La incidencia de endocarditis infecciosa entre personas consumidoras de opioides o cocaína aumentó significativamente entre los años 2011 y 2022 y el riesgo de endocarditis se duplicó durante la pandemia de la COVID-19, según los hallazgos de un reciente estudio estadounidense cuyos resultados se han publicado en la revista Molecular Psychiatry.

La endocarditis es una inflamación del revestimiento interno de las cavidades y válvulas del corazón (endocardio) que en ocasiones puede resultar mortal. La incidencia de esta dolencia (que provoca una elevada morbilidad y requiere una hospitalización prolongada) se está incrementando en parte por el aumento del consumo de drogas inyectables, especialmente opioides o estimulantes (cocaína y metanfetamina). Por otra parte, se sabe que la COVID-19 puede tener efectos a largo plazo en el corazón, pudiendo aumentar el riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares.

Aunque se sabe que existen interacciones entre el consumo elevado de opioides o cocaína, la COVID-19, los sistemas cardiovasculares, la inflamación y la endocarditis, se desconoce si esta infección implica un mayor riesgo de endocarditis o si la endocarditis asociada a la COVID-19 puede tener una evolución clínica diferente en pacientes con trastorno por consumo de opioides o cocaína.

Con el objetivo de arrojar más luz sobre esta cuestión, un equipo de investigadores de EE UU llevaron a cabo un estudio retrospectivo de cohortes a partir de una base de datos nacional que contenía el historial clínico electrónico (anonimizado) de más de 109 millones de pacientes únicos recopilados entre enero de 2011 y agosto de 2022. Los datos de los pacientes procedían de 77 centros hospitalarios de 50 Estados y abarcaban diversas zonas geográficas y grupos de edad y étnicos, niveles de ingresos y tipos de seguro médico. El análisis incluyó a 736.502 personas diagnosticadas de trastorno por consumo de opioides, 379.623 con un diagnóstico de trastorno por consumo de cocaína y 105.817 pacientes sin dichos trastornos.

El estudio reveló que, en personas con trastorno por consumo de opioides, la tasa de incidencia de endocarditis pasó de cuatro casos por cada millón de personas al día en 2011 a 30 casos diarios por cada millón de personas en 2022. En cuanto a la tasa de incidencia en personas con trastorno por consumo de cocaína, los casos aumentaron de 5 por cada millón de personas al día en 2011 a 23 casos en 2022.

Además, un diagnóstico clínico de la COVID-19 duplicó con creces el riesgo de un nuevo diagnóstico de endocarditis en pacientes con trastorno por consumo de opioides (cociente de riesgo [CR]: 2,23; intervalo de confianza del 95% [IC95%]: 1,92-2,60) y por consumo de cocaína (CR: 2,24; IC95%: 1,79-2,80). Por otra parte, entre esos pacientes el riesgo de hospitalización en los 180 días siguientes a un diagnóstico de endocarditis fue aproximadamente del 68% en aquellos con la COVID-19, frente al 59% en los que no padecían la enfermedad. Asimismo, el riesgo de mortalidad en esos pacientes en los 180 días siguientes a un nuevo diagnóstico de endocarditis fue del 9% en aquellos con la COVID-19, frente al 8% en los pacientes sin la enfermedad.

De este modo, los pacientes con trastorno por consumo de opioides o cocaína que fueron diagnosticados de la COVID-19 presentaron un riesgo de tres a ocho veces mayor de tener un nuevo diagnóstico de endocarditis y de ser hospitalizados que aquellos pacientes sin la COVID-19.

El desarrollo de la comprensión científica de la COVID-19 persistente ha permitido que ahora se pueda incluir la endocarditis como un efecto a largo plazo en los sistemas de órganos clave para las personas usuarias de drogas inyectables. Por otra parte, resulta fundamental continuar monitorizando los impactos amplios y a largo plazo de la COVID-19 en las personas que consumen sustancias.

Uno de los investigadores afirmó que no resulta sorprendente que la endocarditis se incrementara durante la pandemia de la COVID-19, ya que los cierres de las áreas recreativas, la pérdida de puestos de trabajos, la reducción del contacto con personas de apoyo o seres queridos y el miedo y el estrés que sobrevinieron a la fase inicial de la pandemia aumentaron la utilización de sustancias ilícitas, un factor que, por sí mismo, incrementa el riesgo de endocarditis. Además, las infecciones por la COVID-19 pueden causar respuestas inflamatorias que podrían haber aumentado la inflamación endocárdica que altera las válvulas cardiacas y las hace más propensas a infectarse.

Los resultados del estudio también ponen de relieve que las personas negras e hispanas presentaban un menor riesgo de endocarditis asociada a COVID-19 que las personas blancas no hispanas. Los investigadores señalaron que esto se relaciona con una mayor prevalencia de consumo de drogas inyectables en las poblaciones blancas no hispanas, en comparación con las poblaciones negras o hispanas.

Por otra parte, una de cada diez hospitalizaciones por endocarditis está asociada al uso de drogas inyectables y las cifras van en aumento. El acceso inadecuado a equipos de inyección estériles en personas que se inyectan drogas (cocaína, opioides, metanfetamina) aumenta el riesgo de bacteriemia, principal causa de la endocarditis infecciosa. La incidencia y frecuencia de endocarditis por exposición bacteriémica parece mayor en el trastorno por consumo de sustancias por vía intravenosa, debido probablemente a la inflamación crónica del endocardio. Además, hay que tener en cuenta que las propias drogas están adulteradas con diferentes sustancias químicas e impurezas que pueden inducir estados inflamatorios, aumentando aún más el riesgo de endocarditis.

Por otro lado, durante la pandemia de la COVID-19, la necesidad de abordar y responder a la emergencia sanitaria ha hecho que probablemente algunas de estas otras cuestiones, como el trastorno por consumo de opioides, no fueran abordadas con la prioridad que debieran.

La atención al paciente que acude al hospital con infecciones como la endocarditis debe incluir una evaluación desde múltiples especialidades: enfermedades infecciosas, tratamiento de las adicciones, y luego obviamente cardiología, cirugía cardiovascular, etc. Paralelamente, los pacientes pueden necesitar un servicio de reducción de daños y riesgos que incluya la dispensación de tratamiento de sustitución con opioides (buprenorfina y buprenorfina-naltrexona), además de un programa de intercambio de jeringuillas para evitar que los equipos de inyección sean reutilizados o compartidos, reduciendo el riesgo de infecciones, entre ellas la endocarditis infecciosa.

Como conclusión, los investigadores señalan la necesidad de llevar a cabo más estudios futuros para una mejor comprensión del daño que causa la infección por la COVID-19 en el corazón y el endotelio vascular en personas con un consumo problemático de opioides o cocaína (pero también probablemente de metanfetamina) –especialmente por vía inyectada–.

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