Se instalaron en La Celsa, luego en La Rosilla y de ahí recalaron en Las Barranquillas. Siguen sin dejar el distrito y desde hace 18 meses se han hecho fuertes en la CañadaEs un negocio redondo. Los clanes de la droga que manejan este ilícito comercio y que abastecen el mercado de compra-venta de estupefacientes, no sólo en la región sino en buena parte del territorio nacional, están asentados desde hace años en Villa de Vallecas. No tienen el más mínimo escrúpulo en lucrarse, aunque sea a costa de las desgracias que provocan a quienes están atrapados en este infierno, a los que incluso conocen -«machacas»-, ya que trabajan para ellos. Estas bandas de narcotraficantes son, básicamente, las de siempre. Se han ido desplazando por la capital, a medida que las administraciones han ido desmantelando los núcleos chabolistas y de marginación, a zonas similares para instalar sus «puntos de venta» al público.
Así, el castigado distrito de Villa de Vallecas, a la cola del desarrollo económico, social y cultural de Madrid, junto a su vecino, Puente de Vallecas, tienen al «enemigo» muy cerca: en su propia casa, particularmente el primero. Estas redes, integradas por grupos familiares de etnia gitana, llevan varias décadas con una única especialidad: el tráfico de estupefacientes.
Sucursales que vienen y van
Primero abrieron sucursales en La Celsa y La Rosilla, y al derribar las excavadoras las chabolas no abandonaron su modo de vida: lo trasladaron a la zona de antiguos huertos de Las Barranquillas, donde se hicieron fuertes. En la actualidad tienen instalados 70 puntos de venta de heroína y cocaína de buena calidad, indicaron a ABC fuentes de la Comisaría de Villa de Vallecas.
Sin embargo, como es obvio, no todas las favelas de este foco de exclusión se dedican a dar salida a los alucinógenos. Los puntos de venta, a pesar de su frágil apariencia, tienen las paredes blindadas, al igual que las puertas de acceso, de madera maciza, con un lámina de acero en su interior.
El vigilante o «machaca», el esclavo del encargado del negocio, abierto las 24 horas al día, tiene como misión captar a clientes para su «jefe» y llevarles hasta su «despacho». Cuando esto sucede, al comprador le franquean la primera entrada y accede a otro habitáculo con otra cancela. Allí, otra persona le cobra la droga por anticipado y se la entrega a través de una pequeña ventanilla, como la de las «farmacias de guardia». Tras ella se encuentra el empleado de turno -al que no ve el cliente- quien, provisto de una báscula de precisión y un bloc, pesa y anota las salidas del producto y las entradas de dinero y le rinde cuentas al cabecilla. La recaudación que obtienen a diario no es tan cuantiosa como antaño, entre otros motivos, por estar encajonado por los nuevos desarrollos urbanísticos y vías de comunicación.
De ahí que los clanes de la droga empezasen a abrir nuevas filiales hace año y medio para dar continuidad a su actividad en la Cañada Real Galiana, una zona plagada de construcciones ilegales en donde viven, habitualmente, los encargados del negocio -una decena de familias gitanas- que ven engordar sus ingresos ante el doble negocio: al por mayor, en la nueva zona elegida, junto al kilómetro 14 de la A-3, y, al por menor, en Barranquillas. En este último lugar, si en la época de vacas gordas la recaudación diaria rondaba los 500.000 euros por dar salida a 10 kilos de droga, ahora obtienen la mitad. Con todo, este foco es visitado por 3.000 personas al día que acuden a por su dosis, y por los «camellos» las vísperas al fin de semana para abastecer a sus consumidores, incluso de municipios limítrofes a la región a otros más alejados.
«Cita previa» para comprar
El tráfico a «mayoristas» que se registra en las cercanías del vertedero de Valdemingómez es distinto, pero igual de rentable. Las familias de la droga obtienen una media al mes de 900.000 euros por vender 15 kilos -el gramo cuesta 6 euros- de estos productos. Ahora la demanda de la primera sustancia ronda el 70%, frente al 30% de la segunda. Sus viviendas, ocultas de miradas indiscretas por unos muros y unos portones metálicos -blindados en todo el perímetro-, no son visibles desde el exterior. Cuando la puerta se abre, varios chalés de los miembros de la banda se sitúan en torno a un enorme patio. Hay 30 fincas dedicadas al tráfico y unos 60 puntos de venta. Las cantidades que se ofertan son grandes, a partir de los cien gramos.
Debido al volumen de la droga -hasta medio kilo de una sola vez- todas las precauciones son pocas y el sistema establecido es el de la «cita previa», siempre por medio de algún contacto del clan. Venden menos que en su filial, pero más cuantía y los «camellos» proceden de todos los puntos del país.
«Llevan años manejando el mercado y los captan por el boca a boca», indican. El «machaca» se encarga de dar el «¡Agua!» y el resto de la familia se encarga de realizar todo tipo de argucias para que su negocio no decaiga.