Convivir con uno de nosotros no es nada agradable. Nuestra familia nos quiere, creía conocernos, aunque ahora lo duda; nuestras parejas proyectan en nosotros lo que creen que deberíamos ser, lo que pensaron que éramos cuando se enamoraron; y nuestros hijos parecen no darse cuenta de lo que nos pasa, pero nunca traen a sus amigos a casa.
“Cuando estaba embarazada de mí, mi madre paró de consumir, pero cuando dejó de darme la teta, volvió”, María era una niña cuando su madre entró en desintoxicación. Dice no recordar demasiado lo que vivió, sin embargo María Jesús, su madre, lo recuerda muy bien: “Llega un momento en que no eres tú en tus actos, perdí la paciencia con mi hija, lo único que quería es que se fuera a dormir… acabas pegando cuatro gritos cuando entras en abstinencia”.
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