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Así aprovechó la industria del tabaco la pandemia de COVID-19 para promocionarse a sí misma y a sus productos

Así aprovechó la industria del tabaco la pandemia de COVID-19 para promocionarse a sí misma y a sus productos

A río revuelto, ganancia de pescadores. La industria tabaquera ha hecho de la crisis sanitaria de la COVID-19 una oportunidad para promocionar sus productos con nicotina, atenuar el daño percibido hacia el tabaco y mejorar su imagen pública a nivel internacional. Las estrategias realizadas con este fin han sido múltiples y variadas y han estado regadas con millones y millones de euros desde fundaciones o directamente desde las empresas tabacaleras.

Pocos imaginaban que una epidemia mundial por un virus respiratorio que puede provocar graves daños en los pulmones podría beneficiar, de alguna forma, a las tabacaleras, que producen y venden productos que causan daños progresivos a estos órganos, junto a otros muchos efectos perjudiciales en el cuerpo humano. Sin embargo, las empresas del tabaco han sabido utilizar la situación a su favor.

La paradójica «protección» del tabaco/nicotina frente a la COVID-19

A comienzos de la pandemia, multitud de medios de comunicación a lo largo del mundo se hicieron eco de una paradójica hipótesis: «¿Podría la nicotina proteger frente a la COVID-19?» Algunos estudios preliminares en países como China o Francia parecían indicar, en aquel entonces, que los fumadores sufrían con menos frecuencia esta enfermedad en su forma grave que la población general. No obstante, los escándalos en este asunto no tardaron en llegar. Los periodistas Stéphane Horel y Ties Keyzer han publicado recientemente en la revista médica The British Medical Journal (TheBMJ) un reportaje de investigación en el que se detalla cómo la industria del tabaco estuvo involucrada en respaldar y difundir la hipótesis de la nicotina protectora frente a la enfermedad provocada por el nuevo coronavirus.

Como explican Horel y Keyzer, los dos artículos preliminares (preprints) que dieron fuerza a la idea de la nicotina beneficiosa frente a la COVID-19 aparecieron en abril de 2020. Eran el fruto de una investigación liderada por el médico Zahir Amoura, del hospital Pitié-Salpêtrière en París. En ellos se documentaba que en torno al 5 % de los pacientes con COVID-19 eran fumadores (una frecuencia mucho menor de lo esperada por el porcentaje de fumadores en la población general) y que «los sustitutos de nicotina podrían ser un tratamiento efectivo para las infecciones agudas como la COVID-19».

Estos preprints -artículos que no han pasado por la revisión de otros científicos- recibieron multitud de críticas científicas por especular a partir de resultados obtenidos con grandes limitaciones metodológicas y sesgos importantes. Pronto, se descubrió que el laboratorio de uno de los autores, Jean-Pierre Changeux, había recibido grandes sumas de dinero por parte de la industria tabacalera (concretamente del Consejo para la Investigación del Tabaco) hasta, como mínimo, 1998. Cuando los periodistas preguntaron a Changeux sobre su relación con la industria del tabaco este negó haber recibido algún tipo de financiación «directa o indirecta» desde los años 90.

Por ahora, no ha podido demostrarse ninguna relación actual de las tabacaleras con los autores de los anteriores estudios. Sin embargo, esto no ha sido el caso para el polémico artículo científico que se publicó en julio de 2020 en la revista científica European Respiratory Journal. En dicho artículo, los investigadores afirmaban que los fumadores tenían menos riesgo de contagiarse de coronavirus que los no fumadores y que «fumar no se asociaba con un resultado adverso” en los pacientes hospitalizados por esta enfermedad. De nuevo, este artículo recibió numerosas críticas científicas que cuestionaban su validez.

Las conclusiones de este estudio eran radicalmente opuestas a la revisión científica publicada por la OMS un mes antes en la que se afirmaba que «en el momento de esta revisión, la evidencia disponible sugiere que fumar está asociado con una mayor gravedad de enfermedad y muerte en los pacientes hospitalizados por la COVID-19». Otra revisión científica sobre la materia, publicada en agosto de 2020, explicaba que «por ahora, los datos que apoyan las afirmaciones paradójicas sobre los fumadores son limitados y cuestionables».

A pesar de las críticas, lo que llevaría a retractar el artículo en la revista European Respiratory Journal el pasado marzo de 2021 no fue su escasa calidad científica, sino la falta de ética: se descubrió que dos de los autores habían ocultado que tenían conflictos de intereses por recibir financiación de la industria del tabaco y los cigarrillos electrónicos. Otros dos autores, con relaciones probadas con la industria del tabaco en el pasado, tampoco han expresado conflicto de intereses y no se ha podido demostrar, por ahora, que recibieran financiación por parte de esta.

Las inversiones multimillonarias de la industria del tabaco para darle la vuelta a la pandemia

La OMS ya había alertado a lo largo de la pandemia que la industria del tabaco había establecido varias estrategias para promocionar su imagen y sus productos frente a la COVID-19. Entre ellas, destacaba tres tácticas:

Por un lado la distorsión del conocimiento sobre el verdadero riesgo que supone fumar para sufrir una COVID-19 grave: las tabacaleras han destinado grandes cantidades de dinero a investigadores para estudiar la hipótesis de la nicotina protectora frente a la COVID-19 y difundir los resultados a favor de esta idea. Solo la Fundación para el Mundo Libre de Humo (fundada por Philip Morris ) destinó 900.000 euros en junio de 2020 a estudios «para comprender mejor la asociación entre fumar y/o el uso de nicotina, la infección por COVID-19 y el resultado clínico».

La OMS explicaba: «Estos estudios, algunos de los cuales han mostrado graves fallos metodológicos, intentan minimizar el consumo de tabaco como un factor de riesgo para una enfermedad grave y potencialmente fatal».

También aplicaban el uso de la pandemia para promocionar su imagen pública como empresas beneficiosas para la sociedad: históricamente, la industria del tabaco ha recurrido a tácticas de responsabilidad social para lavar su imagen pública, hacer progresos en sus objetivos económicos y ganarse la confianza de la población. La OMS está en contra de dichas prácticas por su «inherente contradicción» y porque los daños económicos y humanos que provoca el tabaco son muy superiores a estas actividades de responsabilidad social. Por eso, ha solicitado en varias ocasiones a los gobiernos que prohíban estas acciones.

En países como Italia, Sudáfrica y Brasil, la industria del tabaco presionó a los gobiernos para que consideraran los estancos y las tiendas de vaporizadores como negocios «esenciales». Las tabacaleras también han realizado importantes donaciones a numerosos países: respiradores, geles hidroalcohólicos, dinero, alcohol, equipos de protección individual, alimentos… Juan Miguel Rey-Pino, profesor titular de Marketing Social de la Universidad de Granada, explicaba a la Agencia Efe cómo las tabacaleras se publicitaron a través de redes sociales e influencers mediante concursos o difundiendo consejos para el confinamiento y la desescalada.

En tercer lugar, la promoción de la venta online de productos con tabaco, cigarrillos electrónicos y otros dispositivos para fumar a través de un marketing agresivo. Se han documentado numerosas campañas publicitarias en diversos países sobre estos artículos. Por ejemplo, en Guatemala, Rumanía, Italia, España y otros Estados, las dos empresas tabacaleras más importantes, Philip Morris y British American Tobacco, usaron la etiqueta «Quédate en casa», utilizada por gobiernos y autoridades sanitarias en las redes sociales, para hacer publicidad de productos de tabaco sin combustión y cigarrillos electrónicos.

En Estados Unidos, se promocionaron este tipo de productos regalando mascarillas u ofreciendo descuentos asociados a la COVID-19 y algunas empresas directamente realizaron afirmaciones de salud ilegales. Fue el caso de la empresa Bidi Vapor que afirmaba en Instagram que «un palo Bidi al día mantiene al neumólogo alejado».

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