Tras el boom de la heroína en los años ochenta, ésta ha dejado de consumirse de manera paulatina, siendo hoy una droga marginal y poco extendida. Las drogas que causan furor hoy en día son otras. La cocaína ha vuelto con fuerza, mientras que la expansión del fenómeno rave y de la música electrónica han puesto de moda compuestos derivados del éxtasis, como las famosas pastillas o el MDMA.
Sin embargo la droga puente, la primera que suelen tomar los jóvenes, es el hachís. Esta sustancia se obtiene de la resina de la marihuana, de la cual se extrae para después solidificarse en barras de color marrón con leves tonos verdosos. La pureza de estos compuestos suele ser bastante dudosa, ya que en su preparación se mezclan sustancias que poco o nada tienen que ver con la marihuana.
Los síntomas que los padres deben observar a la hora de detectar un consumo por parte de sus hijos son varios. En primer lugar, el consumo de estas sustancias hace que desciendan los niveles de glucosa en sangre, por lo que el fumador suele aumentar el consumo de alimentos o bebidas ricos en azúcar. Por otra parte, el fumar varios cigarrillos que contengan estas sustancias hace que los ojos adopten un tono rojizo, señal que es fácilmente observable a primera vista.
Otras señales no tan fáciles de reconocer son las que afectan a la conducta mental del adolescente. Son frecuentes la apatía, los cambios de humor, los despistes y la pérdida temporal de memoria, por lo que los padres habrán de estar más atentos a la conducta de su hijo si este presenta alguno de estos síntomas.
En cuanto a drogas más peligrosas, como la cocaína o los compuestos derivados del éxtasis, sus efectos y síntomas son más difíciles de observar, en muchos casos no tanto por la falta de señales sino por el miedo de los padres a descubrir que sus hijos toman este tipo de sustancias. Son frecuentes los casos en los que los progenitores niegan la evidencia y miran hacia otro lado al observar los primeros síntomas que indican que sus hijos están tomando drogas que pueden llegar a ser muy peligrosas.
Drogas de diseño
Tanto la cocaína como los derivados del éxtasis son drogas que actúan sobre el sistema nervioso central, dejando al sujeto con una fuerte sensación de euforia, como si controlara todos los factores externos y dominara la situación. En el caso del MDMA el sujeto experimenta una gran sensación de empatía, de deseo de relacionarse con su entorno. Incluso ha sido llamado droga del amor por miles de jóvenes.
Si bien la cocaína ya era una droga de consumo más o menos generalizado en los años setenta, los compuestos del éxtasis se popularizaron en los años 90 con el apogeo de la música electrónica y el fenómeno rave. Los jóvenes defienden su consumo alegando que les da paso a una dimensión nueva, a un mundo desconocido hasta entonces en el que la relación con su entorno mejora y su actividad cognoscitiva se acerca al misticismo.
Los síntomas externos que provocan estas drogas son mucho más difíciles de observar, ya que no son tan evidentes como en el caso de los derivados del cannabis. Sin embargo, podemos señalar algunos: si en el caso anterior destacábamos el aumento de apetito, la cocaína y el éxtasis lo reducen. En casos extremos, se observa cómo el sujeto pierde kilos, pero este proceso puede durar varios meses, por lo que es difícil descubrirlo a tiempo.
Otras señales que pueden delatar a un consumidor de este tipo de sustancias son las largas conversaciones que puede llegar a mantener en estados de euforia, los tics nerviosos (movimientos continuos e indiscriminados de articulaciones como hombros, rodillas, etcétera), falta de sueño y cierta tendencia a la agresividad. En cuanto a las depresiones, son diferentes en ambos casos: en el caso de la cocaína, la dependencia estará ligada sólo a la dosis posterior; es decir, que el adicto necesita otra dosis para calmar las ansias de «subidón» que les pide el cuerpo. A medida que aumenta el grado de adicción, crece el ansia por conseguir la siguiente dosis.
En el caso de los derivados del éxtasis, al ser una sustancia que afecta al sujeto de manera sicoactiva, la depresión que puede surgir cuando se disuaden los efectos puede ir enfocada a cualquier ámbito de su vida. Su nivel de adicción es menor, pero sus efectos sobre la conducta del sujeto son más peligrosos que en el caso de la cocaína, sobre todo si este tiene tendencia a las depresiones o a los cambios de humor.
Sin embargo, descubrir el problema es sólo el primer paso de un camino que, si se tiene paciencia y se recorre como es debido, lleva a la solución. Aparte de una serie de consideraciones previas que los padres deberían haber tenido en cuenta (diálogo con los hijos sobre drogas de manera abierta y sin complejos), si los progenitores finalmente descubren que sus hijos han comenzado o están tomando regularmente este tipo de sustancias lo primordial es no perder la calma.
Dialogar con el joven es el segundo paso de este camino. El tercero vendrá dado por circunstancias propias y exclusivas de cada persona: puede que sirva únicamente una revisión de la vida del adolescente, o puede que su alto grado de adicción requiera el internamiento en un centro dirigido por expertos. Lo primordial es hablar con la persona que tiene el problema para que, en primer lugar, lo reconozca, y en segundo, afronte su recuperación y tome ciertas decisiones, en compenetración con sus padres.