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Inteligencia, emociones y adicción

José A. García del Castillo Rodríguez (Director del Instituto de Investigación de Drogodependencias (INID)) | Noviembre 2016

Lo que llamamos civilización ha conseguido que aumente considerablemente la posibilidad de que los seres humanos nos convirtamos en auténticos hedonistas convencidos. De hecho gran parte de la construcción social se asienta en este principio del placer perseguido por todos y alcanzado por muy pocos. El desarrollo de la inteligencia como herramienta plenipotenciaria para resolver problemas complejos, nos hace diferentes a las demás especies o, por lo menos, especiales, siempre y cuando obviemos la inteligencia animal. El colofón de nuestro crecimiento como categoría animal se cierra con el asentamiento de las emociones para dirigir nuestros destinos de una forma exclusiva, o eso creíamos hasta que desmenuzando un poco más su estudio nos encontráramos con que los animales también sienten, aunque solamente sea como una estrategia adaptativa para la vida y la supervivencia. Por descontado, las adicciones tampoco son un monopolio humano, los animales participan de ellas, con la salvedad de que no entran en conflicto social por su causa.

Conforme vamos superando escalones en la pirámide de Maslow y cubrimos las necesidades básicas, las de cobijo, las de afecto y las de estima, todos nuestros esfuerzos se reorientan hacia el puro hedonismo como si fuéramos máquinas programas hacia el placer. Se buscan machaconamente aquellas cosas que nos provocan bienestar. Como podemos comer cuanto queramos no nos conformamos con cualquier cosa queremos manjares, al igual que a la hora de vestirnos, de comprar una casa donde cobijarnos o un vehículo para desplazarnos nos inclinamos por lo mejor, lo que nos produce mayor satisfacción. La inteligencia juega un papel primordial en esa búsqueda incesante de complacencia. Conseguimos la unión perfecta, cuando entran en sintonía la inteligencia y la emoción. Posiblemente en el mundo animal sí seamos los únicos en conseguir esta convergencia tan sumamente productiva para alcanzar el nirvana. Quizás por este motivo estemos sujetos a los mayores fracasos cuando nuestra forma de pensar, sentir y actuar entran en conflicto.

Parece que la búsqueda del placer, como fin último de nuestra motivación, se encarga de invertir la pirámide y conseguir que descendamos escalones atropelladamente sin ser plenamente conscientes de ello hasta que es demasiado tarde para remediarlo. Acabamos apoyando nuestra existencia en la fragilidad de lo superfluo en contra de lo que nos dicta la razón kantiana. Una adicción necesariamente pasa por un análisis intelectual, previo al consumo, donde interviene nuestra inteligencia y, una vez filtrado, se procesa en nuestras emociones configurando un estado de decisión que dará paso a la acción. No interviene el azar, ni el instinto, todo el procedimiento se desarrolla alrededor de la inteligencia y la emoción. Las consecuencias son las responsables de la cadena de acontecimientos posterior, porque los efectos del consumo son los que marcarán las primeras frecuencias, los posteriores abusos o el corte radical mediante control voluntario. En el reino animal no existen estos postulados, cuando se desencadena el consumo, por instinto o azar, se consuma con todas las consecuencias sin posibilidad alguna de autorregulación, aunque ello suponga la muerte.

Cuando apostamos por medidas preventivas para atajar las adicciones, lo hacemos con el pleno convencimiento de que somos capaces de modular la búsqueda del placer, haciendo que la inteligencia encuentre estructuras de comportamiento atractivas que mantengan el riesgo controlado y que sean capaces de activar nuestras emociones positivamente sin necesidad de perder el control de los impulsos. Anticiparse a las consecuencias entra dentro del campo de acción intelectual y emocional y es susceptible de ser aprendido. La prevención debe de contrarrestar las expectativas hedonistas mediante la regulación y racionalización de estímulos. Aprender a conjugar en completa sintonía la inteligencia, lo que pensamos; la emoción, lo que sentimos; y el comportamiento, lo que hacemos; es la vanguardia de la prevención.


José A. García del Castillo Rodríguez

Doctor en Psicología, Especialista en Psicología Clínica y Catedrático de E.U. de Psicología Social de la Universidad Miguel Hernández de Elche.
En la actualidad pertenece al Departamento de Psicología de la Salud y es fundador y director del Instituto de Investigación de Drogodependencias (INID) de la Universidad Miguel Hernández.
Es director de la revista Health and Addiction/Salud y Drogas. Dirige el Grupo de Investigación consolidado “Análisis e intervención psicológica en la prevención de conductas de riesgo para la salud” (PREVENGO) de la Universidad Miguel Hernández.

Academia.edu: https://umh-es.academia.edu/JoseAntonioGarciadelCastillo

Nota: Este artículo se enmarca en la sección de Opiniones de lasDrogas.info, cuyo objetivo, como su nombre indica, es promover las opiniones o discursos y participación de los profesionales y personas afectadas o interesadas en el ámbito de las drogas. El colectivo editor de lasDrogas.info no se hace responsable ni del contenido ni de la forma de los artículos publicados en esta sección.