Granada.- La muerte de dos jóvenes de 19 y 20 años en una macrofiesta rave en Málaga hace apenas siete días no ha sido impedimento para que este fin de semana se celebrara una docena de fiestas tecno-house en toda España, pero bajo un fuerte control policial, tanto dentro como fuera de las salas.

A las 4.00 horas, a la puerta de la sala La Industrial Copera de Granada, los guardias civiles del comandante Andrés Pérez apenas habían descubierto una insignificante docena de pastillas de éxtasis y algunas piedras de hachís, cuando antes de la tragedia de Málaga lo normal es que cosecharan en una sola noche hasta 1.000 pirulas de todos los colores.

La presencia disuasoria de 35 guardias civiles y policías locales desplegados con vehículos y un perro adiestrado en la entrada, espantó a los camellos y resultaba imposible comprar una sola pastilla. Desde el punto de vista de los políticos y los padres que no pegan ojo pensando en el paradero nocturno de sus hijos, la espectacular operación antipastilleo fue un triunfo.

Pero a los chavales que llegaron desde Sevilla, Murcia, Algeciras o Málaga para asistir a lo que se anunciaba en Internet como una bomba, equiparable a la del Martín Carpena, les aguaron la noche. También al dj Damián, de 20 años, y su socio Pedro, de 23, organizadores de la fiesta de presentación del colectivo Raveart. Esperaban llenar con 2.000 personas pero el palo de Málaga y la vigilancia policial y mediática las redujeron a 700. «Queremos demostrar que la movida electrónica no es como dicen», decía Pedro.

Espectación televisiva

Tras el escándalo, los focos de las televisiones iluminaban a los chavales de 20 años, abiertos con los brazos en cruz mientas les registraban unos vigilantes. Dos mujeres guardias civiles, de paisano, una de ellas joven y con una melena tan exótica que parecía una bacalaera, cacheaban a las chicas. En el desangelado aparcamiento, los agentes metían al perro entre los asientos de los coches en busca de anfetaminas. «Ni que fuéramos delincuentes», protestaba un chaval.

«A mí me parece bien que hagan registros», decía otro, intentando pasar por chico sano no fuera que su madre lo viera en la tele. Dos muchachitas lloriqueaban: venían de Salobreña y les decían que su entrada de 23 euros no valía porque no tenían carné.

En la puerta, tras otro cacheo, un cartel indicaba que está prohibido vender drogas.

Si alguien esperaba caer en el infierno, tendría que buscarlo en otro lado. El ambiente no era nada violento. Menos que el del botellón. Lo aseguraba la camarera Isa: «Son chicos muy educados, van a su rollo y no se meten con nadie. Los prefiero antes que a los alcohólicos de los conciertos de rock, que son unos bordes».

Que no hubiera traficantes no quería decir que no hubiera droga oculta en los pantalones. Un chaval con gafas oscuras y su botella de agua para no deshidratarse, abría los labios y su colega le metía un regalo en la boca sin parar de bailar. Más allá, otro chaval machacaba una pastilla, esnifaba el polvo y rebañaba con la lengua el resto. Otro desliaba un papel de plata y se tragaba el contenido. Alguno se liaba un porro.

Pero para ver todo eso había que pasar mucho tiempo mirando, como hacían los secretas que pululaban por el local. Era la fiesta más sana que recordaba el público. «Pastillas hay desde hace 10 años. Pero es que los niñatos ahora descontrolan mucho y se comen ocho en una hora. Si no hubiera sido por lo de Málaga, esto se habría llenado», decía Pedro.

En la pista se mezclaban españoles, británicos, estadounidenses, africanos y latinoamericanos. Desde chicos ciber hasta curritos de extrarradio. Estar bajo sospecha une mucho. ¿Será delito pasárselo bien? El mundo de afuera dejó de existir.