Presentar la adicción como una enfermedad cerebral crónica reduce la confianza en la posibilidad de un cambio duradero, tanto en el propio adicto como en el terapeuta, según una investigación exhaustiva examinada en el nuevo libro ‘A New Approach to Addiction and Choice’ (Un nuevo enfoque para la adicción y la elección).

Después de décadas de investigación, el profesor de Psicopatología del Desarrollo Reinout W. Wiers sugiere que, si bien en algunos casos extremos la adición puede considerarse una enfermedad cerebral crónica, en la mayoría de los casos debería considerarse una elección sesgada.

Así, durante la última década, las voces que argumentan en contra del modelo de enfermedad cerebral crónica han aumentado en volumen. Argumentan que, dado que el cerebro es un órgano en constante cambio, el hecho de que haya cambios asociados con la adicción no prueba en sí mismo que la adicción sea una enfermedad cerebral.

Wiers señala que la visión de la adicción como una enfermedad cerebral crónica, en la que la recaída es la norma, se basa en gran medida en estudios de pacientes que, en su mayor parte, recayeron después del tratamiento.

Sostiene que muchas personas que luchan contra la adicción en algún momento de sus vidas pueden superar el problema y, de hecho, recuperarse por completo sin recibir ayuda profesional, un hecho que simplemente no se aplica a las enfermedades cerebrales progresivas como la demencia o el Parkinson.

Las estimaciones varían según la sustancia, pero en el caso de las adicciones comunes al alcohol, el tabaco y el cannabis, menos del 10% de las personas reciben tratamiento por su adicción.

«La cuestión, entonces, es si las descripciones de personas muy adictas que logran dejar su hábito y seguir adelante con sus vidas deben considerarse la excepción o más bien como ejemplos del curso normal y que aquellos que no logran dejar la adicción son la excepción y por lo tanto buscar ayuda profesional –explica–. Yo diría que, según los datos epidemiológicos, las personas cuya adicción se describe mejor como una enfermedad cerebral crónica son los proverbiales cisnes negros, no las personas que lograron dejar de fumar».

En cambio, Wiers sugiere considerar un modelo en el que la adicción sea una «elección sesgada», un modelo que abarque los hallazgos neurobiológicos del funcionamiento cerebral alterado con una adicción en desarrollo, sin llegar a la conclusión de que la adicción es una enfermedad cerebral crónica en la que la elección ya no es posible.

«El otro extremo tampoco es correcto: no implica una elección moralmente reprobable por el comportamiento adictivo, como quería el antiguo modelo moral (ebriedad crónica explicada por un gusto excepcional por el alcohol)», explica. «Además, las influencias sociales y ambientales que claramente desempeñan un papel importante en el riesgo de adicción también pueden modelarse para influir en las decisiones tomadas».

Wiers sugiere que una motivación para alejarse del modelo de enfermedad cerebral crónica es el estigma. También señala estudios que sugieren que esta perspectiva conduce a un enfoque de «todo o nada» para la recuperación, incluso cuando la reducción del uso puede ser beneficiosa.

Al observar un metanálisis reciente de investigaciones sobre la efectividad del tratamiento basado en la abstinencia similar a AA, se obtuvieron resultados de abstinencia ligeramente mejores que otros tratamientos, pero también era más probable que condujera a una recaída total si no se mantenía la abstinencia.

«La perspectiva de la adicción como una enfermedad cerebral crónica puede ser cierta para un pequeño grupo de personas gravemente adictas que, a pesar de repetidos intentos, no pueden abandonar su adicción. En estos casos excepcionales también puede ser útil aceptar el diagnóstico de una adicción crónica en lugar de desesperarse por ello, pero para la gran mayoría de los adictos la imagen de personas con una enfermedad cerebral crónica no está justificada ni es útil», explica.

Según la alternativa de la «elección sesgada», las personas tomamos decisiones basadas en predicciones de las consecuencias de nuestras acciones, y este proceso puede verse influido por la terapia y por variedades de entrenamiento cognitivo, ya sea computarizado o en forma de meditación de atención plena.

«La conclusión es que la evidencia de que podemos influir intencionalmente en nuestro comportamiento es empíricamente fuerte: está respaldada por una gran cantidad de estudios, y los efectos son más fuertes para los efectos indirectos, sobre el comportamiento posterior más que sobre la elección en el momento», concluye.

Wiers sugiere que esta capacidad de orientar el comportamiento hacia objetivos futuros es vital para abordar los comportamientos adictivos contemporáneos (incluido el uso de teléfonos inteligentes, comer carne y usar combustibles fósiles) y trabajar para alcanzar objetivos climáticos, por ejemplo: «Nuestra capacidad de prever las consecuencias a largo plazo de nuestras acciones Es una capacidad crucial para estimular, ya sea para superar una adicción o para cambiar nuestro comportamiento para el futuro de nuestro planeta».

Nota: artículo original en infosalus.com