis pies y más cordura en mi cabeza.
Por eso hoy digo que en esta guerra la mejor arma no es la fuerza de voluntad, que a mí se me rompió mil veces. Ni mis buenas intenciones. Ni mis planes brillantes que operan en secreto. Es la información. La verdad dicha completa, sin adornos, venga de quien venga y me guste o no. La negación fue el pantano donde mi guerra se perdía todos los días; la verdad fue el terreno seco donde pude, por fin, empezar a caminar.
La guerra se gana con las medias y los pies secos. La recuperación, con la información surgida del conocimiento: cuando hago preguntas obtengo respuestas, con las respuestas obtengo conocimiento, y el conocimiento me lleva a la libertad.
Saludos.