Ana Burgos es antropóloga, comunicadora social y coordinadora del Proyecto Malva, sobre género y drogas, y del Observatorio Noctá[email protected], que aborda la relación entre el consumo de drogas y las violencias sexuales en contexto de ocio nocturno, ambos de la Fundación Salud y Comunidad. Y abstemia: “Te cuento un poco mi trayectoria abstemia, igual le meto análisis de cosas que he pensado así a nivel más profesional después pero que me atraviesan también”. Así empieza el recorrido desde su malestar individual como abstemia al malestar social, haciendo un cóctel con su experiencia sobre la implementación de la perspectiva de género en el ámbito de las drogas. Una puede pensar que hablar de drogas y género es hablar sólo de cómo en la cultura del alcohol -patriarcal y capitalista- se exime a ellos y se las culpa a ellas ante la violencia sexual. Pero Ana Burgos va más allá, mostrándonos con perspicacia la cantidad de desigualdades de género que hay en los contextos de consumo.

Ana Burgos es la gota que derrama el vaso -de birra- con intención, porque está cansada de que se los traigan cuando ya ha dicho que no, de la invisibilización de las existencias abstemias, de los machitos y la masculinidad asociada al alcohol, del androcrentrismo en el ámbito de la droga y de la falta de perspectiva de género en los servicios de prevención, atención y tratamiento de las drogodepencias.

¿Desde cuándo eres abstemia?
Yo bebía cuando era adolescente, con unos 15 años, porque me socialicé en el consumo masivo de alcohol. Consumí alcohol hasta los 28 años. Cada vez me gustaba menos cómo me ponía cuando estaba borracha y la resacas que tenía eran horribles. He bebido porque había que beber para ponerse borracha y socializar para ser integrada en el grupo, pero no realmente porque disfrutara del sabor. Yo, de hecho, tenía una frase de adolescente que decía: “Ojalá existiera una pastillita que fuera un cubata y me la bebía con Cocacola que es lo que a mí me gusta”. Hace ya unos cuatro o cinco años decidí que no quería beber. Y aunque me considero abstemia, alguna vez bebo y después me sienta fatal y pienso que para qué; siempre hago lo mismo. A veces lo que hago en Andalucía es beberme un tinto de verano en vacaciones porque todavía lo concibo como un premio, es muy fuerte.

Lo típico de: “Me voy a tomar una birra cuando salga de currar o me la voy a pegar gorda cuando salga del examen”, ¿no?
Estas son frases que hemos oído a lo largo de nuestra vida un montón. Es muy fuerte que después de tantos años sin consumir alcohol, porque sé que no me sienta bien, todavía sigo concibiéndolo como un premio al trabajo y al esfuerzo, como un momento para mí, de relax y de descanso. Y a veces salgo de un día muy duro y digo: “Me voy a beber un vino, me lo merezco”, y después me sienta como el culo. Creo que esa concepción del alcohol como momento de autorregalo o regalo colectivo sigue muy presente. Ahora me voy a comer a un sitio guay o me compro algo que me guste un montón. Me he vuelto un poco mayor y un poco burguesa [Ríe].

¿Cómo ha sido el politizar la decisión de ser abstemia?
Le he dado la importancia que tiene al alcohol y lo he problematizado porque no está estigmatizado. Tiene estigma cuando es un problema muy grave, como el alcoholismo visible. Especialmente si eres mujer y si tienes una cierta edad: si eres mujer con obligaciones sociales de cuidado, maternidad, trabajo, se te ve mucho más patética, se da una intensa penalización social. En los hombres está mucho más tolerado. Ahora lo veo como una droga mucho más fuerte, dañina y peligrosa que otras. He cuestionado ciertos valores imperantes y he desnormalizado algunos efectos del alcohol que siento que están muy normalizados. Que tengan la mandíbula en Pekín o las pupilas del tamaño de una manzana, no me asusta. Me parece mucho peor alguien que no pueda vocalizar, que se esté cayendo al suelo o que le esté tocando las tetas a todas. Me parecen mucho más fuertes los efectos del alcohol. Y eso es lo que fui elaborando políticamente a raíz de mi malestar individual. Si no se politiza se podría pensar que si te sienta mal el alcohol sería tan fácil como no beber alcohol, es como si me sienta mal el tomate, pues no comas más tomate. Pero es que en este mundo no se socializa a través del tomate, no hay un presión social para que comas tomate, no te da estatus social beber tomate, no está en todos los espacios en los que compras. La ausencia de alcohol me generó otros problemas que ya no eran físicos, sino sociales.

¿Cómo vives esta presión social para beber?
Esto lo leí una vez de tu muro de Facebook, que dices más veces “no es no” a la gente que bebe alcohol que a los machirulos. Aunque no haya una presión directa, sí hay una presión tácita. Se siente una presión bastante fuerte que con otras drogas no existe. A lo mejor me ofrecen una rayita y digo que no, y no insisten más. Pero cuando dices que no a una birra insisten y aún diciendo que no, me han llegado a traer birras. Tienes que decir que tienes un problema de hígado o que fuiste alcohólica y lo dejaste, o posicionarte como abstemia de manera muy tajante para que la gente no te insista. Hay un juicio directo porque no perteneces al grupo, no vas a estar tan a fuego como el resto, y por otro lado hay toda una dinámica social indirecta en una sociedad construida para el consumo de alcohol como manera de pasar tiempo en grupo y generar diversión. Pasar la tarde sin alcohol en un bar o en una plaza es inconcebible. Aquí no hay alternativas a las bebidas azucaradas, por ejemplo batidos de fruta naturales. Todas las bebidas son con gas y con azúcar.

¿Echas algo en falta por esta exclusión?
Las borracheras de tarde las he echado mucho de menos porque es como una liada tonta. Ahora ya no me pasa, voy a comer, la gente se pone así y yo a las cinco pienso “vaya aburrimiento” y me voy a mi casa. Tenemos una sociedad superalcohólica que no da espacio a otras existencias. Y aunque me pierdo cosas, entre ellas los momentos de tontería colectiva en los que yo no entro, gano muchas otras.

Coordinas dos proyectos sobre género y drogas, el Proyecto Malva y el Observatorio Noctá[email protected] En primer lugar, ¿qué es el Proyecto Malva y cómo surge?
Nació en el 99 para investigar por qué en las relaciones de pareja heterosexual con consumo activo hay mucha incidencia de violencia de género. Nació con un enfoque que ha ido evolucionando. Ahora es más amplio, no está centrando en relaciones de pareja sino en diferencias y desigualdades de género en los contextos de consumo. Y básicamente hacemos formación a profesionales, campañas y también hacemos un encuentro estatal de profesionales de drogas y género. Hay un video que colgamos hace poco que se llama ‘Abordemos las drogas con gafas violetas’, y es una introducción a este tema, aportando claves para la incorporación la perspectiva de género en el ámbito de las drogas.

¿Y en cuanto al Observatorio Noctá[email protected]?
Noctá[email protected] es un observatorio que nace en 2013, como un hijito del Malva. Es un proyecto que analiza el consumo desde una perspectiva de género. Nace porque en los contextos de consumo de jóvenes, los profesionales hablan de reducción de riesgos de la noche sin hablar de la violencia sexual a la que estamos expuestas las mujeres por parte de los tíos. Este observatorio nace para visibilizar este riesgo que está súper normalizado. De hecho, se piensa que son jóvenes locos que salen y se drogan. La violencia sexual como riesgo para las mujeres está invisibilizada por esta perspectiva androcéntrica. Se habla de destrozos del mobiliario humano, problemas de salud, sanciones administrativas y nunca se habla de la violencia sexual. En Noctá[email protected] hacemos investigación, campañas y formación a profesionales que trabajan en prevención, atención y tratamiento, para que puedan adaptar los recursos con esta visión. Y también a entidades que trabajan en la organización de fiestas, en barra, en puntos lila, en barracas. Tenemos mucha actividad en las redes sociales y una web que tiene una biblioteca virtual con recursos. Y organizamos siempre una jornada anual donde presentamos el informe del año sobre las violencias sexuales en los contextos de ocio nocturno y consumo de drogas.

¿Qué conclusiones habéis sacado en el último informe?
La conclusión principal relacionada con el alcohol es que en los contexto festivos donde hay consumo de alcohol hay una cierta tolerancia a las violencias sexuales. El consumo de alcohol exime responsabilidad a los chicos porque se adecua a la norma de género al asociarse con la masculinidad. Cuando agreden bajo efectos del alcohol se suele decir: “Estaba borracho, pobrecito, no sabía lo que hacía”. Y cuando las mujeres se emborrachan, al romper la norma de género de ser prudentes se las criminaliza un montón, se las culpabiliza de las propias violencias que reciben bajo la excusa del alcohol. No es que haya más violencia sexual porque hay alcohol de por medio, no tiene que ver con el consumo, tiene que ver con la masculinidad y el patriarcado. El problema no es que haya consumo de alcohol, sino la tolerancia social que hay hacia la violencia sexual, precisamente porque el consumo de alcohol exime a ellos y responsabiliza a ellas. Este mundo me ha dicho que soy susceptible de recibir violencia también si me drogo, si me pongo muy pedo y descontrolo. En el fondo sigue operando el patetismo que rodea a las mujeres que no son prudentes o buenas mujeres. Por eso nosotras no demostramos tanto que bebemos un montón. No es un rasgo que nos dé estatus en el grupo como sí les da a los chicos. Una mujer puede llegar a tener estatus entre los chicos si bebe mucho y no le sube demasiado. La típica de “lo aguanta todo es como un hombre”. A nosotras el beber un montón, y depende de lo que hagamos, nos puede descalificar. Las chicas que van a clase al día siguiente de haberse emborrachado si no se acuerdan de nada llegan con culpa y con vergüenza. Los chicos que llegan habiéndose emborrachado si no se acuerdan de nada llegan fardando de todo lo que se han metido.

¿Crees que en los servicios de atención a personas drogodependientes también se las culpabiliza?
Sí, a las mujeres drogodependientes se las culpabiliza, claro. A las mujeres se les pregunta mucho más por su familia que a los hombres. Se les suele preguntar dónde van a dejar a sus hijos, cómo van a mantener su casa, y a los tíos no. Cuando hay madres que acompañan a sus hijos adolescentes con problemas de alcohol, nunca se les pregunta por el padre. Pero si va el padre siempre se le pregunta por la madre. La figura materna tiene que estar ahí, se las responsabiliza mucho más. Hay una serie de cuestiones atravesadas por el patriarcado en el mundo de las drogas que hay que problematizar.

En cuanto a las diferencias y desigualdades de género en los contextos de consumo, que has comentado antes. ¿Cuáles destacarías?
Hay diferencias en las motivaciones del consumo. Por ejemplo, los chavales consumen porros para integrarse en el grupo y las mujeres para diferenciarse de las otras. Los hombres consumen alcohol para ser los más guays de la pandilla y las mujeres también, pero las consecuencias son distintas. El tipo de consumo que hacen también es diferente. Los hombres consumen mucha más cocaína porque es una droga que se adecua mucho más a la masculinidad, a la fuerza, la violencia, el control y el dominio. Las mujeres consumen más hipnosedantes, tranquilizantes y drogas legalizadas. Tienen un alto índice de drogodependencia a esas drogas. Y eso es por dos motivos: porque son drogas que se ajustan mucho más al rol de género de no transgredir las normas, ya que están en sus casas tomándose la pastilla y porque son drogas que ayudan a sobrellevar todos los malestares de género que padecemos las mujeres. También porque las mujeres son mucho más recetadas, patologizadas y medicalizadas.

¿Qué diferencias encuentras en la visión social sobre los consumos?
Una mujer con problemas de alcoholismos es mucho peor vista que un hombre que presenta un consumo problemático de alcohol, porque porque una mujer alcohólica se concibe socialmente como una mala madre, una mala cuidadora, que no está al servicio de todo el mundo. Un hombre alcohólico es un hombre que se ha pasado un poco. El consumo de drogas, sobre todo ilegalizadas, tiene que ver con la asunción de riesgos y con transgredir; factores asociados a la masculinidad. Entonces cuando las mujeres consumimos, no sólo subvertimos las normas legales, sino las normas de género también, al no haber sido prudentes.

¿Por qué es importante trabajar la perspectiva de género en la atención y prevención de la drogodependencia?
Al tener una visión muy androcéntrica y centrada en un prototipo de drogodependiente que invisibiliza a las mujeres, los servicios de atención y prevención de la drogodependencia, en muchas ocasiones o en determinados aspectos, no se adaptan a la realidad de las mujeres. Por ejemplo, en la prevención del consumo de alcohol en las personas jóvenes a veces se dan mensajes del tipo: “Cuidado cuando consumáis alcohol porque os ponéis muy machitos y os peleáis”. Todo eso se le puede decir a los chicos, pero a las chicas no les funciona. Las chicas no se pelean o, si se pelean, es en menor medida y debido a factores que no tienen que ver con el género. En realidad lo que están intentando prevenir en este caso, son riesgos derivados de la masculinidad hegemónica y no tanto del consumo.

¿Y en cuanto a la perspectiva de género en el tratamiento?
Es importante revisar las normativas para que se adapten a todas las realidades y sean inclusivas. Por ejemplo,  y esto es algo que aprendí de Patricia Martínez Redondo, a veces en tratamiento hay normas que responden a lógicas patriarcales, como la de estar de 15 a 30 días sin comunicación con el exterior al ingresar en comunidad terapéutica. Las mujeres, por su construcción de género basada en la relación y en el cuidado de otras y otros, no lo aguantan y abandonan el tratamiento. Los hombres no, porque llevan toda su vida mirándose el ombligo, por su construcción de género más individualista y centrada en sí, y no pasa nada si no se comunican. También hay menos acceso de mujeres al tratamiento, debido entre otros factores a que no pueden entrar con hijos o hijas, o llegan mucho más deterioradas, ya que tardan mucho más en buscar ayuda al estar más penalizadas socialmente o al sufrir mayor abandono social cuando presentan un consumo problemático de sustancias. Sin embargo, los hombres suelen tener una red de acompañamiento y cuidado femenina que favorecen sus procesos de mejora. El tipo en situación de drogodependencias tiene a su madre, su hermana, su hija que están apoyándolo; las mujeres sueñen ser abandonadas, y así las posibilidades de mejora disminuyen.  Otro de los problemas es que las comunidades terapéuticas están muy masculinizadas. Las mujeres son muy estigmatizadas. Al entrar una tía se las percibe en muchas ocasiones como un problema, como que van a “perturbar la comunidad”, y no se pone el foco en ellos. Por ello, es importante que se revisen no sólo las normativas androcéntricas sino los prejuicios y estereotipos de género que las y los profesionales que trabajamos en el ámbito de drogas tenemos interiorizados, para poder generar dispositivos más adaptados a las distintas realidades y conseguir una transformación social en clave de género sin reforzar el patriarcado.

Nota: entrevista original publicada en pikaramagazine.com